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martes, 14 de abril de 2015

LO QUE APRENDÍ DE LA VIDA



Lo que aprendí de Ángel Pestaña

Tendría yo unos dieciocho años cuando encontré entre los libros de mi hermano mayor un título que me interesó nada más verlo: Lo que aprendí en la vida. Eran dos libritos que juntos sumaban apenas doscientas páginas, editado por ZYX. Mi hermano me los prestó con cariño, sin darme lecciones. Hace unos días que he releído esas páginas con gusto renovado, y ahora deseo glosar a su autor.

Ángel Pestaña nació en 1886, el mismo año que su camarada Salvador Seguí. Éste fue asesinado con 37 años de edad, y aquél estuvo a punto de serlo unos meses antes. Rechazó por dos veces ser ministro de la República y murió con 51 años, por enfermedad. El Noi del Sucre lo apodó El Caballero de la Triste Figura. No tenía tres años de edad, cuando perdió a su madre y a su única hermana. Se puso a trabajar con once, y tres años después se le murió su padre. Natural de El Bierzo llegó a Barcelona en 1914. Había trabajado en ferrocarriles, en una mina y fue calderero. Hombre observador y meticuloso, llegó a hacerse relojero. También en nuestra ciudad colaboró con el periódico libertario Tierra y Libertad y fue director del diario Solidaridad Obrera.

Quiero destacar su dignidad, honradez y franqueza, cualidades que juntas son fundamento de una vida humana. En esas confesiones escritas en 1934, lamentaba su falta de conocimientos: "El obstáculo contra el que he chocado toda mi vida" y que paliaba como mejor sabía. Siempre consciente del objetivo de educar a la clase trabajadora para una vida mejor, comenzó a trabajar por unas ideas que procuraban con desinterés el mejor beneficio para todos y el no hacer daño a nadie; un imperativo de conciencia. Para él, lo fundamental era el hombre. Con los años reconocería que el anarquismo teórico era simplista en sus planteamientos, pero se adhería a su afán de una patria universal. Veía que hay buenos y malos en todas partes, y que entre sus compañeros también había quienes "lo que les arrastraba a la pelea era la ambición de subir, de figurar, de escalar un puesto". Su proyecto era que hablasen las ideas de justicia social y de fraternidad, no el odio de clase.

Aceptando la violencia sistemática, la humanidad retrocede en varios siglos de civilización. Era contundente y veraz al afirmar que "es inútil acumular más odios. Sobran los que hay". Por todo ello, era radical al rechazar la "aberración monstruosa" de contestar a un terrorismo con otro. Al terrorismo de Estado y al de la patronal no le debía responder un terrorismo obrero. Al comienzo, calló y simuló a sus compañeros. Luego se avergonzó de esa actitud y denunció la penosa verdad de "hechos repugnantes, sin justificación alguna": los inductores y los autores materiales del terrorismo obrero eran miembros visibles de la organización. "Estos jóvenes no obraban por su cuenta. No era de ellos la iniciativa de quienes habían de ser las víctimas". "Echaron sobre las luchas sindicales un borrón que sólo el tiempo y la desaparición de la generación que los presenció podrá olvidar por completo". El mal era profundo. "La atmósfera que se formó contra mí en los medios donde esos elementos predominaban era irrespirable", se habló de imponerle silencio por la fuerza.

"Entre la avalancha de trabajadores de buena voluntad que acudían a los sindicatos, venía también esa clase especial de individuos que viven en el lindero incierto que hay entre el trabajo y la delincuencia común. Individuos que un día trabajan, y al día siguiente, si la ocasión se les presenta, roban o matan, que para ellos, al fin y al cabo, todo es igual". 

Consecuencias que trajo ese terrorismo fueron la indiferencia y complacencia de una mayoría del pueblo, insensible ante el crimen, esto es, un envilecimiento social. Asimismo un estallido de intereses de "la gente que perdió la costumbre del trabajo y que no quería recomenzar su educación profesional". 

¿Qué enseñanzas hemos sacado de nuestros errores?, se preguntaba Ángel Pestaña. 

Hubo muchos, y de bulto. También hubo aciertos: "Que España entera nos contempló un día, entremezclada de asombro su admiración: cuando la famosa huelga de La Canadiense fue una de ellas. Dimos tal sensación de poder, de organización de disciplina, que fue asombro de propios y extraños". Pero fue un hecho aislado, "no ha tenido segunda parte todavía, y no sabemos si algún día la tendrá".

Aquella huelga consiguió en 1919 el reconocimiento en toda España de la jornada laboral de 8 horas. Déjenme, amigos lectores, que añore esa CNT que se perdió, la de Pestaña, Seguí, Peiró o Peirats, entre tantos otros. Y que ante este nuevo año brinde por la causa de los trabajadores, los que quieren serlo: abnegados y responsables, soñadores y razonables, flexibles e insobornables, pero intransigentes con las faltas a la verdad y la justicia.


Fuente                                               Miquel Escudero
cronicaglobal 

Leer+ Ángel Pestaña Trayectoria Sindicalista

lunes, 13 de abril de 2015

LA ESPAÑA PERDIDA




Sobreviva España. Defensa de un patriotismo cultural

Siempre es traumático asistir a la demolición de una certidumbre, así en la vida individual como en la vida colectiva. Hoy, en España, estamos viviendo una de esas demoliciones: la extinción formal de la nación española.
 
Los órganos del Estado han reconocido oficialmente, con rango de ley, la presencia de varias naciones en el seno de España. Es una novedad formidable cuyo alcance no puede quedar sepultado bajo el adormecedor ronroneo de la mayoría mediática. La identidad política de España ha venido siendo históricamente nacional, y no otra cosa (imperial, confederal, etc.), desde hace varios siglos hasta la Constitución vigente. Si ahora los poderes del Estado ratifican la existencia de otras naciones en su interior, esto significa que España ha decidido dejar de existir como nación. Como quiera que tal decisión ha venido acompañada por un amplio respaldo de los poderes fácticos y por la inhibición de la mayor parte de la ciudadanía, así como por un reparto efectivo de poder que beneficia a determinadas oligarquías locales, podemos concluir que nos hallamos ya en una vía sin retorno: el esfuerzo de invertir la corriente exigirá unas energías que no parecen existir hoy en nuestro país. España, pues, ha decidido poner fin a su existencia como Estado-nación. Por supuesto, seguirán funcionando las autopistas, los hipermercados y la televisión; al menos, por el momento. Nada, en la superficie, alterará la vida de los españoles. Salvo que cada vez será más difícil saber qué entendemos exactamente por “españoles”.
 
El paisaje de la descomposición
 
No dramaticemos. Las naciones surgen, florecen y mueren. Siempre ha sido así en la Historia. No hay ninguna nación eterna. La Historia es precisamente el ámbito en el que hemos de contemplarnos. Podemos emplear el método que Ortega toma de Mommsen en España invertebrada: reconstruir la trayectoria de la nación española como un proceso dinámico de incorporación, primero, y desagregación después. Hace decenios que las fuerzas de la disgregación nacional parecen imparables. Nunca han faltado intentos, tenaces y sucesivos, de detener el proceso, pero sus éxitos han sido efímeros, incluso cuando parecieron definitivos. En esta perspectiva dinámica, lo que hoy estamos viviendo, a principios del siglo XXI, no puede verse sino como un paso más en la pendiente. Estamos siguiendo el camino marcado por nuestra Historia.
 
Conviene subrayar, por otro lado, que la existencia de los Estados-nación conoce hoy día circunstancias más bien precarias en todo el mundo. Es un fenómeno sobradamente conocido y analizado: al paso de las conmociones geopolíticas y del desarrollo económico, los viejos Estados han ido perdiendo, por arriba, sus competencias de soberanía (la defensa, la moneda, la política exterior), y por abajo, sus competencias de regulación (descentralización, privatización de servicios, etc.). Eso ocurre hoy en todas partes y de manera más acusada en los Estados más desarrollados. Sobre ese paisaje, que es general, en España añadimos la particularidad de nuestra propia historia: un Estado que fue el primero de Europa en merecer el nombre de moderno, donde el brutal efecto homogeneizador de las revoluciones burguesas siempre se mostró más atenuado que en otros países y que, tanto por su veteranía como por su escaso perfil burgués, no creó los instrumentos precisos para uniformizar la identidad política nacional. Esto no es un juicio de valor, sino, simplemente, una constatación. Y el hecho es que hoy España se enfrenta a la crisis general de los Estados-nación con un equipaje bien frágil.
 
Ahora bien, una nación no es necesariamente un Estado-nación. Hay otras formas de vida nacional. España fue nación antes de que hubiera un Estado moderno. ¿Por qué no podría seguir existiendo sin Estado que la sostenga? Esta hipótesis resulta difícil de aceptar a primera vista porque los españoles, desde hace varios siglos, hemos venido depositando en el Estado (moderno) la materialización de nuestra identidad política. Sin embargo, no siempre fue así. Los europeos, en general, estamos acostumbrados a entender nuestra nacionalidad en el marco de un Estado. Pero el Estado-nación es una construcción limitada en el tiempo y en el espacio; es una creación concreta de los europeos en la edad moderna. Después se ha extendido a otras partes, hasta el punto de poder decir que es la instancia política por excelencia en el ámbito de la civilización occidental, pero no es una realidad ni universal ni eterna. Hubo identidades políticas propiamente nacionales –es decir, etimológicamente, vinculadas a una comunidad de nacimiento- mucho antes de que el Estado-nación existiera. Hubo franceses con conciencia de serlo antes de 1789, como hubo alemanes conscientes de ser tal antes de la primera gran unificación. También hubo españoles antes de 1492. Por lo mismo, tampoco es tan fácil decretar la extinción de una nación.
 
La naturaleza de las naciones
 
¿Qué es una nación? He aquí una pregunta que no puede plantearse sin exponerse al naufragio. Limitémonos, pues, a una descripción funcional. Una nación es una identidad política comunitaria. Está compuesta por hombres que poseen una conciencia política común por el hecho de pertenecer a un mismo espacio de vida y de experiencia. El compartir un mismo pasado y un mismo presente crea vínculos que superan la simple suma aritmética de los individuos. Tal conciencia de comunidad política no es algo que nos venga en los genes ni que se derive del territorio, de la religión o de la raza. Es más bien una conquista del espíritu en el escenario de la Historia. Desde un punto de vista antropológico, no hay naciones naturales. Si a lo natural acudimos, puede hablarse de “pueblos” en el sentido que los etnólogos dan al término: grupos humanos que comparten un cierto número de rasgos y que desarrollan una identidad colectiva. La identidad actúa en dos direcciones: hay una identidad ipse que nos dice quiénes somos (“mi identidad”), y hay una identidad idem que nos asemeja (nos hace “idénticos”) al prójimo.
 
Del juego de identidades idem e ipse, que se mueve siempre en varias direcciones a la vez, aprendemos quién es nuestro prójimo y quién es nuestro otro, quién es como nosotros y quién es diferente. Pero un grupo así definido –digamos un pueblo- no es todavía una identidad política y puede que no lo sea jamás: pensemos en los lapones o en los esquimales, por ejemplo. Para que surja una identidad política es preciso que el grupo se vea a sí mismo como tal en el marco de la Historia, que ese sentimiento sea permanente, difundido entre los miembros del grupo y que de él se deduzca, generación tras generación, una tendencia a organizarse también en lo histórico, es decir, para las generaciones futuras. Por ejemplo, los españoles del siglo XIII poseían una conciencia de identidad política que les venía dada por el imperativo de la Reconquista, y ello incluso bajo el dominio de reyes enfrentados entre sí. Aquí es donde podría hablarse ya de nación, incluso si el grupo en cuestión no se otorga ese nombre.
 
Esta perspectiva del concepto de nación tiene poco que ver con las habituales en el debate político o periodístico, que circunscribe lo nacional a la conciencia política moderna, ya sea bajo la forma individualista del citoyen o bajo la forma colectiva del Volkgeist. Es cierto que el empleo masivo del término “nación” aparece con la modernidad política, pero sería absurdo creer que sólo en la modernidad existe una conciencia política colectiva. Basta pensar en el juramento de los jóvenes de Atenas para ver en la Ciudad una forma de identidad política que perfectamente podemos calificar, con ojos de hoy, como nacional. La historiografía materialista ha tendido a interpretar lo nacional como una superestructura del Estado burgués: la burguesía triunfante se apodera del Estado y difunde la idea de nación como una cobertura ideológica para asegurarse la subordinación de las masas. El análisis sería correcto si no fuera porque la idea de nación o, por mejor decir, la conciencia que le sirve de base, ya existía antes de las revoluciones burguesas. La conciencia de poseer una identidad política comunitaria es previa a la propia idea moderna de nación. Puede argüirse, ciertamente, que sólo con la modernidad se convierte la nación en escenario central de lo político. Pero es que no hay sólo una nación política; hay también lo que podríamos llamar una nación histórica, y es justamente ésta la que legitima, en el plano de la Historia, el surgimiento de la nación política.
 
Nación política y Nación histórica
 
Nación política y Nación histórica son dos realidades distintas. La primera es un dato de carácter exclusivamente político; la segunda, que posee un carácter político, es además un dato de carácter cultural y espiritual. La nación política es un concepto típicamente moderno; su expresión más nítida es la equivalencia entre tercer estado, pueblo y nación operada por la Revolución Francesa. La nación histórica es un concepto más amplio: nos habla de una identidad política circunscrita a un territorio, sostenida generación tras generación y encarnada por una unidad de poder variable en la forma (imperios, monarquías de derecho divino, repúblicas, etc.), pero constante en el fondo. La nación política designa la materialización de la identidad política en un espacio de poder: un Estado con sus elites, sus reglamentos, sus leyes, sus competencias soberanas. La nación histórica designa la conciencia de poseer una identidad política común a lo largo de las generaciones: una cultura, una historia, unas tradiciones, un espacio común de experiencia.
 
España, como nación histórica, existe desde que hay españoles conscientes de ser tales, de constituir una unidad profunda y, también, de la necesidad de ocupar un territorio que consideran propio, lo cual acontece en la Reconquista bajo el imperativo de recuperar la “España perdida”. España, como nación política, ha conocido distintas conformaciones desde la desaparición del antiguo régimen, conformaciones edificadas sobre conceptos muy diferentes de la naturaleza del poder, ya fuera en la Restauración, en la II República, en el régimen de Franco o en el actual Sistema de 1978. Bien podría decirse que el problema histórico de España, el llamado “problema nacional”, no reside tanto en nuestra condición de nación histórica, que es bien visible y además muy ilustre, como en la naturaleza de nuestra nación política, permanentemente puesta en cuestión desde las Cortes de Cádiz y, aún más intensamente, desde 1898.
 
La fragilidad de la nación política no tendría por qué afectar gravemente a la solidez de la nación histórica. Precisamente, lo que permite a la nación política sobrevivir, generalmente bajo la herramienta del Estado, es la preexistencia de la nación histórica; es la continuidad de ésta la que confiere legitimidad a la primera. Sin nación histórica, la nación política no es más que una máscara o, por mejor decir, una hueca cáscara. Buena parte de la tragedia de las naciones europeas, en el último medio siglo, es que la nación política ha sido completamente invadida por el Estado y sus elites –especialmente partitocráticas-, las cuales, por otro lado, se han despreocupado crecientemente de lo político para centrarse en aspectos simplemente de gestión, haciendo derivar el Estado hacia el Mercado. Este proceso ha sido particularmente agudo en la España de la Constitución del 78. Se diría que, para apuntalar la nación política sobre bases de cierto consenso, se ha sepultado a la nación histórica. Así se ha ejecutado una mutilación de graves consecuencias: la nación política se ha desentendido de la nación histórica –basta pensar en la Historia de España que se enseña en nuestros colegios- y se ha reducido al dominio formal del Estado, cada vez más lejos de los ciudadanos; la identidad política comunitaria ha perdido su fundamento, el Estado ha quedado vacío de sentido.
 
Importa mucho subrayar esto: lo que hoy estamos viendo resquebrajarse en España –pero no sólo aquí- es la nación política, esto es, la forma material de organización de la identidad política colectiva a partir de las ideologías modernas. Al margen del proceso queda la nación histórica, es decir, la conciencia de pertenecer a una comunidad política con vigencia en la Historia universal. Claro que el hundimiento de la nación política habría sido imposible si, previamente, la nación histórica no hubiera sido previamente ignorada, maltratada, dejada de lado. ¿Parece un proceso excesivamente abstracto, alejado de la realidad vital de los ciudadanos? No lo es tanto: pensemos en nítidos ejemplos de desprecio de la nación histórica como ese de eludir el nombre de España y sustituirlo por “Estepaís” o “Estado español”. Nuestra situación, hoy, puede resumirse así: la nación política reconstruida en España en 1978, para afianzar su poder, marginó a la nación histórica; treinta años después, esa nación política se enfrenta a una crisis sin precedentes, tan honda que incluso renuncia a llamarse “nación”.
 
Lo que hay que salvar
 
¿Quieren acabar con la nación política, es decir, la nación encarnada en un Estado con sus poderes y sus funciones, sus instituciones y sus magistraturas? Bien: que acaben. En esto incluso convenga ser nietzscheano: si algo está cayendo, empujadlo. ¿Qué sentido puede tener ya para nosotros, hombres del siglo XXI, un artefacto administrativo desposeído de sus grandes funciones de soberanía, sin control efectivo sobre la propia economía o la propia milicia, incapaz también de regular la vida pública en el espacio de la vida ciudadana y, para colmo, que ha renunciado a su última justificación, que era encarnar el hecho nacional? Si el Estado-nación español no ha sido capaz de sobrevivir a sí mismo, es que, probablemente, no lo merecía.
 
Ahora bien, hay algo que no depende de un Estado, que no está sujeto a una elite política, ni a los poderes fácticos ni a la mayor o menor mezquindad de los ciudadanos en la plaza pública. Hay algo que está por encima de todo eso, que tampoco se subordina a un momento determinado de nuestra trayectoria colectiva y que seguiría existiendo incluso si la mayoría absoluta del pueblo decidiera destruirlo. Esa potencia capaz de aguantar cualquier desastre y también cualquier traición es la nación histórica: la nación como depósito de una identidad política comunitaria que se ha extendido a lo largo de los siglos. Aquí caben muchas cosas: una lengua (pero también todas las lenguas que se hablan en nuestro espacio político), una herencia cultural, una cierta manera de entender la solidaridad entre todos los españoles, también una urgente defensa de la necesidad de redescubrir un bien común.
 
A esta actitud de defensa de la nación histórica no podemos –ni queremos- llamarla nacionalismo, pues de ella no se deduce una doctrina que convierta a la nación en eje único de la vida pública. Pero sí podemos –y debemos- llamarla patriotismo, porque su horizonte es el amor a la patria, a un ámbito de vida y de experiencia decantada a lo largo de los siglos, que nos ha visto nacer y que deseamos abrazar con la naturalidad y la libertad con que uno abraza a sus padres. Patria o Matria, lo mismo da. En un momento histórico de descomposición de los viejos Estados modernos, de conformación de nuevos bloques de poder y de transnacionalización de las grandes apuestas, la pregunta que debe preocuparnos no es cómo mantener viva la nación política, sino cómo hacer para que sobreviva la nación histórica, es decir, para que España siga existiendo como agente en la Historia universal.
 
A este tipo de patriotismo se lo puede adjetivar como “cultural”, pues su norte es la pervivencia de una cierta forma histórica –la española- de estar en el mundo. También se lo puede adjetivar como “identitario”, pues descansa sobre el propósito de mantener y afianzar lo español como identidad comunitaria. Lo cual no quiere decir que renuncie a lo político, pues esa identidad cultural no sobrevivirá si renuncia a hacerse presente en la organización de la vida pública, en el campo de la discusión y de la decisión. El patriotismo de la nación histórica no desdeña la construcción de una nación política, pero la subordina a la supervivencia de la identidad política colectiva, que es de naturaleza espiritual, no institucional, y cuyo escenario no es el boletín oficial, sino la historia y la voluntad de hacer que ésta perdure.
 
Entenderemos que muchos no deseen seguir por este camino: tal vez pesa demasiado la seducción de un mundo sin identidades ni lazos, sin obligaciones ni herencias, aparentemente libre en su infinita apertura, en su globalización. Pero ese mundo también tiene sus esclavitudes: ya no las del Estado Leviatán, pero sí las del Mercado Behemoth, aquel otro monstruo bíblico al que Hobbes, como contraparte del Leviatán, atribuyó la representación de la querella interminable y de la guerra de todos contra todos, del caos en la indiferencia y en la oscuridad. El mundo sin naciones, ni patrias ni culturas es el mundo de Behemoth. Nosotros queremos seguir teniendo una nación. Léase como un llamamiento a los últimos hombres fieles.


Fuente                                      José Javier Esparza
blogdeesparza  
                      
           (Conferencia en la Universidad de Verano de DENAES, Santander, 2006)

domingo, 12 de abril de 2015

DESCUBIERTA Y ATREVIDA





Capitán de navío Alejandro Malaspina

Carlos IV, al subir al trono en 1788, mantuvo el mismo Gobierno de su padre Carlos III, con Antonio Valdés en la Secretaría de Marina. Por entonces, la Armada se volcaba en las exploraciones científicas para terminar el álbum de las costas americanas, al igual que terminaba el de las peninsulares, encargado a Tofiño. Como remate a esa ingente tarea científica, Valdés ordenó armar dos corbetas, escogió dos comandantes de inmejorable hoja de servicios, renombre y preparación como eran Malaspina y Bustamante, y puso a sus órdenes oficiales versados en matemáticas, medicina, historia natural así como competentes dibujantes. Se les dotó de todo lo necesario y finalmente, se les ordenó dar la vuelta al mundo tomando datos y situando geográficamente lo desconocido.


Fuente                               José Antonio Crespo-Francés
elespiadigital                          Coronel en situación de Reserva.

Leer+  Capitán de navío Alejandro Malaspina 

sábado, 11 de abril de 2015

LAS CAMARADAS




Los Tercios de Flandes: Origen de la camaradería

Camaradería puede ser una de las palabras más recurridas de la historia y, como tantas otras aquilatadas en lances de armas, también ésta es española. El término que designa universalmente la fraternidad entre soldados, nace como institución única y ejemplar hace cuatro siglos: “las camaradas” de los Tercios Viejos.

A diferencia del “contubernio” romano --al que no dejaban de emular-- las camaradas carecían de carácter orgánico, pero sin la ligazón transversal de estas agrupaciones para hacer rancho común sin más criterio que el azar o el paisanaje, aquella infantería nunca hubiera llegado a funcionar con la eficacia y combatividad que la hizo legendaria.

Las camaradas fueron un poderosísimo factor de cohesión interna que diferenciaba a nuestros Tercios de otros ejércitos de la época. No respondían a ningún requisito de formación o destino y su dimensión era antes emocional que táctica, pues llegarían a significar mucho más que un mero acuerdo de logística gregaria, prevaleciendo su legado hasta nuestros días. Ocho o diez compañeros de armas compartían la misma “cámara” o habitación alquilada, contribuyendo a los gastos comunes. En campaña, la camarada se mantenía adaptándose a las nuevas circunstancias desde el esfuerzo solidario de cada uno de sus miembros, estableciéndose cometidos de interés: uno hacía de despensero, otro tesorero, otro buscaba leña, otro cocinaba, otro trapicheaba…etc.

Así daba cuenta a su respectiva “Signoria” un embajador veneciano informando, a principios del XVII, de una de las razones de la fortaleza de los Tercios Viejos.
“Hacen la “camareta”, esto es, se unen ocho o diez para vivir juntos dándose entre ellos fé y juramento de sustentarse en la necesidad y en la enfermedad como hermanos. Ponen en esa camareta las pagas reunidas y proveyendo primero a su vivir y después se van vistiendo con el mismo tenor, el cual da satisfacción y lustre a toda la compañía”

Cuando era necesario distribuir paño, víveres o cualquier otro socorro o pertrecho que asistiera la penuria de las tropas, sargentos y sargentos mayores de compañía daban la instrucción “repártase por camaradas” para que fuera ecuánime. Ante las camaradas no cabían argucias de acaparadores… por la cuenta que a estos traía. No obstante las situaciones de campaña, en el contexto general de nomadismo militar en el que debe entenderse el despliegue de los Tercios, ya fuera a lo largo del Camino Español, en las galeras del Mediterráneo o en las plazas fuertes, fortalezas y presidios que jalonaban las fronteras de los Habsburgo, mayoritariamente los soldados no estaban acuartelados, sino que vivían en “régimen de camaradas”.

De la raigambre de la institución da idea el que oficiales y Maestres de Campo tenían también sus propias camaradas. La del capitán, formada por soldados viejos bien acreditados y poco pendencieros, añadía la ventaja de mantenerle al tanto de la moral y estado de ánimo de la tropa al mando de la compañía. La del alférez actuaba como una suerte de guarda privada que le protegía de los muchos peligros que implicaba su cometido de portar la enseña durante el combate. Los más modernos estudios de psicología del combate coinciden en que la motivación profunda del soldado, más allá de los espacios comunes de la patria, los grandes ideales o incluso la bandera, vinculan la implicación en la lucha y la aceptación de los sufrimientos y penalidades a algo mucho más tangible y próximo. En este sentido las camaradas refrendaban a cada combatiente la convicción, constatada en la práctica, de formar parte de algo más grande que ellos mismos.

Las camaradas podían asumir también un carácter benéfico o, más en terminología de nuestros tiempos, de “protección social”. Así se “sugería” que los oficiales asumieran en sus camaradas aquellos soldados con menos posibles para que recuperar sus maltrechas haciendas o completar su equipo con el dinero que ahorraban, siendo relevados de la mesa por otros compañeros necesitados una vez superado el mal momento. Todo un ejemplo de solidaridad para aquellos para aquellos soldados profesionales, sin el que resulta impensable concebir situaciones como las que cita Quatrefages en la carta que los soldados de Flandes dirigen a los amotinados de Alost pidiéndoles que, pese a haberse salido de disciplina por el prolongadísimo impago de haberes y otras penurias acumuladas, retomasen las armas para socorrer a los sitiados en Gante por los herejes:

"Siendo como somos… en la afición propios de hermanos… prometemos como Españoles y juramos como cristianos… de morir por ellos… porque Españoles pelear tienen por gloria y vencer por costumbre. Pues vamos señores por amor de Díos a socorrer el castillo de Gante donde están nuestros amigos y hermanos.”

Ni que decir tiene que a los amotinados les faltó tiempo para tomar toledanas, vizcaínas, picas y arcabuces partiendo con la mayor diligencia en socorro de Gante para, una vez liberada la plaza, tornar a su amotinamiento en reivindicación de haberes y compromisos incumplidos. Esta situación habría sido absolutamente impensable –lo es aún hoy en día, o quizá más hoy en día - en otra Infantería que no fuera la Española de aquellos siglos terribles y maravillosos.

Pues esto es, señores, lo que eran y deberían seguir siendo “las camaradas”, como forja y crisol de lo que hoy entendemos por camaradería. Más allá del preciso origen y significado de ambos términos, a todos consta que han sido asimilados por fuerzas armadas de muchos otros países y aún como jerga de aproximación en partidos políticos, sindicatos, y regímenes afines. Huelga decir que toda semejanza de estas acepciones con la camaradería inspirada por nuestros antepasados españoles en la profesión de las armas, no es tanto mera coincidencia como oportunista y espuria apropiación indebida.

Así les ruego que tengan todo esto muy en consideración, tanto por el homenaje a nuestros antepasados como por honrar el contenido profundo de tan hermosa palabra para que sea administrada conforme a su dignidad, reservándola así para quienes realmente sean merecedores de ella.


Fuente                                             Miguel Ortego
pueblodigital                                       Suboficial del Ejército de Tierra

viernes, 10 de abril de 2015

¿EXISTIÓ KONSERVATIVE REVOLUTION EN ESPAÑA?



Ortega y Gasset y las generaciones de combate
 
Si en algo están de acuerdo los cronistas que han escrito sobre la Konservative Revolution –como Mohler, Locchi, Steuckers, Pauwels o Romualdi, entre otros- es que aquel movimiento espiritual e intelectual manifestado a través de las ideas-imágenes (Leitbild) y expresado por el oxímoron “revolución - conservación” (fórmula poco afortunada pero con arraigo) no fue exclusivamente un fenómeno alemán, sino que también registrará diversos ritmos e impulsos –siempre de forma individual, nunca organizada- por todo el viejo continente europeo.
 
Así que, a poco que estemos dispuestos a escarbar en el frágil tejido europeo de entreguerras, siempre encontraremos algún nuevo autor que encaja con los parámetros generales que han sido descritos para los “revolucionario conservadores”: nunca llegará a ser como la lista de integrantes del movimiento alemán estudiada por Mohler, pero esta labor de investigación nos trasladaría a países como Francia, Italia, Bélgica, Holanda, Suecia, Rumanía e, incluso, Rusia.
 
En su famoso “manual” sobre la Konservative Revolution en Alemania (inédito en español), Armin Mohler avala la tesis según la cual la “revolución conservadora” no habría sido un movimiento exclusivamente alemán, sino un fenómeno político que abarca a toda Europa. En un breve recorrido por los países europeos apunta varios nombres (Dostoyevski, Sorel, Barrés, Pareto, Lawrence, por citar algunos de ellos). ¿Y en España? Al filósofo, político y escritor Miguel de Unamuno y, una generación después, a Ortega y Gasset. Unamuno se movía en un terreno ideológico que fue compartido, por ejemplo, por otros intelectuales de la época como Ganivet, Baroja, Azorín o Maeztu: el rechazo espiritual (irracionalista) de las corrientes materialistas decimonónicas, esto es, el nacionalismo centralizador e imperialista, el socialismo deshumanizante, la democracia, el liberalismo, el progresismo, el cientifismo y la industrialización.
 
Transversalizando las ideas y las imágenes de este grupo de pensadores, con la recepción global –pero nunca homogénea ni uniforme- de la filosofía nietzscheana, comprobamos cómo triunfa en todos ellos el recurso a una palangenesis de renacimiento o “regeneración española y europea” que tenía como precursor a Donoso Cortés y, posteriormente a esta generación, a Ortega y Gasset como pensador y propagador. Y precisamente por él comenzaremos este estudio, después de unas consideraciones generales para situacionar el contexto histórico y político del fenómeno “revolucionario-conservador” y “euro-regeneracionista” español.
 
Si hubo algo parecido en España a la Konservative Revolution alemana, este movimiento/pensamiento de lo ideo-imaginario” –por el valor otorgado a las imágenes- debió surgir necesariamente a partir de la crisis generacional de 1898. Pensemos que 1900 es el año de la muerte de Nietzsche y unos diez años antes de esta fecha es el momento que puede tomarse como punto de partida en la recepción de su pensamiento por una corriente filosófica espiritualista y culturalista que transversaliza toda Europa (también en 1900 se traduce el primer libro de Nietzsche al español). En palabras de Julián Marías, el mejor conocedor de la obra de Ortega, “una época intelectual de espléndida y admirable porosidad”.
 
No hay que esperar, pues, a 1918 –fin del primer acto de la guerra civil europea- como hace Armin Mohler, para encajarla en la catástrofe weimariana, ni tampoco a la implementación nietzscheana de Heidegger. Volviendo a España, los representantes más interesantes de esta corriente, como ya se podido intuir, son Unamuno, Baroja, y Maeztu, con la continuidad otorgada por Ortega y la radicalidad estética de Giménez Caballero.
 
El libro de Marcigiliano I Figli di Don Chisciotte realiza un aceptable estudio sobre las referencias ideológicas de la Revolución Conservadora española: de Ortega y Gasset, Menéndez Pelayo, Unamuno, junto a otros ideólogos más politizados como Giménez Caballero o Ledesma Ramos, o los historiadores Menéndez Pidal, Américo Castro y Sánchez Albornoz. En cualquier caso, los únicos estudios sobre la influencia europea en estos autores españoles apuntan, especialmente, al protagonismo, por ejemplo, de Maurras y Barrès, más que a los “revolucionario-conservadores” alemanes.
 
Y, desde luego, este “singular” conservadurismo revolucionario ibérico tendrá, como es lógico, unas notas definitorias que lo separan del resto de fenómenos europeos: la ausencia del sentimiento de catástrofe tras la primera guerra mundial (sustituido por el desastre de 1898 por la pérdida del imperio colonial tras la guerra contra los norteamericanos), la trascendencia otorgada al catolicismo tradicionalista, si bien en forma de agonismo como Unamuno o de agnosticismo como Ortega (frente al luteranismo, el paganismo o el retorno a la religión indoeuropea, incluso frente a ciertas desviaciones del misticismo y del esoterismo, tan extendido en centroeuropa) y, finalmente, el pan-hispanismo iberoamericano (junto al europeismo como retorno español al continente).
 
Resulta, por otra parte, muy significativo que Alain de Benoist , líder intelectual de la Nouvelle Droite francesa y asiduo visitante de los autores y lugares comunes de la Konservative Revolution alemana (efectuando una necesaria revisión, reinterpretación y actualización), no haya prestado especial atención al pensamiento revolucionario-conservador español , excepto –eso sí, en una posición relevante- a Ortega y Gasset, del que publicó la versión francesa de La rebelión de las masas, a Bosch Gimpera por sus estudios sobre El problema indoeuropeo, y a Donoso Cortés (Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo), seguramente por su crítica del liberalismo y la modernidad desde una contrarrevolucionaria perspectiva teológico-política y su interpretación europea efectuada por Carl Schmitt, cuya obra fue introducida en España por Eugenio D´Ors.
 
En opinión de Carlos Martínez-Cava, nuestra “generación del 98” fue una avanzada en el tiempo a lo que en la Europa de entreguerras, en el período 1919-1933, significaron las conocidas "Revoluciones Conservadoras" europeas en sus distintas y variadas manifestaciones culturales. Se pueden encontrar puntos en común, incluso de origen. Tanto en España, como en la “Revolución Conservadora” alemana, se parte de un desastre militar y de una situación sociopolítica interna caótica. Y en ambos casos, los regímenes y conflictos posteriores llegaron incluso a dar con la cárcel o muerte de sus componentes. Recordemos en España a Maeztu o a Machado, y en Alemania a Niekisch o Jünger.
 
Martínez-Cava formula un análisis comparativo entre la filosofía de la “generación del 98” y la RC alemana, afirmando que, del mismo modo que dentro de ambas corrientes no existió la homogeneidad, al existir diversas tendencias, la comparación entre ambas tampoco es unívoca, pero sí permite establecer puntos de conexión en común que las une para el proyecto colectivo de la resurrección de Europa como potencia y rectora de la civilización. 
 
A saber:
 
En primer lugar, el eterno retorno y el mito. En ambas corrientes se percibe la historia desde una perspectiva cíclica (Evola, Spengler) o esférica (Nietzsche, Jünger, Mohler), por oposición a la concepción lineal común propia del cristianismo y el liberalismo.
 
En segundo lugar, el nihilismo y la regeneración. Se tiene la consideración de vivir en un interregno, de que el viejo orden se ha hundido con todos sus caducos valores, pero los principios del nuevo todavía no son visibles y se hace necesaria una elaboración doctrinal que los ponga de relieve.
 
En tercer lugar, la creencia en el individuo, si bien como parte indisoluble de una comunidad popular y no en el sentido igualitario de la revolución francesa, que lleva a propugnar un sobrehumanismo aristocrático y una concepción jerárquica de la sociedad humana e, incluso, de las civilizaciones.
 
En cuarto lugar, la renovación religiosa. La “Revolución Conservadora” alemana tuvo un carácter marcadamente pagano (espiritualismo contra el igualitarismo cristiano). Esta religiosidad no fue ajena a España, como pueden ser los casos de Azorín y Baroja. Y de signo diferente, agónicamente católica, en los casos de Unamuno y Maeztu, o agnóstica en el de Ortega. En cualquier caso, representaban una “salida de la religión”, es decir, la incapacidad de las confesiones para estructurar la sociedad.
 
En quinto lugar, la lucha contra el decadente espíritu burgués. Las adversas condiciones bélicas, el frío mercantilismo y la gran corrupción administrativa provocaron, como reacción, el nacimiento de un espíritu aguerrido y combativo para barrer las caducas morales.
 
En sexto lugar, el comunitarismo orgánico. Se buscaba una referencia en la historia popular para dar vida a nuevas formas de convivencia. Esa comunidad del pueblo no obedecería a principios constitucionales clásicos, ni mecanicistas, ni de competitividad, sino a leyes orgánicas naturales.
 
En séptimo lugar, la búsqueda de nuevas formas de Estado. Alemanes y españoles, igual que el resto de europeos, con diferencias en el tiempo, rechazaron las formas políticas al uso y propugnaron un decisionismo y el establecimiento de la soberanía económica en grandes espacios autocentrados o autárquicos como garantía de la efectiva libertad nacional.
 
Y en último lugar, el reencuentro con un europeísmo enraizado en las tradiciones de nuestros antepasados (los indoeuropeos), no enfrentado a los nacionalismos de los países históricos ni a las regiones étnicas, y planteado como una aspiración ideal de convivencia futura, con independencia de la forma institucional que pudiese adquirir.

 
Fuente                                                 Sebastian J. Lorenz

jueves, 9 de abril de 2015

FRATERNIDAD Y NO ODIO



Ángel Pestaña y el sindicalismo moderno


Fue un anarquista contra la radicalización de la sociedad española que desembocaría en la Guerra Civil

Los años de la República fueron tan fértiles en ofrecer horizontes de esperanza en España como para frustrar las expectativas de los hombres y mujeres que podían haberlos encarnado. Al republicanismo moderado de Lerroux y al socialismo realista de Prieto debe sumarse el sindicalismo libertario de Ángel Pestaña, un ideal obrero moderno, una utopía razonada, que se estrelló contra la deriva de la CNT, el insurreccionalismo de la FAI y las servidumbres ministeriales de la UGT, y, sobre todo, contra la radicalización de la sociedad española que desembocaría en la Guerra Civil.

Pestaña es un hombre que despierta de inmediato la simpatía de los que se acercan a su trayectoria personal y sindical. Su trabajo durísimo en las minas del Norte desde los 10 años, su orfandad temprana, su inteligencia labrada en la experiencia reivindicativa y en las horas robadas al descanso nos ofrecen la materia prima de la forja de un rebelde. Pero, además, su lucidez táctica, su reproche a los anarquistas iluminados, su condena de toda violencia, su idea de una sociedad libre basada en las convicciones y nunca en la coerción, definen a un hombre para quien la injusticia nunca había de responderse con los métodos dictatoriales del bolchevismo o la brutalidad exhibida por amplios sectores del anarquismo.

En 1931, cuando ostentaba el cargo de secretario de la CNT, firmó con Joan Peiró y otros compañeros el Manifiesto de los Treinta, que fracasó no solo en su deseo de apartar al sindicato libertario de los caprichos insurreccionales de la FAI, sino también en el de constituir un sindicalismo moderno, defensor de la autonomía los trabajadores y desligado de las servidumbres tácticas de los partidos políticos. Lejos de los dictados de un reformismo al servicio del PSOE y más lejos aún de la enloquecida «gimnasia revolucionaria» del cenetismo faísta, los firmantes pretendían cerrar el paso a los que confundían la revolución con «jugar al motín, a la algarada». Urgían a depurar la CNT de todos los que, en sus sueños revolucionarios, daban la espalda al «hondo sentir del pueblo», para seguir en sus movimientos a unos individuos que «se convertirían en dictadores al día siguiente de su triunfo».

Calumniado por Montseny

Las verdades como puños del documento, junto con los esfuerzos de moderación desplegados por Pestaña, llevaron a sus firmantes a la expulsión. Aquel extenso y precioso patrimonio del obrerismo español fue capturado por una secta sin escrúpulos. Federica Montseny se permitió, incluso, calificar de delincuentes, de traidores comprados por la patronal y de lindezas por el estilo a quienes habían dedicado muchos más horas que ella a levantar la CNT. Todo porque los que, de verdad, se habían partido el pecho por crear un sindicato de libre asociación de los trabajadores no estaban dispuestos a sacrificarlo en el altar de la chulería pistolera y la soberbia elitista que lo llevarían a la inoperancia y el descrédito, hasta el punto de quebrar para siempre la fuerza de la tradición libertaria en España. Lo que podía haber sido cuna de un sindicalismo de acción directa, sin interferencia ministerial, independiente de intereses partidistas y liberado de los arrogantes criterios de una elite revolucionaria, se frustró en las agitaciones sociales que llevaron a la tragedia de 1936.

Pestaña ni siquiera logró el acuerdo con algunos de los compañeros del Manifiesto, en especial Joan Peiró, uno de los sindicalistas más inteligentes y honestos que la CNT proporcionó a la historia universal del movimiento obrero. Su proyecto de una organización política laborista a la española, el Partido Sindicalista, no consiguió agrupar más que a algunas figuras secundarias de los grupos opuestos a la FAI a comienzos de 1934. Tampoco el debut de la nueva formación sirvió para abrir un debate entre la tradición apolítica libertaria y los partidarios de crear un espacio de intervención institucional que pudiera compensar el monopolio del socialismo marxista. Bien que habrían de lamentarlo, después, quienes consideraron una de las mayores debilidades del Frente Popular la ausencia de una representación disciplinada de trabajadores sin ataduras al PSOE o el PCE. La cultura obrera con mayor arraigo en la España del primer tercio del siglo XX quedó al margen de la dirección gubernamental de la zona republicana durante la Guerra Civil y en perpetuo estado de ambigüedad, que ni siquiera evitaría a los exquisitos ortodoxos del anarquismo de 1931 vestir la púrpura ministerial en 1936.

Fraternidad y no odio

Año y medio después del estallido de la Guerra Civil, la posibilidad de que Pestaña pudiera influir de nuevo en la CNT se malograría por el agravamiento de su delicada salud y por una muerte prematura. En sus últimos meses de vida hizo ingentes llamamientos a la unidad de los trabajadores y a la lucha contra la influencia del comunismo. Los hizo, también, a la necesidad de proteger a las clases medias, en cuyo maltrato veía una de las causas del ascenso del fascismo en Alemania. No sabemos si habría logrado recuperar alguna influencia en la CNT o si la muerte le ahorró la agonía de contemplar, impotente, su desguace y envilecimiento. Lo que sí sabemos, lo que podemos recoger en este largo examen sobre la idea de España, es lo que Pestaña escribió en 1933 en «Lo que aprendí en la vida», uno de los testimonios más conmovedores sobre la peripecia vital de un obrero entregado a la suerte de los humildes sin asomo de rencor ni brizna de jactancia : «La dictadura proletaria nos conduciría a caer en los mismos vicios que año tras año venimos combatiendo. Porque no es el odio quien debe guiar nuestro pensamiento, sino la fraternidad. Y a los que trabajamos por una sociedad mejor ha de guiar nuestro pensamiento la idea de justicia y de equidad, y no la idea de imposición o de la fuerza brutal que somete, pero que no convence».


Fuente                               Fernando García de Cortázar
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