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jueves, 19 de marzo de 2015

ESCOLIOS A UN TEXTO IMPLÍCITO




Dávila, aforismos que son dinamita

Gonzalo Muñoz Barallobre: "Dávila fue un solitario que supo levantar acta, sin concesiones, con honestidad, de la quiebra de nuestro mundo."

Desde que fue publicado, es un libro que no he dejado de leer, y es que se ha ganado eso que muy pocos consiguen: permanecer, mientras otros vienen y van, fijo en la mesilla. Pero la cosa no es para menos, ya que estamos ante una obra que es pura dinamita, un texto, compuesto de miles, que no es otra cosa que un ejemplo soberano de lucidez.

Hablo de Escolios a un texto implícito, cuyo autor es Nicolás Gómez Dávila, un filósofo colombiano que nos acompañó hasta 1994. Un hombre que, en mitad de Bogotá, vivía en una casa estilo Tudor en la que guardaba un auténtico tesoro: una de las mejores bibliotecas de Latinoamérica. Y es que estamos hablando de 50000 volúmenes entre los que figuraban varios incunables y múltiples primeras ediciones.

No hay duda de que Dávila era un bibliómano, y tal era su amor por los libros que se exigió leer a cada autor en su idioma: sólo el 10 por ciento de su biblioteca estaba en castellano. Y es que este hombre, gracias a que su familia pertenecía a la alta aristocracia colombiana, tuvo la oportunidad de recibir una educación exquisita. Ninguna gran obra de la cultura le pasó inadvertida, todas estaban representadas en su biblioteca. Pero hay algo más, ya que gracias a los negocios familiares pudo dedicarse a lo que más le gustaba en la vida: meterse dentro de su biblioteca y pasar horas y horas leyendo. Y al calor de esas lecturas, nacieron los aforismos que conforman Escolios a un texto implícito. Una obra que ocupa más de 1400 páginas.

Hablar de Dávila, de su obra, es hablar de un libro que en su tierra, Colombia, y en aquellos países que compartían la lengua de su autor, el castellano, pasó prácticamente desapercibido. Una vez más, se cumplió aquel dicho que dice que nadie es profeta en su tierra. Así, serán los italianos (Franco Volpi) y los alemanes (Boto Strauss y Ernst Jünger) los que pongan a Dávila en el lugar que se merece. Después, y sólo después, ha llegado a España, y eso sólo se lo debemos al fino olfato de Atalanta. Pero Dávila ha llegado para quedarse, ya que estamos ante un peso pesado del pensamiento que nada tiene que envidiar a la gran saga de moralistas franceses con la que tanto se le compara -en especial, con Blaise Pascal.

¿Qué podemos encontrar en Escolios a un texto implícito? Pues seremos claros: a un reaccionario que lucha contra el mundo que la Modernidad nos ha legado, un mundo gobernado por la técnica, por la cultura del dinero, triturado por ideologías que no son más que las dos caras de la misma moneda, masificado, vacío de sentido y en el que sólo queda sitio para los lugares comunes, en fin, y para ser más directos, un mundo que no es más que un gran supermercado en el que la mala educación, una grosería orgullosa, es la única medida. Y contra este mundo, en un gesto que el mismo Dávila sabe romántico, reivindica el universo que el Medioevo fue capaz de construir.

Si de algo no hay dudas, es que Escolios a un texto implícito está escrito por alguien que no buscaba el aplauso, y es que Dávila fue un solitario que supo levantar acta, sin concesiones, con honestidad, de la quiebra de nuestro mundo. Y la misma soledad que dota a esta obra de una pureza única, la hace indigerible para aquellos que se alimentan de lo políticamente correcto. Para ellos sólo tenemos una recomendación: absténganse de acercarse a este libro.


Fuente                                     Gonzalo Muñoz Barallobre
travelarte

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