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martes, 7 de enero de 2014

MERCEDES FORMICA


Guapa, falangista y feminista
Si se coge aquella fórmula del Feo, católico y sentimental con la que Valle-Inclán definió al Marqués de Bradomín, en el caso de la abogada y escritora Mercedes Formica (Cádiz, 1916-Málaga, 2002) la unión de los tres adjetivos podría resultar de lo más llamativa. Porque la autora de novelas como Monte de Sancha fue guapa, falangista y feminista hasta tal punto que incomodó al mismísimo Franco

Todo eso y mucho más se ha recuperado en la reedición de sus Memorias emprendida por la editorial Renacimiento y el Instituto Municipal del Libro de Málaga.
Este volumen que acaba de ver la luz reproduce en casi 500 páginas sus recuerdos de lo que vivió entre 1931 y 1947. En concreto, se publican de forma conjunta los libros Visto y Vivido y Escucho el silencio, que fueron editados por separado en Planeta a principios de los 80.
Sobre todo, Mercedes Formica destacó por su condición de pionera que se atrevió a luchar por los derechos de la mujer en plena posguerra. Lo certifica en el prólogo de esta edición Mariano Vergara, quien explica cómo llegó a lograr en los años 50 la reforma de 66 artículos del Código Civil, para que, por ejemplo, «en los domicilios de este país disminuyera el poder absoluto del marido, y si se producía una separación la mujer no fuese depositada otra vez en casa de sus padres o en un convento».
Su lucha empezó a cuajar con la aparición en la prensa de la época del artículo El domicilio conyugal, que causó revuelto hasta tal punto que sus reivindicaciones traspasaron las fronteras españolas, y la importante fotógrafa de la Agencia Magnum Inge Morath fue enviada a Madrid para entrevistarla y retratarla, en fotografías como la que acapara la portada de esta reedición de sus memorias.
Es más, Mercedes Formica llegó a entrevistarse con Franco, y de aquel encuentro salió con la sensación de que había sido comprendida, porque el caudillo también había asistido, al igual que ella en su casa, a los problemas que vivió su madre.
Ahora bien, no coincidía en muchas cosas con el dictador. Fascinada desde su juventud por el discurso de Primo de Rivera, en estas memorias censura los planteamientos del caudillo, y asegura que hubiese preferido la disolución de la Falange al «albondigón», que así es como ella llamaba a la unión de tradicionalistas y falangistas decretada por Franco: "Aquella amalgama monstruosa, aquel gigantesco albondigón, estranguló la ideología, y todo quedó en una especie de cristianismo obligado, como el impuesto por Roma en el decreto de Constantino". 

"La tragedia del pensamiento joseantoniano fue detenerse en plena evolución. Si Dionisio alzó la voz, a José Antonio le cerraron la boca los que dispusieron su muerte", escribió Formica.
Y a la hora de abordar las diferencias existentes entre Franco y Primo de Rivera, la autora muestra su convencimiento de que el caudillo se negó a evitar la muerte del fundador de Falange y a aceptar el canje que le propuso la República: «¿Qué podía temer Franco de José Antonio?», llega a preguntarse la escritora.
En los relatos sobre la Guerra Civil española que atraviesan una parte importante de sus Memorias, Mercedes Formica tampoco se tapa la boca y se rebela contra tanta barbarie. Ella, como Primo de Rivera, estaba en contra de aquella guerra. Por eso, no se calla a la hora de desenmascarar los cambios de camisa a los que asistió entonces, o lo mismo recuerda su relación con importantes poetas del 27 que clama contra el fusilamiento de su admirado García Lorca: «Dos días después, 18 de agosto, asesinaron en Granada a Federico García Lorca. Durante mucho tiempo me resistí a creerlo».
Igualmente, su escritura se torna estremecedora cuando narra la pérdida de una amiga en pleno enfrentamiento fratricida: «En la guerra no sólo caían los hombres. Caían también las mujeres. En el bombardeo de Seseña, villa del cerco de Madrid, murió Luisa Terry, mi amiga de la infancia gaditana. Pelirroja, salpicada de pecas, ingeniosa y vital, encubría bajo su apariencia despreocupada la pena de la reciente muerte de su novio, Eustaquio Ávila, uno de los héroes anónimos que sucumbían a diario en las trincheras».
Además, tampoco dejó en el tintero el recuerdo de los miedos sentidos en medio de aquella España ensangrentada: «Mi propia situación no dejaba de ser inquietante. Vivía con el desasosiego del condenado a muerte, convencida de que podía morir. Bastaba que alguien descubriese mi fotografía junto a José Antonio, reproducida en varios diarios. Me atormentaba el peligro que, por mi culpa, corrían los míos y no sabía si, llegado el caso, pediría gracia o sucumbiría con dignidad...».
Fuente                               CRISTÓBAL G. MONTILLA 
elmundo                               

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