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domingo, 18 de agosto de 2013

EL GOBIERNO MUNDIAL



La cara oculta de la globalización

Desde que el mundo da vueltas, la mejor manera de ocultar el poder es disimularlo. Sin grandes escándalos y con una estructura no demasiado orgánica, antes que jerárquica o piramidal, el poder se cuela por los resquicios de la sociedad toda, con sus cabezas visibles y sus líderes mediáticos. 

La historia del grupo Bilderberg y de la Comisión Trilateral es la historia de dos grupos, aparentemente inofensivos y dedicados al estudio y al intercambio de opiniones, cuyas conclusiones, aficiones y gustos coinciden sorprendentemente con las tendencias políticas del mundo en los últimos cincuenta años. 

Sus líderes ya hablaban hace treinta años de las bondades de la "globalización" y de la "economía globalizada" e incluso utilizaban la terminología extremista del "gobierno mundial", cuando nadie se percataba de lo que ya era evidente: la construcción de un mundo único en el que, por encima de toda diferencia, no tuvieran lugar barreras nacionales de ningún tipo.

¿Cómo puede un grupo así influir? 

Pues evidentemente no desde la acción directa sobre los gobiernos, aunque la pertenencia de numerosos presidentes a estos foros no descarta esa vía ni mucho menos. 

Lo hace utilizando la llave que abre todas las puertas: el prestigio. Un prestigio que impone líneas de pensamiento en los centros neurálgicos en los que se forman los futuros dirigentes del planeta. 

El sistema de subvenciones privadas a universidades es una buena estrategia para ello y, otra parecida, la ayuda a fundaciones y a medios de comunicación o la constitución de los mismos. Por ello, la puesta en común de ideas y el logro de consensos sobre cuestiones clave puede tener una enorme importancia en la política mundial dependiendo de quión alcance dichos acuerdos. 

No es lo mismo que el presidente de Castilla-León, por ejemplo, contraste sus opiniones con sus colegas, que el que una reunión de decanos de las universidades más prestigiosas del mundo, tres consejeros de presidentes de países importantes, seis fundaciones billonarias y una docena de presidentes de multinacionales, lleguen a una línea de pensamiento básica acerca de cómo tienen que ir las cosas en la política internacional. 

Las reuniones de este tipo de grupos constituyen, antes que la excusa de la "necesidad histórica" aducida por nuestros gobiernos, el motor del proceso de globalización en el planeta.

Si además de las ideas y el prestigio existen cantidades fabulosas de dinero, entonces de esta clase de reuniones se deriva necesariamente poder en estado puro, aunque ni siquiera sus miembros se den cuenta. Este hecho es una ley tan necesaria como la de la gravedad, en la que no hace falta una acción voluntarista por parte de nadie sino que tan solo ocurre si se dan las condiciones para ello.

El explosivo coctel de ideas-fuerza, diseminadas desde los centros más prestigiosos del globo, constituye un tremendo poder que permea los resquicios más olvidados de los gobiernos y de las estructuras de poder de todos los Estados.

Con el tiempo, y tanto la Trilateral como el grupo Bilderberg lo han tenido de sobra, surge una sutil pero férrea tela de araña de ideas, de influencias, de prestigios, de opiniones y de recursos economicos, que se apoyan unos a otros y que los nuevos gobernantes o los que se forman para ello, reciben como algo ya dado, como una serie a apriorismos de los que no es posible dudar. La poderosa tela es también un poderoso filtro de manera que se asegura que los que llegan arriba no son "outsiders", no sostienen opiniones marginales contra lo establecido.

Esta acción de campo, que se refuerza todos los días un poco más, pone de manifiesto la importancia de las ideas como fuente y origen del poder y desmiente el tópico, alentado por la izquierda e incluso por sectores de la extrema derecha, de que el proceso globalizador nace de la necesidad económica de crecer siempre.

Antes que algo meramente económico, la globalización se revela como una tendencia cultural, una cosmovisión conscientemente alentada por personas con nombres y apellidos, que mantienen una concepción subvertida de lo que debe ser la organización del poder y de la sociedad. 

En definitiva, está ocurriendo en todas partes una polarización de ideas: servicio frente a dominio, respeto al planeta frente a explotación económica de sus "recursos", economía popular frente a economía transnacional, clase política al servicio del pueblo frente a grupos de presión, afirmación de identidades de los pueblos frente a disolución globalizante.

La conclusión de todo esto es que cada vez aparece más claro que el poder decisorio está donde nadie quiere verlo y, en todo caso, no donde nos dicen.

Fuente
nouvelledroit

                                                     Elena Atxaga

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