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domingo, 10 de agosto de 2014

EL TRIUNFO DEL DESAMOR



El repudio de la infancia en la sociedad moderna

La continua caída de la natalidad es la expresión más clara de la desafección de la sociedad actual hacia los niños y las niñas, su ausencia en la experiencia cotidiana de millones de personas, la desaparición del deseo de maternidad-paternidad en un grupo creciente de mujeres y hombres, será un elemento importante en la destrucción de la civilización humana tal como la conocemos.

Los niños y niñas viven hoy segregados socialmente, molestan en casi todas partes, son ajenos al mundo de sus mayores, no comparten lenguaje, proyectos, intereses, problemas ni conflictos, en muchos casos ni siquiera comen lo mismo. En las sociedades de la modernidad tardía las criaturas están condenadas a llevar una existencia falsa, nutrirse de actividades, espacios, experiencias y diversiones especiales para ellos de manera que adultos e infantes casi parecen especies diferentes. Convertidos en objetos exóticos, no se les comprende lo que hace más fácil que ni se deseen ni se les ame.

No puede considerarse la desnatalidad en occidente como el resultado de la elección de los sujetos, o del aumento de la libertad de las mujeres como se dice sino de un proceso inducido desde arriba por el feminismo de Estado que es instrumento esencial de las instituciones coercitivas del poder(1). 

Las directrices institucionales han conseguido modificar de forma sustancial la conciencia de millones de mujeres y hombres que han pasado a considerar a los niños y niñas un elemento de opresión y explotación de sus madres, que se ven, según dicen, sometidas y limitadas en su independencia y pierden ventajas materiales así como posibilidades de consumo y diversión. En general, se considera que los hijos roban a sus madres la satisfacción de sus propias necesidades y deseos. Los derechos de las mujeres se presentan enfrentados a los de las criaturas e incompatibles con ellos.

La adhesión al trabajo asalariado y su derivado, el dinero y lo que se consigue a través de él, por parte de un sector decisivo de las mujeres es el factor de más peso en la renuncia e incluso el repudio de la experiencia maternal. El sistema educativo es un agente principal del adoctrinamiento contra la maternidad por ello el nivel académico es inversamente proporcional al número de hijos (en las clases bajas y medias, pues en la clase alta, en la actualidad, la fecundidad es más alta).

La caída demográfica no es pues el resultado de las dificultades económicas, la falta de ayudas estatales ni la elección autodeterminada de los individuos sino de la eficacia arrolladora de la maquinaria de dominación mental del Estado moderno que ha conseguido intervenir de forma decisiva en los impulsos más primarios de los sujetos, someter a sus designios las emociones, conductas y relaciones más íntimas instalándose un policía en la conciencia de cada individuo.

Un feminismo antimaternalista(2) que es anterior,(pero que ha sido incorporado al feminismo de Estado) ha conseguido destruir en un sector significativo de las féminas el deseo de tener hijos (que afecta también a muchos varones). 

La falta de amor e interés por las criaturas produce un ascenso imparable del egoísmo como inevitable estado de quienes no tienen otra preocupación que su propia persona, se pierde la capacidad de apreciar los valores inmateriales como son los afectos, las relaciones, la comunicación con los otros, la ayuda, la colaboración, la convivencia, los vínculos o la simple alegría que las niñas y niños proporcionan a su entorno. La falta de obligaciones, responsabilidades y problemas, la ausencia de reflexión para solucionar los escollos de la educación y guiar el desarrollo de los hijos, tiende, a no ser que otras metas trascendentes sustituyan estas tareas, a embotar la inteligencia y arruinar la creatividad.

La exclusión social a que están sometidos los niños y niñas, que no participan de las conversaciones ni las reuniones sociales de sus mayores, ni de sus trabajos, obligaciones y diversiones, su aislamiento del mundo de los adultos, impide que puedan aprender de la vida real y los convierte, en muchas ocasiones, en seres fastidiosos y cargantes, incapaces de respetar las más elementales normas de la convivencia con los otros, ajenos a las necesidades y problemas de sus padres, egocéntricos y egoístas, esclavos de sus caprichos o apetencias, inconscientes y violentos. De este modo se cierra el círculo argumental y se confirma, para muchos, la máxima de que la crianza es una penosa experiencia.

Todas estas situaciones son solo una forma de materialización de los profundos conflictos que afectan a la práctica del acto genésico humano, acto que ha sido caotizado de modo trascendental por el aparato de adoctrinamiento de los poderosos.

Quienes se arriesgan a ser padres o madres en la sociedad presente carecen de certezas acerca de la tarea de criar, proteger y educar a sus hijos

En la sociedad tradicional los sujetos tenían contacto con los niños de forma cotidiana, compartían con la infancia momentos y situaciones vitales de todas las clases, observaban la forma como ejercían la maternidad las mujeres del entorno y también la manera como los hombres practicaban la paternidad, se incorporaban al acerbo de juegos, canciones, retahílas y poesías de la tradición oral que estaban basadas en el conocimiento profundo de los hitos del desarrollo infantil en todos sus aspectos: afectivo, comunicativo, motriz, relacional etc. En el mundo rural tradicional, por ello, el cariño hacia las criaturas se producía de manera natural(3) paralelamente al conocimiento de la idiosincrasia y singularidad de esta etapa de la vida, conocimiento que se transmitía de forma horizontal creando vínculos inquebrantables entre las generaciones.

En la actualidad la crianza ha sido enajenada de la comunidad de los iguales para ser dominio de los expertos(4), extendiendo la idea de que las madres y los padres no son competentes para educar a sus hijos, que no pueden guiarles ni comprenderles si no se ponen en manos de las autoridades del sistema. Se explica tal acontecimiento, no como lo que es, una pérdida, sino como una adquisición, argumentando que las familias tienen derecho a recibir del Estado la asistencia a las necesidades de sus hijos, embelleciendo el rostro de la máquina estatal capitalista que aparece como la locomotora del progreso social y la emancipación de los ciudadanos, sobre todo de las ciudadanas que se ven “liberadas” de la carga de sus hijos e hijas, para poder entregarse al trabajo productivo y el consumo de productos y diversiones.

Las relaciones materno-filiales (y, por extensión también las paterno-filiales) se construyen hoy a través de un intrincado revoltijo de teorías, casi todas ellas ajenas a la realidad y a la experiencia práctica. La madre, tan importante en el desarrollo infantil, es ahora, en muchos casos, una mujer angustiada por el conflicto entre sus intereses (no siempre auténticos) y los de sus hijos. Encuentra una enorme dificultad para conciliar el trabajo productivo y la crianza de manera que oscila entre las conductas de abandono y de hiperprotección convirtiéndose así en una figura ambivalente que genera una enorme inseguridad, miedo y dependencia en las criaturas.

Algunas corrientes del feminismo maternalista, no solo no han resuelto estos problemas, sino que han venido a embrollar aún más la experiencia de la maternidad convirtiendo a la mujer en sujeto de impulsos, pulsiones e instintos de búsqueda de placer a través de la reproducción (lo que puede definirse como una forma de neomachismo que nos reduce a nuestro útero) y al hijo o hija en objeto gratificante de consumo fisiológico-emocional, a la vez que sujeto de la protección inefable de una madre cuyo vínculo deviene, inevitablemente, en patológico. Concebidos ambos como entes dominados por sus pulsiones y deseos, básicamente físicos, que han de ser satisfechos de inmediato y despojados de los atributos humanos de la conciencia y la capacidad de elección de fines, su relación daña a los dos. Exacerbando el componente libidinal de la experiencia de la reproducción la adulteran y falsifican, pues la maternidad-paternidad es un acontecimiento de una gran complejidad que integra impulsos sexuales primarios, procesos afectivos, categorías morales y axiológicas, satisfacción de necesidades básicas y esenciales y elementos culturales y sociales, pero es, ante todo, un acto de amor, pues el vínculo afectivo hacia los hijos es el más desinteresado de los lazos que nos unen a los otros, y, por ello, el más humano. No es casual que la arqueología defina el carácter humano de las sociedades a través de la huella que en el registro arqueológico dejan las relaciones de afecto, de cuidado y dedicación a los dependientes, que están más allá de la crianza física (que es común a todos los mamíferos).

Así mismo se niega la fundamental singularidad de la paternidad y su aportación esencial y no sustituible a la crianza, expulsando a los hombres del hecho reproductivo tanto en la calidad de agentes participantes en la decisión, como en su contribución educativa.

Como resultado de todo ello se está transformando de forma radical, no solo la relación con los niños y niñas sino la concepción esencial de las personas, pues ya los infantes no son considerados seres humanos completos, dotados por ello de un valor intrínseco y una consideración primaria en tanto que individuos(5). De sus necesidades son excluidas la conciencia de sí mismos y del mundo-ambiente, la capacidad de elección en cuestiones limitadas pero muy reales y todas las demandas del espíritu. 

Al negarles los valores que son atributos de la humanidad se inicia un escabroso camino hacia la creación de una sociedad deshumanizada compuesta de individuos capaces de servir con diligencia en el trabajo, los ejércitos y las tareas que les sean encomendadas pero incompetentes para la libertad y la gestión autodeterminada de sí mismos y la sociedad.

En el pasado, a través de la educación como proceso social, lo humano, su sentido y significado, se reconstruía generación tras generación

El esfuerzo que empleaba la comunidad de los adultos en su labor educativa, incluía tanto la recogida de la experiencia acumulada cuanto su mejora a través de la propia práctica. Esta actividad, además precisaba de la reflexión sobre numerosos aspectos reales y concretos de la existencia humana y, por ello, estimulaba el ejercicio del análisis tanto como la capacidad práctica de tomar decisiones y obrar en consecuencia. Es obvio que el desafío vital de la maternidad-paternidad ayuda a superar, de alguna manera, las limitaciones inherentes a nuestra condición humana que nos arrastra muchas veces a la mezquindad y el egoísmo. Los niños se convierten así en agentes activos del desarrollo de la sociedad y gran potencia unitiva de los adultos pues ellos no son solamente el objeto de la educación sino también educadores en tanto que mejoran el entorno en que crecen y se convierten en instrumento de enriquecimiento personal de aquellos que les cuidan.

De la experiencia de la crianza y cuidado de los hijos resulta un crecimiento innegable de la capacidad individual y social para la convivencia, para crear vínculos y lazos comunitarios y desarrollar formas humanas de vida, su ausencia es expresión material (no la única pero sí importante) de una crisis civilizatoria de impredecibles consecuencias.

Fuente                                                        Prado Esteban Diezma

NOTAS:
(1) La inmigración es hoy el gran negocio del sistema, pues permite trasladar los costes de la crianza de los seres humanos a las mujeres de los países de Tercer Mundo. España tiene una población extranjera diez veces superior a su crecimiento natural por nacimientos, y gracias a ello el país se puede permitir una natalidad muy lejana a la tasa de reposición de la población. Por ello el antiguo sistema de opresión femenina que se basaba en inducir la alta natalidad para nutrir los ejércitos de los Estado ha sido radicalmente transformado hoy y sustituido por nuevas formas de opresión que consisten en destinar a las féminas a las obligaciones laborales y las propiamente militares con su incorporación a los ejércitos.

(2) Simone de Beauvoir, en “El segundo sexo”, dice que las mujeres “encierran dentro de sí un elemento hostil, la especie, que las roe” y apostilla que “la gestación es un trabajo fatigoso que no ofrece a la mujer ningún beneficio individual (sic)”, pensamiento monstruoso que es mera ideología de extrema derecha, un atentado a los fundamentos de la condición humana.

(3) En “Los desiertos de la cultura. Una crisis agraria” Santiago Araúz de Robles enfatiza la ternura del grupo hacia los niños y niñas y el lugar propio que estos tienen en la comunidad.

(4) En 1949, Benjamin M. Spock publicó “Tu hijo” puede considerarse este texto el hito de inicio, en el mundo anglosajón, de la gran perturbación que destruiría la transmisión cultural de los conocimientos acerca de la crianza. De ese texto se han vendido cincuenta millones de ejemplares y ha sido traducido a cuarenta y dos idiomas.

(5) Con argumentos como los que se pueden leer en un diario de gran tirada, “se limita (el bebé) a estrujar las ubres que le sostienen. Pero aparte de un calor humano animal, no produce un intercambio, sólo recibe. Pero se mitifica la maternidad para que nadie pueda racionalizar el proceso… esta gratificación impide muchas veces a las mujeres que su carrera profesional… pueda a su vez ser gratificante” El País 9-01-2001 “El precio de un hijo”, Josune Aguinaga. Con seguridad la persona que esto escribe no ha tenido nunca contacto con un bebé y no ha podido vivir y apreciar la capacidad afectiva, comunicativa, relacional e intelectual que desarrolla el ser humano desde su nacimiento. Si así es, no debería atreverse a componer frases tan rotundas como pérfidas.
(texto publicado en la revista digital de pedagogía “En la fila de atrás”)

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