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domingo, 19 de abril de 2015

HISTORIA Y FICCIÓN




Catalanes, los primeros españoles: Cataluña, constructora de España (01)

Desde la batalla de las Navas de Tolosa, los pueblos de España, empezaron a superar la dispersión feudal. Un acontecimiento que merece ser recordado en estos tiempos en los que algunos pretenden el retorno a un neofeudalismo construido sobre el odio a España, y la desigualdad entre los territorios y los ciudadanos. Hemos de recuperar la auténtica Memoria Histórica descubriendo en ella las raíces hispanas del pueblo catalán desde sus orígenes. Creo que ningún español sensato niega la catalanidad de españoles universales como Gaudí, Dalí o el recientemente fallecido fotógrafo Centelles.

                              José Antonio Crespo-Francés
                                      Coronel del Ejército de Tierra en Reserva
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domingo, 12 de abril de 2015

DESCUBIERTA Y ATREVIDA





Capitán de navío Alejandro Malaspina

Carlos IV, al subir al trono en 1788, mantuvo el mismo Gobierno de su padre Carlos III, con Antonio Valdés en la Secretaría de Marina. Por entonces, la Armada se volcaba en las exploraciones científicas para terminar el álbum de las costas americanas, al igual que terminaba el de las peninsulares, encargado a Tofiño. Como remate a esa ingente tarea científica, Valdés ordenó armar dos corbetas, escogió dos comandantes de inmejorable hoja de servicios, renombre y preparación como eran Malaspina y Bustamante, y puso a sus órdenes oficiales versados en matemáticas, medicina, historia natural así como competentes dibujantes. Se les dotó de todo lo necesario y finalmente, se les ordenó dar la vuelta al mundo tomando datos y situando geográficamente lo desconocido.


Fuente                               José Antonio Crespo-Francés
elespiadigital                          Coronel en situación de Reserva.

Leer+  Capitán de navío Alejandro Malaspina 

sábado, 11 de abril de 2015

LAS CAMARADAS




Los Tercios de Flandes: Origen de la camaradería

Camaradería puede ser una de las palabras más recurridas de la historia y, como tantas otras aquilatadas en lances de armas, también ésta es española. El término que designa universalmente la fraternidad entre soldados, nace como institución única y ejemplar hace cuatro siglos: “las camaradas” de los Tercios Viejos.

A diferencia del “contubernio” romano --al que no dejaban de emular-- las camaradas carecían de carácter orgánico, pero sin la ligazón transversal de estas agrupaciones para hacer rancho común sin más criterio que el azar o el paisanaje, aquella infantería nunca hubiera llegado a funcionar con la eficacia y combatividad que la hizo legendaria.

Las camaradas fueron un poderosísimo factor de cohesión interna que diferenciaba a nuestros Tercios de otros ejércitos de la época. No respondían a ningún requisito de formación o destino y su dimensión era antes emocional que táctica, pues llegarían a significar mucho más que un mero acuerdo de logística gregaria, prevaleciendo su legado hasta nuestros días. Ocho o diez compañeros de armas compartían la misma “cámara” o habitación alquilada, contribuyendo a los gastos comunes. En campaña, la camarada se mantenía adaptándose a las nuevas circunstancias desde el esfuerzo solidario de cada uno de sus miembros, estableciéndose cometidos de interés: uno hacía de despensero, otro tesorero, otro buscaba leña, otro cocinaba, otro trapicheaba…etc.

Así daba cuenta a su respectiva “Signoria” un embajador veneciano informando, a principios del XVII, de una de las razones de la fortaleza de los Tercios Viejos.
“Hacen la “camareta”, esto es, se unen ocho o diez para vivir juntos dándose entre ellos fé y juramento de sustentarse en la necesidad y en la enfermedad como hermanos. Ponen en esa camareta las pagas reunidas y proveyendo primero a su vivir y después se van vistiendo con el mismo tenor, el cual da satisfacción y lustre a toda la compañía”

Cuando era necesario distribuir paño, víveres o cualquier otro socorro o pertrecho que asistiera la penuria de las tropas, sargentos y sargentos mayores de compañía daban la instrucción “repártase por camaradas” para que fuera ecuánime. Ante las camaradas no cabían argucias de acaparadores… por la cuenta que a estos traía. No obstante las situaciones de campaña, en el contexto general de nomadismo militar en el que debe entenderse el despliegue de los Tercios, ya fuera a lo largo del Camino Español, en las galeras del Mediterráneo o en las plazas fuertes, fortalezas y presidios que jalonaban las fronteras de los Habsburgo, mayoritariamente los soldados no estaban acuartelados, sino que vivían en “régimen de camaradas”.

De la raigambre de la institución da idea el que oficiales y Maestres de Campo tenían también sus propias camaradas. La del capitán, formada por soldados viejos bien acreditados y poco pendencieros, añadía la ventaja de mantenerle al tanto de la moral y estado de ánimo de la tropa al mando de la compañía. La del alférez actuaba como una suerte de guarda privada que le protegía de los muchos peligros que implicaba su cometido de portar la enseña durante el combate. Los más modernos estudios de psicología del combate coinciden en que la motivación profunda del soldado, más allá de los espacios comunes de la patria, los grandes ideales o incluso la bandera, vinculan la implicación en la lucha y la aceptación de los sufrimientos y penalidades a algo mucho más tangible y próximo. En este sentido las camaradas refrendaban a cada combatiente la convicción, constatada en la práctica, de formar parte de algo más grande que ellos mismos.

Las camaradas podían asumir también un carácter benéfico o, más en terminología de nuestros tiempos, de “protección social”. Así se “sugería” que los oficiales asumieran en sus camaradas aquellos soldados con menos posibles para que recuperar sus maltrechas haciendas o completar su equipo con el dinero que ahorraban, siendo relevados de la mesa por otros compañeros necesitados una vez superado el mal momento. Todo un ejemplo de solidaridad para aquellos para aquellos soldados profesionales, sin el que resulta impensable concebir situaciones como las que cita Quatrefages en la carta que los soldados de Flandes dirigen a los amotinados de Alost pidiéndoles que, pese a haberse salido de disciplina por el prolongadísimo impago de haberes y otras penurias acumuladas, retomasen las armas para socorrer a los sitiados en Gante por los herejes:

"Siendo como somos… en la afición propios de hermanos… prometemos como Españoles y juramos como cristianos… de morir por ellos… porque Españoles pelear tienen por gloria y vencer por costumbre. Pues vamos señores por amor de Díos a socorrer el castillo de Gante donde están nuestros amigos y hermanos.”

Ni que decir tiene que a los amotinados les faltó tiempo para tomar toledanas, vizcaínas, picas y arcabuces partiendo con la mayor diligencia en socorro de Gante para, una vez liberada la plaza, tornar a su amotinamiento en reivindicación de haberes y compromisos incumplidos. Esta situación habría sido absolutamente impensable –lo es aún hoy en día, o quizá más hoy en día - en otra Infantería que no fuera la Española de aquellos siglos terribles y maravillosos.

Pues esto es, señores, lo que eran y deberían seguir siendo “las camaradas”, como forja y crisol de lo que hoy entendemos por camaradería. Más allá del preciso origen y significado de ambos términos, a todos consta que han sido asimilados por fuerzas armadas de muchos otros países y aún como jerga de aproximación en partidos políticos, sindicatos, y regímenes afines. Huelga decir que toda semejanza de estas acepciones con la camaradería inspirada por nuestros antepasados españoles en la profesión de las armas, no es tanto mera coincidencia como oportunista y espuria apropiación indebida.

Así les ruego que tengan todo esto muy en consideración, tanto por el homenaje a nuestros antepasados como por honrar el contenido profundo de tan hermosa palabra para que sea administrada conforme a su dignidad, reservándola así para quienes realmente sean merecedores de ella.


Fuente                                             Miguel Ortego
pueblodigital                                       Suboficial del Ejército de Tierra

domingo, 5 de abril de 2015

A LA CONQUISTA DE CHINA




Así eran los planes del Imperio español para conquistar China con 15.000 soldados

La colaboración de Japón se antojaba imprescindible para derrocar a la dinastía Ming. El desastre de «la Armada Invencible» obligó a abandonar para siempre el proyecto militar

En varios momentos del reinado de Felipe II la maquinaria imperial se planteó seriamente la invasión de China para hacerse con la supremacía comercial en la zona. A pesar de las grandes dimensiones del Imperio Celeste, los consejeros militares del Rey estimaban que el número de soldados necesario para acometer la campaña sería de unos 15.000 hombres reclutados por todos los rincones de la Monarquía hispánica, más unos 6.000 soldados japoneses. Por supuesto, los tercios castellanos tenían reservado un papel protagonista en las operaciones, donde la tecnología europea y sus tácticas militares debían suplir la desventaja numérica.

Desde la conquista de Filipinas por los españoles surgieron distintas expediciones para bordear los límites de China y analizar si era posible acometer una invasión a gran escala. En 1572, la Corte madrileña ordenó al virrey de Nueva España, quien se encargaba de coordinar el tráfico comercial llegado de Filipinas (el célebre «Galeón de Manila»), que enviase una expedición para recabar el máximo de información posible sobre China. El capitán Juan de la Isla fue el encargado de dirigir una expedición de tres galeones que, además de trazar una cartografía precaria de las costas de China, dio permiso a una decena de barcos chinos para comerciar con Filipinas a modo de gesto de buena voluntad.

La muerte de Juan de la Isla y la falta de recursos del gobernador de Filipinas, Guido de Lavezares, hizo que el interés de Felipe II por China quedara aparcado durante una temporada, junto a la larga lista de planes rocambolescos del imperio. Y en realidad poco se sabía sobre China como plantearse una operación militar. Como ejemplo del desconocimiento sobre las auténticas dimensiones del país, Juan Pablo Carrión, uno de los conquistadores de Filipinas, planteó que con cuatro barcos bien armados se podría realizar un ataque de envergadura, pidiendo a cambio ser nombrado «Almirante del mar del sur». Evidentemente se necesitaba mucho más para someter al gigante asiático que un puñado de barcos.

El Imperio portugués, que más tarde sería anexionado por Felipe II, mantenía abiertos puertos comerciales desde principios de siglo XVI en puntos lejanos como Goa, Malaca, las islas Molucas, Macao, y Nagasaki y había enviado embajadas a varios países de la zona; al contrario que la Monarquía hispánica que no inició conversaciones diplomáticas con China hasta 1574. En esas fechas, las autoridades de la provincia de Fujian establecieron contactos con el gobernador de Filipinas reclamando la entrega del pirata Ling Feng, que no dejaba de hostigar las costas chinas, a cambio de abrir el comercio entre ambas regiones. La fuga del pirata cuando iba a ser entregado y la muerte del gobernador Guido de Lavezares enterraron bruscamente las conversaciones.

El nuevo gobernador, Francisco de Sande, era más partidario de la vía armada para extender el cristianismo por el país y propuso un plan de invasión directa. En una carta dirigida al Consejo de Indias en 1576, Sande pedía un contingente de 5.000 hombres reclutados entre los miles de aventureros que deambulaban por Perú y Nueva España en busca de los tesoros que se suponían escondidos por el Nuevo Mundo. El gobernador consideraba que la población china era incapaz de organizar una defensa firme para proteger las amplias reservas de metales que supuestamente guardaba el interior del país. No obstante, el Rey pospuso este proyecto a la espera de recabar mayor información de China, para lo cual recomendaba, por el momento, el estrechamiento de lazos comerciales.

La anexión de Portugal impulsa el proyecto

El acceso de Felipe II al trono de Portugal en el año 1580 volvió a poner sobre la mesa la posibilidad de invadir China usando la plaza portuguesa de Macao, a solo tres días de navegación de Manila. Si bien la presencia lusa en Asia había abierto la puerta a los misioneros españoles para evangelizar China, también permitió que las autoridades chinas se hicieran con armas europeas vendidas por los portugueses. La anexión de Portugal dio un fuerte impulso a los planes imperiales y terminó con el intercambio de material militar.

Gonzalo Ronquillo –sucesor del gobernador Sande– presentó un plan mucho más realista para llevar a cabo la conquista que se alimentaba de la información recabada por una embajada encabezada por el jesuita Alonso Sánchez que fue retenida por las autoridades cantonesas cansadas de las intromisiones españolas en su país. El jesuita elevaba el número de soldados necesarios hasta los 15.000 e insistía en los muchos recursos que se podían sacar de la campaña Por su parte, el primer obispo de Manila, Domingo de Salazar, justificaba el uso de las armas contra China por los numerosos agravios provocados por el Imperio Celeste.


Mientras los castellanos debían acometer un ataque a través de Fujian, los soldados portugueses lo harían por la provincia de Guangdong. Además de la fuerza hispanolusa, se contaba con el apoyo de unos 6.000 nativos filipinos y el reclutamiento de 6.000 japoneses, un país históricamente enemistado con China que había ofrecido tropas para la ocasión.

Pero este plan para invadir China nunca abandonó el escritorio de Felipe II, puesto que el respeto a los intereses portugueses se impuso y la orden nunca fue aprobada. El desastre de la llamada «Armada Invencible» acabó definitivamente con el proyecto, salvo por alguna vaga propuesta en tiempos de Felipe III, y obligó al Imperio español a conformarse con mantener relaciones comerciales con el gigante asiático. Lo cual no era poco.

El comercio entre Macao y Manila se intensificó, aunque oficialmente estaba prohibido, y productos como la seda, tejidos, ámbar, alfombras, etc. comenzaron a llegar al Parián de Manila. A su vez, la influencia china en la sociedad de Manila creció y sus puertos se llenaron de habitantes procedentes de este país. Coincidiendo con la llegada de los portugueses y los españoles, la escasez de plata en China empujó a sus habitantes a incrementar en esos años los contactos comerciales con los europeos e incluso con Japón.


Fuente                                      César Cervera
abc

jueves, 26 de marzo de 2015

CON LA NUEVE



El jubilado español que liberó París


Caía la tarde del 24 de agosto de 1944 cuando los soldados de La Nueve, una compañía de la División Leclerc, entraba en París, por la Puerta de Italia, dispuesta a liberar la ciudad. Entre vítores de los parisinos, los combatientes callejearon para evitar a los alemanes hasta alcanzar el Ayuntamiento de la capital. Las campanas repicaron. Ellos cantaron Ay, Carmela. Eran republicanos españoles y entre ellos estaba Rafael Gómez. Hoy, a sus 94 años, será un rey, el de España, el que le rinda homenaje por aquella gesta. Es el único superviviente que puede contarla. Vive modestamente en Longolsheim, a las afueras de Estrasburgo, la ciudad que Gómez también liberó en ese principio del fin de la II Guerra Mundial.

Gómez ha tenido una vida extraordinaria y su longevidad ha querido que sea hoy el representante de La Nueve, esa compañía admirada por su bravura, formada por 160 hombres, 146 de ellos españoles, la mayoría comunistas y anarquistas expulsados de su país. Hombres curtidos en la guerra civil que sufrieron el exilio, los campos de concentración y la muerte. Al final de la II Guerra Mundial solo sobrevivieron dieciséis, pero ganaron la batalla a los nazis y ahora Francia empieza a reconocer su valía.

En una pirueta del destino, Rafael Gómez, un republicano de corazón, iba a representar a La Nueve ante los Reyes de España en el homenaje previsto en París dentro de los actos de la visita de Estado cancelada tras la tragedia aérea de los Alpes. “No hay más remedio que pasar por ahí”, bromea por teléfono desde su casa de Estrasburgo. En otra pirueta, iba a saludar al bisnieto de Alfonso XIII, a quien también conoció en su adolescencia, cuando “le echaron de España y lo metieron en un barco”. Antes de eso, su propio padre, carabinero, sirvió en la guardia del bisabuelo de Felipe VI.

Rafael fue movilizado en España con solo 17 años en la Guerra Civil. Al final de la contienda se exilió en el país vecino, donde sufrió los rigores del campo de concentración de Saint Cyprian de la Francia colaboracionista de Vichy. Logró salir con vida y refugiarse en Orán (Argelia). Allí terminaría formando parte de la 2ª División Blindada del legendario general francés Phlippe Leclerc. En esas colonias africanas anidó su leyenda y la de sus aguerridos soldados españoles. Quizá porque, como el propio Gómez cuenta, el suyo era un batallón de choque, siempre en primera línea, sin retroceder un solo paso incluso ante enemigos supuestamente superiores. Fue entonces cuando Leclerc hizo su juramento de luchar hasta lograr poner la bandera francesa en la catedral de Estrasburgo. Gómez estuvo allí. Hoy, muchos de sus vecinos desconocen su gesta. Ignoran que la libertad de que disfrutan se la deben en parte a un modesto zapatero de origen español ya retirado.

Los hombres de Leclerc fueron trasladados de Argelia a Marruecos y de allí al sur de Inglaterra. Finalmente, a principios de agosto de 1944, cruzaron la Mancha y desembarcaron en Normandía. El camino hacia París registró pérdidas dramáticas. Muchos compañeros murieron en batalla, pero La Nueve fue la primera en llegar a París, el 24 de agosto de 1944. Al día siguiente, escoltarían con sus vehículos blindados al general De Gaulle por los Campos Elíseos. “Qué satisfacción y qué felicidad para aquellos españoles, combatientes de la libertad. París era un extraordinario símbolo para ellos”, escribiría treinta años después otro legendario militar francés que peleó junto a La Nueve, el capitán Raymond Dronne. Su hija, por cierto, estará en el Ayuntamiento de París en el homenaje que el miércoles le rinde la ciudad junto a los Reyes de España.

Muchos parisinos creyeron que aquellos soldados eran franceses, pero sus vehículos lucían nombres tan expresivos como Ebro, Guernica, Teruel, Guadalajara, Don Quichotte… El hispanista Robert S. Coale cuenta en el epílogo de La Nueve, del cómic de Paco Roca: “En mis primera investigaciones, me encontré una curiosa fotografía en color de los soldados en los Campos Elíseos en agosto de 1944. El uniforme era americano, pero sus vehículos llevaban nombres españoles y con el puño hacían el saludo del Frente Popular”.

Gómez no da importancia ahora a la gesta que vivió. Tampoco le gusta dar detalles. “Terminó bien, se ganó y estamos contentos”, dice y añade con amargura: “Pero la guerra…”. La periodista y escritora española Evelyn Mesquida ha relatado con detalle la historia en su libro La Nueve. Los españoles que liberaron París (Ediciones B) y sabe, tras entrevistar durante estos últimos años a media docena de combatientes –la mayoría ya fallecidos-, que su trauma les empuja a silenciar lo ocurrido. Ella ha luchado para que Francia reconozca, aunque sea tarde, sus méritos. Rafael fue uno de los que fue condecorado gracias a ella. “Me hizo mucha ilusión que me nombraran caballero de la legión de honor”.

De aquellos 146 hombres solo quedan dos: Rafael Gómez y Luis Royo, pero este último está hospitalizado muy delicado de salud. Todos albergaron durante años el sueño de volver a España para derribar a Franco. “No hubo manera”, dice Gómez. Una vez que los republicanos españoles llegaron hasta el Nido de Águilas, el refugio de Hitler, y una vez terminada la II Guerra, quedó sepultado el proyecto de seguir luchando contra el fascismo también en el sur. “Queríamos volver”, insiste Gómez.

Dice Mesquida que los de La Nueve son “los hombres de las cuatro traiciones”. Las grandes democracias europeas abandonaron su causa, Francia les maltrató al principio internándolos en campos de concentración, no lograron el apoyo logístico para luchar contra Franco una vez derrotado Hitler y, finalmente, también la Francia Libre de Charles De Gaulle, empeñada en afrancesar la Resistencia y la liberación, les condenó al silencio. Los mismos que escoltaron al general con sus banderas republicanas por los Campos Elíseos fueron luego conminados a abandonar sus estandartes. “No guardo ningún rencor”, asegura, sin embargo, Gómez.

Derrotado Hitler, Rafael Gómez volvió a Argelia. Allí se casó y tuvo cuatro hijos. En 1957 regresó a Francia, a Estrasburgo. El reconocimiento le llega a través de los libros que hablan de él. Un paisano, Alfonso Viciana, acaba de publicar también su historia. “Estoy yo dentro”, explica, “pero en casa nadie lo puede leer porque no saben español. Aquí hablamos una mezcla”.
Y si algo le hace ahora feliz es saber que la alcaldesa de París, la gaditana Anne Hidalgo, está detrás del homenaje que ahora le rinde la ciudad. “Es hija de un republicano; como yo”.


Fuente                                         Gabriela Cañas
elpais 

 "Sólo en la fortuna adversa se hallan las grandes lecciones del heroísmo." Séneca

martes, 24 de marzo de 2015

UNIDA Y PODEROSA



A 24 años del asesinato de la URSS


Hace 24 años tuvo lugar un acontecimiento único en su género, el referéndum sobre la preservación de la URSS. Prácticamente al pueblo soviético, se le propuso decidir el destino de su patria, seguir existiendo o dejar de hacerlo. A pesar de la descarada propaganda contraria al mantenimiento de la Unión y la negativa en la práctica de una serie de repúblicas a tomar parte en la votación, o en cualquier caso en su organización, la mayoría absoluta de los ciudadanos (no solo de entre aquellos que tomaron parte, sino en general) se pronunció por el mantenimiento de la unidad del país.

Entre aquellos, que festejaron la victoria entonces, es decir aquellos a los que denominaban “mayoría agresivo-sumisa”, que luego pasarían a llamar “roji-pardos” y que hoy denominan “vátniki”, se encuentra el autor de estas líneas. Pero nuestra alegría, por decirlo de un modo suave, fue bastante efímera: la voluntad del pueblo soviético, expresada en el referéndum, fue burda y cínicamente ignorada por los dirigentes de tres repúblicas de la Unión, Ucrania, Bielorrusia y Rusia, por los señores Kravchuk (aunque si bien es cierto, le dio tiempo a celebrar un referéndum sobre la independencia de la república) Shushkévich y Yeltsin. En este artículo intentaremos llegar a comprender el cómo y el por qué tuvo lugar tan flagrante conculcación de la decisión de la mayoría de los ciudadanos de la URSS.
 
Así pues, ¿cuáles fueron los motivos de la muerte de la “unida y poderosa” Unión Soviética?

Primera causa: la traición de las élites con respecto a su propio país.

En este caso por élite entenderemos no solo a ese estrato superior de la burocracia partidista y estatal, en cuyas filas resultó haber no pocos estadistas que posteriormente de un modo abierto, sin la menor sombra de vergüenza, reconocieron que en realidad odiaban todo lo soviético y socialista, que supuestamente ensalzaban en sus trabajos y ponencias. El círculo elitista era bastante más amplio. Allí habría que incluir a los cargos con responsabilidad en las administraciones públicas de mayor prestigio, a los “emprendedores” clandestinos, convertidos en la etapa de Gorbachov en cooperativistas legalizados, y una parte importante de representantes del mundo de la cultura. Muchos representantes de estas capas, despreciaban abiertamente a los que entonces ya denominaban “sovki”. Su principal objetivo residía en destruir un sistema, en el que podían en un abrir y cerrar de ojos verse privados de su situación de privilegio, en el que no podrían marchar a occidente y transferir allí todo lo acumulado con sus verdades, y principalmente con sus mentiras. Pero lo más importante es que los representantes de ese estrato, especialmente de esa “dorada” juventud soviética, no tenían nada en contra de poder apropiarse de los más preciados pedazos de la propiedad estatal.

Así pues, la tarea de todos estos “Smerdiakov” de orientación antisoviética era una: hacer todo lo posible para que la Unión Soviética dejase de ser grande y poderosa. Pero el ataque de caballería del 17 de marzo de 1991 fracasó. Inclusive en Moscú, a la que lo entones precursores de los de las “cintas blancas”, e incluidos ellos mismos, solo que 20 años y pico más jóvenes, habían inundado con octavillas en las que presentaban a la URSS como una supuesta “cárcel de pueblos”, ganó por mayoría, aunque más exigua de la que reflejó el país en su conjunto, la opción de preservar la Unión.

Pero hubo algo que los representantes de la “quinta columna” sí consiguieron. Paralelamente en el territorio de la RSFSR se llevó a cabo el referéndum sobre la introducción de la figura del presidente ruso. Teniendo en cuenta la aportación y dimensiones de Rusia en la economía nacional, esa decisión suponía poner una mina de acción no demasiado retardada, en la unidad del país; Más aún cuando los diputados rusos ya se las habían ingeniado para aprobar una declaración sobre la independencia de Rusia, en cierto modo de sí misma, en las fronteras prerrevolucionarias. Ahora ese absurdo podía conducir, y de hecho lo hizo, a una guerra de leyes, decretos y disposiciones, que sembraron el caos en el estado.

Segunda causa: el nacionalismo contumaz, inoculado artificialmente en muchas repúblicas de la Unión

Cuando Hitler definió con arrogancia a la Unión Soviética, como un “gigante con pies de barro”, probablemente se refería al hecho de que nuestro país era una unión de una gran cantidad de pueblos hermanos. Bastaba con enemistarlos, obligar a los hermanos, si no a odiarse unos a otros, sí cuando menos a relacionarse entre sí con recelo, para que el destino del país estuviese predeterminado. Por suerte, Hitler no tuvo tiempo suficiente, para contagiar a la sociedad soviética con el veneno del nacionalismo, mientras que los estrategas norteamericanos, tuvieron todo el tiempo del mundo, en el periodo de la guerra fría y por desgracia, lo supieron aprovechar al máximo.

La emisión de programas radiales “enemigos” tenía una distribución claramente orientada al componente nacional. Era una forma más cómoda de atacar ideológicamente, al unísono, a l lado fuerte y al talón de Aquiles de la URSS, su componente plurinacional. Por desgracia todas esas artimañas no tuvieron la reacción debida: Simplemente resultaba difícil de creer que a algunos de esos pueblos soviéticos, que hacía nada, en la escala histórica, habían resistido el embate del nazismo y habían alcanzado con su esfuerzo conjunto la mayor victoria en la historia de la humanidad, pudiese alguien o algo lograr enemistarlos. Pero por desgracia, en un momento de debilidad del socialismo tras la ascensión al trono de la secretaría general de M.S. Gorbachov, esas apenas perceptibles grietas, pasaron a convertirse en abismos difíciles de atravesar. El primer toque de atención y el primer intento de sondear la unidad del pueblo soviético fueron las revueltas de estudiantes en Kazajistán en 1986, después de que para el cargo de primer secretario del CC del partido de esta república, en lugar de al kazajo, D.A. Kunaev, se eligiese al ruso G.V. Kolbin.

Posteriormente los desórdenes por cuestiones nacionales se sucedieron en los más distintos rincones del país: en Asia central, en las repúblicas bálticas, en Moldavia; pero con mayor frecuencia en el Cáucaso. Aquí establecieron una linde entre los pueblos armenio y azerbaiyano, georgiano y abjasio, así como entre los pueblos de Osetia del sur. Y el que había sido un Cáucaso bendecido, al que el camarada Saajov de la comedia de Gaidaev “Prisionera del Cáucaso”, había bautizado como “granero, fragua y balneario de toda la Unión”, comenzó a arder con varios focos de guerras civiles. Los intentos del Ejército Soviético de restablecer el orden se toparon con la furiosa resistencia de los demócratas de la primera oleada, así como con la inhibición de Gorbachov, que prácticamente una vez tras otra, se negó a asumir la responsabilidad por los acontecimientos que se estaban produciendo. Como resultado el país se precipitó por aquel talud.

Tercera causa: las dificultades económicas de la URSS en los tiempos de la “perestroika” de Gorbachov

Ese estereotipo que todos tenemos donde se ven largas filas y estantes vacíos en las tiendas soviéticas, en la mayoría de los casos se relaciona con el periodo de “aceleración e intensificación” de finales de los 80. Entonces el socialismo tanto se “aceleró e intensificó” por los discípulos de Gorbachov, que pronto se convirtió en presa fácil de los antisoviéticos. Y la apertura y transparencia resultaron tan abierta y transparente, que además del alma de la Unión, el sistema socialista, se llevaron por delante a la propia URSS. Ciertamente no se puede negar que las estanterías vacías y las colas kilométricas jugaron su papel negativo en los procesos destructivos. Pero debemos señalar que ese papel estaba lejos de ser lo principal en la tragedia de la destrucción de un gran país.
Si hubiera sido de otro modo no se habría producido el referéndum sobre la preservación de la URSS. O mejor dicho, sí se habría celebrado, pero sus resultados probablemente hubieran sido muy distintos. El caso es, que la mayoría absoluta de las gentes soviéticas a pesar de los problemas económicos, de la falta de muchos productos, llegó a los centros de votación y respaldó la Unión, renovada, pero Unión.

Además, los indicadores económicos al año anterior, del 90, según nuestra escala de valores, fueron relativamente aceptables. La mayoría de repúblicas de la Unión, incluida Rusia, tardó décadas de reformas liberales en alcanzar unos niveles más que discretos en la historia de la URSS en muchos tipos de producción. No pudieron entre otras cosas, por la ruptura de los lazos económicos, la pérdida de proveedores y de mercados como resultado precisamente de la destrucción por parte de los enemigos del socialismo, del primer estado socialista.

Causa cuarta: la contribución directa e indirecta por parte de Occidente a los procesos destructivos

El modo más sencillo de sacar a la luz el pensamiento liberal de una persona, es proponerle que responda a la pregunta de si la URSS se desmoronó por sí sola, o la ayudaron, por así decir, a conciencia. Cualquier liberal que se precie dirá que por supuesto por sí sola, acompañándolo por ese montón de estereotipos antisoviéticos, que nos tienen ya hasta el gollete, sobre las colas y los estantes vacíos, sobre las represiones estalinistas, el déficit de trapitos de vestir occidentales, y la prohibición de viajar a países capitalistas. Por supuesto es difícil entender hasta qué punto pudo influir la falta de pantalones vaqueros o de perfumes franceses, sobre el destino de un país entero, pero esa es precisamente la argumentación.

En realidad entonces se recurrió a un escenario muy parecido al que, esos mismos círculos en occidente intentan aplicar ahora en relación a una Rusia plenamente capitalista: el estrangulamiento económico a costa de la rebaja artificial de los precios de los hidrocarburos, una vuelta más de tuerca en la espiral de la carrera armamentística y propaganda masiva. Por desgracia esa estrategia entonces encontró recompensa.
 
A medida que se iba implantando la denominada glasnost (transparencia), lo que en la práctica no era otra cosa que el auto linchamiento del país, la URSS se fue volviendo más vulnerable frente a la sutil propaganda occidental. Para comienzos de los 90, lo era ya frente a la propia propaganda liberal, a la que dieron “luz verde” los distintos aparejadores y arquitectos de la perestroika. Para desgracia de nuestra patria y regocijo del Tío Sam.

En las condiciones de guerra ideológica, que libraba occidente contra la URSS, eso supuso de algún modo la apertura de las puertas ideológicas, por las que se abalanzaron inmediatamente todos los “lasquenetes” de la propaganda enemiga. Y toda esa “tormenta cerebral” iba acompañada de un asedio económico sin precedentes. Esa confabulación de los imperialistas occidentales y los jeques de las petromonarquías de Oriente Próximo permitió reducir los precios de los hidrocarburos que exportaba Rusia y que tanta importancia cobran para el país.

Quinta causa: la debilidad de Gorbachov como figura política y líder del país

Lo cierto es que Mijaíl Serguéyevich no es un caso aislado en la historia de nuestro país, tuvo un predecesor, también en el s.XX, aproximadamente con las mismas consecuencias catastróficas para el estado. Me refiero a Nicolás II. Ni uno ni otro contaban con esa voluntad de hierro capaz de revertir una situación tan complicada. I.V. Stalin sí la tenía. No tembló incluso cuando las motos enemigas se adentraban en las afueras de Moscú en 1941, ni cuando las huestes de Hitler llegaron a orillas del Volga en 1942. Mientras que estos personajes históricos no contaron ni con una centésima parte de ese carácter de acero en los momentos decisivos.

Como resultado, M.S. Gorbachov, el 25 de diciembre de 1991, al igual que Nicolás II en febrero de 1917, renunció en la práctica al trono presidencial, renunció a su mandato y permitió que se arriase la bandera roja sobre el Kremlin, esa misma bandera, que el 30 de abril de 1945, los sargentos Yegorov y Kantaria habían izado sobre la cúpula del Reichstag derrotado. Pero aquello no fue más que el acorde final de la tragedia del país y del drama personal de su desdichado dirigente. Tres meses antes de aquello Gorbachov había dejado marchar a las tres repúblicas bálticas, creando así un precedente para las maniobras de los golpistas de Belovezh. Lituania, Letonia y Estonia recibieron su independencia de modo inesperado, de manos de un Consejo de Estado que no estaba previsto por la Constitución de la URSS. Sobre qué base jurídica se creó ese órgano, en qué leyes se amparaba, al aceptar la decisión de las repúblicas bálticas de abandonar la URSS, y por qué esa decisión la firmó el presidente de la URSS, que entonces al igual que ahora, se presentaba como defensor de la Unión, son preguntas que quedan sin aclarar en la historia.

Tampoco queda claro el papel de Mijaíl Gorbachov en el caso del “GKChP”. ¿Conocía las intenciones de su más cercano entorno o no? El comportamiento de Gorbachov en la historia de Belovezh también resulta extraño. En aquel momento, tenía fundamentos para haber arrestado a los conspiradores, pero no lo hizo, supuestamente porque esperaba las decisiones de los parlamentos de las repúblicas de la Unión. ¿Pero qué decisiones cabía esperar de ellos, teniendo en cuenta que los órganos rusos, controlados por uno de los firmantes de la conjura de Belovezh, como era Yeltsin, ya se arrogaban para sí las funciones de los órganos de la Unión?
 
Quedan muchos aspectos por aclarar en su conducta y proceder, y a menudo en su inhibición. Solo hay una cosa clara: el primer y último presidente de la URSS dimitió sin designar sucesor. Al poco de su marcha se marchó con su esposa Raisa, a descansar, por lo visto, con la conciencia tranquila.

El eco de la división de las aguas

Fuesen cuales fuesen los motivos, objetivos y subjetivos, para la destrucción de la URSS, ninguno de ellos reduce la culpabilidad de aquellos que la destruyeron en el bosque de Belovezh. Es un crimen de los que no prescriben. Se valoren como se valoren los vergonzosos acuerdos del 8 de diciembre de 1991, aquella fue una rendición vergonzosa e injustificable del país.

El eco de aquella catástrofe sigue retumbando en nuestros días. En Novorrusia combaten por un lado los antifascistas, aquellos que dijeron o hubieran dicho sí a la Unión Soviética aquel 17 de marzo de 1991, y por otra los antisoviéticos de todo pelaje, que entonces se pronunciaban y ahora lo hacen con mucha más fuerza, en contra de un país unido y hermanado. La línea divisoria entre ellos arranca en el desconocimiento de aquella victoria de los primeros sobre los segundos, en aquel histórico referéndum sobre la preservación del país soviético.


Fuente                                 Alexánder Yevdokímov
                                          (Traducido del ruso por Íñigo Aguirre)

viernes, 20 de marzo de 2015

LA ÚLTIMA BATALLA



La División Azul, los «andrajosos» e impávidos de Krasni Bor

A miles de kilómetros de su tierra, en una guerra que en realidad nada tenía que ver con ellos, armados con fusiles ligeros incapaces de hacer más que rasguños a los tanques soviéticos, e intimidados por un frió que dejaba el de Ávila, Guadalajara y otros glaciares castellanos en una agradable brisa veraniega. Bajo estas duras condiciones y vestidos con uniformes nazis reducidos a harapos, los 4.500 españoles pertenecientes a la 250ª División de Infantería de la Wehrmacht (conocida popularmente como la División Azul) resistieron honrosamente la ofensiva de 45.000 hombres y 80 tanques enviados por el Ejército Rojo a Krasni Bor

Más allá de las ideologías y de proclamar héroes o villanos, los divisionarios que intervinieron en el sitio de Leningrado, la liberación de París a manos de una compañía francesa formada en su mayoría por republicanos españoles o los espías que, como Joan Pujol, influyeron fuertemente en el transcurso del conflicto, se empeñan en desmentir a quienes siguen sosteniendo que nuestro país no jugó un papel reseñable, para bien o para mal, en la II Guerra Mundial.


 La División Azul fue una unidad de voluntarios españoles, en total formada por cerca de 47.000 hombres, que combatió junto al Tercer Reich en el Frente Oriental. Pese a que las exigencias alemanas pasaban porque el contingente estuviera formado íntegramente por soldados profesionales, se acordó finalmente que el grueso estuviera alimentado por voluntarios civiles –muchos de ellos opositores al régimen que se alistaron ante la posibilidad de limpiar sus antecedentes, como en el caso del director de cine Luis García Berlanga, con familia republicana–, pero comandados por oficiales experimentados del Ejército español como Agustín Muñoz Grandes o Emilio Esteban-Infantes. La buena disposición al combate y la sobriedad española no tardaron en atraer los elogios de los oficiales nazis.

 Durante sus operaciones militares en la región de Voljov, junto a la ciudad histórica de Novgorod, la División Azul acometió algunas de las acciones más célebres en la trayectoria de esta unidad. Cuando a principios de 1942 una ofensiva soviética –que perseguía restablecer las comunicaciones entre Leningrado y Moscú– engulló a la 18º División alemana, el general de infantería nazi von Chappuis designó a la Compañía de Esquiadores españoles para socorrer a sus hombres. Este mismo general había guardado dudas en el pasado sobre las capacidades de la unidad, pero ahora recurría a ella para acometer un desesperado rescate. Los esquiadores españoles atravesaron un lago helado a costa de su salud, con temperaturas de 52 grados bajo cero y sin apenas provisiones, para hallar once días después a los escasos supervivientes de la 18º División alemana. A una veintena de ellos fue necesario amputarles ambas piernas a causa del frío extremo.

La altura de sus acciones condujeron a Adolf Hitler, desde «la Guarida del Lobo», a calificar ese mismo año a los divisionarios de «banda de andrajosos», hombres impávidos que desafiaban a la muerte, valientes, duros para las privaciones e indisciplinados. Reconociendo, asimismo, que sus hombres se alegraban de tenerlos cerca.

45.000 rusos caen sobre Krasni Bor


Envueltos en cierta aureola de inexpugnabilidad a ojos de la Wehrmacht –lo que casaba difícilmente con los postulados racistas del nazismo–, la División Azul alcanzó en 1943 su tercer y último año de existencia. De la defensa en la región de Voljov pasaron al asedio de Leningrado. Allí, las tropas españolas fueron desplegadas al sur del lago Ladoga, desde donde hicieron frente a «la Operación Iskra», enésima ofensiva para liberar Leningrado del cerco nazi. El sábado 16 de enero, 550 divisionarios al mando del capitán Manuel Patiño Montes acudieron a una región boscosa al sureste de Posselok para frenar la acometida ordenada por Stalin.


Según explica el historiador Xavier Moreno Juliá en su libro «La División Azul: Sangre española en Rusia», los españoles se distribuyeron en forma de abanico y se parapetaron con troncos, ramas y nieve. Bajo el fuego de los morteros y los organillos de Stalin, brilló la actuación del capitán Salvador Massip que, tras ser sucesivamente herido en una ceja, en un ojo y en una pierna, murió con su fusil ametrallador todavía agarrado a sus manos sin haber cedido un centímetro de terreno. En total, la lucha en los bosques de Posselok causó la muerte de cerca del 70% de los miembros del batallón, lo que forzó a Esteban-Infantes a solicitar el regreso de sus hombres a posiciones menos expuestas. Una petición que tardó semanas en aprobarse.


Mientras los españoles se lamían sus graves heridas les aconteció su día más negro, el 10 de febrero de 1943. En Krasni Bor, situado en un arrabal de Leningrado (hoy, San Petersburgo), 5.900 españoles equipados con armamento ligero hicieron frente durante varias horas a la sacudida imparable de 38 batallones del Ejército Rojo, repartidos en 4 divisiones, y apoyados por una gran cantidad de artillería y tanques. No era, sin embargo, una acción inesperada. Los españoles sospechaban que los rusos planeaban tomar Krasni Bor desde hace diez días y concentraron todas sus fuerzas en esta posición. No en vano, saber el lugar de un ataque solo es el primer paso para rechazarlo.

A las 6:45 cayó la mole soviética sobre los españoles. «La línea primera estaba casi machacada; los carros rusos, primero rechazados, habían vuelto a dirigirse a Krasni Bor, abriendo una brecha en el Ferrocarril de Octubre; nada se sabía del Primer Batallón al mando del comandante Rubio; y se desconocía la situación del Batallón 250, aunque se suponía muy delicada», describe en clave de catástrofe uno de los combatientes de la batalla. Sin el armamento necesario para frenar a los tanques rusos –salvo por un puñado de minas magnéticas–, la situación delicada era, en realidad, desesperada. En pocas horas, un millar de españoles resultaron muertos en una embestida como nunca antes había sufrido la División. El Ejército Rojo dispararó ese día decenas de miles de obuses, con una cadencia aproximada de un disparo cada diez segundos por cada pieza.

Convencidos de que el brutal bombardeo artillero había arrasado cualquier amago de vida, la infantería soviética avanzó contra las líneas españoles, que abrumados por la superioridad enemiga se agazaparon en sus improvisados agujeros a la espera de una oportunidad para contraatacar. Cuando el Ejército Rojo estaba encima de ellos, los supervivientes montaron sus ametralladoras MG 34 y se atrincheraron en los cráteres que habían producido los obuses soviéticos. A continución se desató un sangriento cuerpo a cuerpo entre ambos bandos bajo la atenta y remota mirada de los francotiradores rusos, quienes mataron sin piedad a un centenar de españoles en esa jornada. Rodeados de enemigos, varios oficiales divisionarios reclamaron por radio que bombardearan sus propias posiciones a riesgo de su vida.

Tras nueve horas y 45 minutos luchando en solitario, los infantes alemanes socorrieron a los españoles a las 16:30. Pero la ayuda era tardía. Desde el principio del ataque, los mandos españoles llevaban reclamando unos refuerzos que no acudieron hasta que la aviación alemana, la Luftwaffe, hubo asegurado el terreno. Mientras el grueso de la División Azul se replegaba hasta Sablino, un Grupo de Artillería al mando del comandante Guillermo Reinlein, todavía aguantó en su posición hasta la mañana del día 12 cuando fue relevado.

El Ejército ruso había desalojado el sector de Krasni Bor y extendido su frente cerca de seis kilómetros. Las bajas divisionarias contaban, al final de la jornada: 1.125 muertos, 1.036 heridos y 91 desaparecidos. No obstante, el botín cosechado por Stalin era demasiado escaso como para estimarlo un triunfo. Había perdido entre 7.000 y 9.000 hombres a consecuencia de la numantina resistencia de los divisionarios. La ambiciosa «Operación Estrella Polar» había fracasado por el elevado coste de arrebatar Krasni Bor a los españoles. Ignorando la letra pequeña de la victoria rusa, la BBC inglesa presentó al mundo la batalla como la tumba de la División Azul.

En las siguientes semanas, la velada lucha por hacerse con el control de la orilla occidental del río Ishora –objetivo que consiguió finalmente el Ejército alemán– costó a la División Azul un goteo diario de 30 bajas. El 19 de marzo, la unidad de voluntarios sufrió un asalto directo que le valió 80 bajas más. Y pese a tal sangría, el verdadero golpe final a la División Azul se lo iba endosar el contexto político. La orden de Francisco Franco de retirar la División Azul, fechada el 12 de octubre de 1943, coincidió con el cambio de la posición española en la II Guerra Mundial. 

Fuente                                     César Cervera