TRADUCTOR

martes, 24 de febrero de 2015

ROMA



Sentido metapolitico del nombre de Roma Primo Siena


Los semiólogos modernos se inclinan a negar el poder evocativo de la palabra considerada como un conjunto de signos que no expresa ningún orden de conceptos universales, sino objetos circunstanciales. Por consiguiente, cuando desaparecen los objetos que han sido expresados, las palabras mismas quedan vaciadas de sentido: meros soplos que pasan en el caos en que vivimos y no vuelven.
 
Este es el caso del semiólogo italiano Umberto Eco -definido “brillante dilapidador de sacralidad” [1] - quien ha clausurado su famosa novela El nombre de la rosa con la cita latina de un monje benedictino del siglo XII:Stat rosa prístina nomine; nomina nuda tenemos (Permanece la rosa original con el nombre; después tenemos nada más que nombres).
Como observó en su tiempo Vintila Horia. se trata de un texto que insinúa el concepto medular del nominalismo filosófico de Guillermo de Occam: los nombres, las palabras, son meras convenciones libres y colectivas que no logran apresar las esencias universales de los conceptos, ni acceder a las cosas individuales.Umberto Eco sella así la posición relativista de la actual semiología avanzada.
 
En la vertiente opuesta se coloca, a su vez, el argentino de origen italiano Carlos A. Disandro, filólogo clásico, quien abre su áureo ensayo sobre El Reino de la Palabra afirmando que la palabra es una lumbre, una flama “cuyo órgano demiúrgico es el hombre” y que “se irradia en el lenguaje articulado y semántico”.Entonces, si el semiólogo progresista vivisecciona la palabra vaciándola de su sentido evocativo, por el contrario el filólogo clásico recupera para la palabra su sentido metafísico: el sentido del logos griego y del verbum romano.
 
Las palabras por lo tanto ya no son nomina nuda porque reasumen el misterio semántico por el cual “los hechos tienen la significación que le atribuimos por la palabra y ésta es por ende iluminada por los hechos”.
Mientras no se advierta esa honda significación del flatas vocis, del soplo de la voz -precisa Disandro- tampoco podemos comprender la honda significación de los hechos.
 
Ahora bien, es evidente que para abordar convenientemente el tema del sentido mistérico del secreto nombre de Roma, no podemos recurrir a la enseñanza del semiólogo escéptico que vacía la palabra de su esencia despojándola de su poder evocativo.
Debemos optar, necesariamente, por el magisterio del filólogo clásico que recupera para la palabra su “son semántico” restituyéndola al lenguaje concebido como esencia física de la historia y “fundamento metafísico del hombre” [2] .

En esta perspectiva el nombre de Roma recobra la riqueza evocativa perteneciente a la eficacia primigenia del lenguaje sobre el cerro Esquilino, donde se lee una inscripción latina que afirma:
La “Mens Divina” ha escogido el lugar más propicio para que la Urbs extendiera su dominio a todo el Orbis.
 
Un eco de esta inscripción se encuentra en el siguiente pasaje de la Vida de Rómulo de Plutarco (1,8): “Roma no habría podido alcanzar tanta potencia si no hubiera tenido, de algún modo, un origen divino que pudiera significar a los ojos de los hombres algo grande e inexplicable”.

El mito fundacional de la “Ciudad Eterna”

El origen misterioso de Roma radica en su mito fundacional donde historia y leyenda se entrelazan por medio de símbolos y ritos.
El nacimiento de Roma está vinculado a la existencia de la ciudad de Alba Longa fundada por Ascanio, hijo del príncipe Eneas >salido -por fortuna- vivo de Troya después de su caída.
 
En Alba Longa -capital, en el siglo VIII antes de Cristo, de las comunidades pastorales y agrícolas de la volcánica llanura del Lacio- la princesa Rea Silvia, virgen consagrada a la diosa Vesta, da a luz unos gemelos: Rómulo y Remo, hijos del dios Marte.
 
El rey de Alba Longa, Amulio, encarcela a la princesa para castigarla de haber violado su castidad y ordena además que los gemelos sean abandonados en la ribera del Tíber para  morir con la crecida del río. Pero los niños son hallados por una loba que los ama manta, hasta que un pastor Jos lleva para su choza. Cuando llegan a hombres, los gemelos deciden fundar una nueva ciudad sobre el Tíber y Rómulo traza los lindes de Roma, después de una disputa mortal con el hermano.
 
Esta narración de Tito Livio sobre el origen de Roma -cuestionada  como fantasía  arbitraria y  supersticiosa por  los modernos historiadores progresistas- recobra su sentido más profundo cuando es analizada según el discernimiento  simbólico practicado por la escuela metafísica del mito, puesto que – como nos enseña Mircea Eliade – el pensamiento simbólico permite al hombre circular libremente a través de todos los niveles de lo real, identificando, asimilando, unificando realidades heterogéneas y aparentemente inconciliables”. [3]
La narración de Tito Livío, entonces, constituye el hilo áureo que amarra la historia a la leyenda y al mito: la primera procede por el camino de la exteriorización de los hechos y de los eventos históricos visibles; los segundos proceden por medio de la interiorización de las fuerzas formadoras de imágenes que constituyen las raíces invisibles de la historia.
 
En el nacimiento de Roma -según esta perspectiva- se condensan elementos de la mitología de la estirpe aria; entre los cuales se destaca el “origen divino” del fundador de la Ciudad, entrelazado con los temas de “los rescatados de las aguas”, del “lobo”, de la pareja “antagonista” de los gemelos.
Emerge de inmediato en el mito fundacional de Roma, el principio de “virilidad guerrera” implícito en el rango de “héroes divinos” asignado a los fundadores de la Ciudad, en cuanto hijos de Marte y de una Virgen de Vesta (Rea Silvia).
De aquí que Roma sea definida en ciertas tradiciones de la era republicana, “hija de Marte”, dios guerrero misteriosamente asociado -en una aparente contradicción- a una vestal, guardiana del fuego sagrado de la Vida.
Rómulo y Remo -”rescatados de las aguas”- simbolizan al héroe dominador de las aguas: expresión, a su vez, del fluir del tiempo; es decir del elemento fugaz, contingente, mortal de la vida. Pero, según una antigua tradición védíca, sólo domina las aguas quien posee una dignidad divina.
 
Los gemelos -símbolos de la pareja antagonista – representan al principio telúrico del kaos encarnado por Remo (que intenta violar el limes sagrado del pomoerium), opuesto al principio sobrenatural del kosmosrestaurado por Rómulo mediante un dramático fratricidio. Esta lucha antagónica de los hermanos gemelos parece < además la oposición entre el elemento solar de una espiritualidad olímpica y el elemento telúrico de una religiosidad pelásgica; oposición que Roma resumirá en el imperium: síntesis entre el poder guerrero-aristocrático y elementos del sacerdocio sagrado.
 
Animal consagrado a Marte-Ares, el lobo – rey de los bosques amparados por el dios Silvano – es otro símbolo misterioso del origen de Roma.
Según Franz Spunda – autor de la novela Rómulus - la presencia de este símbolo en el nacimiento de Roma delinea la evolución desde un dominio temporal (la loba) hacia un dominio eterno (el águila), mediante una dinámica simbólica que culmina en la fulguración legendaria de Rómulo, sustraído por un evento misterioso a la vida perecedera y restituido al cielo como dios Quirino, después que el fuego de un rayo divino ha deshecho el involucro mortal de su cuerpo.
 
Los símbolos de la Loba, del Águila, del Rayo divino están vinculados desde el principio al fatum, al destino superior asignado por la mens divina a la Ciudad Eterna.
 
Al respecto Franz Spunda ha clausurado su novela escribiendo:
La divina fuerza romúlea traspasó en su estirpe; y en cada romano relumbró su espíritu de águila. Las retumbantes legiones llevaron el águila hasta los límites extremos del disco terrestre, así como la Sibila lo había predicho entre el resplandor de las cenizas ardientes; hasta la irrupción de los verdaderos hijos de Roma en el cerco aquilino. Pero Roma, la ciudad de Rómulo, de varias formas siempre resurge desde sus cenizas, como si de su suelo brotara una fuerza divina. La lucha por Roma será siempre la lucha por el mundo" [4] .
 
Tradición religiosa de los romanos
 
La historia cíe Roma presenta un desarrollo sui generis que descansa sobre una peculiar tradición religiosa indo-europea.
 
Entre los romanos la divinidad tiene dos nombres: numen y deus. La palabra numen designa desde un principio la voluntad particular del dios, y a partir de la época de Augusto, la misma palabra constituirá el nombre poético de la divinidad. El vocablo deus - de transparente origen indoeuropeo – indica a su vez la divinidad personal de la tríada arcaica Júpiter, Marte, Quirino, que – según Georges Dumezil – constituye la expresión romana de la doctrina teológica de las tres funciones que sustentan todas las estructuras de la sociedad romana: soberanía, fuerza, fecundidad.
 
La religión romana está constituida por un conjunto de creencias, ritos e instituciones que la vinculan estrechamente sea a la vida doméstica como aquella pública de Roma en toda su trayectoria histórica.
Dumezil destaca además una constante en la densidad religiosa romana, representada por Júpiter Óptimo Máximo: divinidad central que detenta el dúplice dominio de la soberanía: el celeste y el jurídico[5] .
El homo romanas consideraba  la religio como la vía más adecuada para alcanzar una perfecta conformidad con la voluntad divina que le permite manifestar veneración y respeto a todas las tradiciones que lo conectan al mos maiorum, es decir a sus raíces ancestrales.
 
Los romanos perciben la dignidad religiosa de lo “sagrado” hasta en la naturaleza y denominan la tierra sacra parens porque – como bien destaca Mircea Eliade – es sagrado todo lo que existe, todo lo que “es real”[6] .
Con razón el  tradicionalista  italiano Attilio Mordini  escribiendo sobre el “sentido de Roma” (en la revista  Pagine Libere, agosto 1956), observaba al respeto: “La civilización de Roma fue la primera en unir sacralmente, desde los orígenes,  al combatiente y el trabajador en el cives . Ya en el surco de Rómulo se encuentra el presagio de Cincinnato y de otros innumerables que alternaron el arado con la espada, la tierra con la cosa pública. El veintiuno de abril el sol hace su ingreso en la constelación de Tauro, y el mito de Roma nos recuerda cómo el arado de Rómulo fue tirado por dos bueyes y no por otros animales. Simbólicamente el toro se vincula con el elemento tierra, y hacia la tierra se nos aparece dirigida la civilización del pueblo romano, totalmente entregado al tranajo y a la conquista”
 
Lo “sagrado” remonta al vocabulario del mundo indoeuropeo que desde la India, a través de los etruscos, trasmite la palabra sakros a los romanos. A lo largo de la historia de Roma, el vocablo sacer designa el conjunto de las relaciones entre el mundo de los hombres con el mundo de los dioses y la escrupulosa atención del civis romanus para adecuar la voluntad humana a la divina.
Huguette Fugier, después de haber investigado el origen y la trayectoria semántica del vocablo sakros, ha concluido que para el hombre romano lo “sagrado” constituye la condición esencial para organizar el mundo y situarse en su espacio[7] .
 
En su investigación, Huguette Fugier ha encontrado que en la historia de Roma el sentido de lo “sagrado” está corroborado semánticamente por los vocablos fas y nefas, el primero con sentido positivo y el segundo con sentido negativo.
En la lengua latina la palabra fas designa todo aquello que se conforma a los preceptos religiosos. Por lo tanto es faustus es decir: propicio, favorable) todo aquello que trae alegría y felicidad por ser conforme a la estructura religiosa, fundamental y primaria, del “cosmos”. Por el contrario es ne-faustus (es decir “negativo” porque trae daño o riesgo grave) todo aquello que cae bajo la prohibición divina.
 
Por lo tanto estaba prohibido en el mundo romano ofrecer sacrificios a los dioses, administrar justicia o emprender alguna actividad en los “días nefastos”.
Huguette Fugier destaca además una significativa relación simétrica entre fas y jus; pero mientras que el “jus” se separa en jus divinum y jus humanum, el “fas” expresa siempre la adecuación de las acciones humanas a los preceptos divinos en una constante aspiración hacia el orden universal.
Cabe aquí una observación: el vocablo “fas” constituye también la raíz de la palabra del latín clásico fascis (fascium en latín vulgar) que designa el símbolo romano del imperium.
 
El fascis romano, constituido por el antiguo símbolo del hacha labris que domina las doce varas del haz (expresión de la esfera zodiacal) amarradas por una cinta roja – según Guido De Giorgio – indica la inserción de lo espiritual y de lo temporal sobre el tronco único de todas las fuerzas tradicionales[8] .
 
Ezra Pound a su vez percibe en el mismo símbolo el equivalente semántico de la religio, es decir la expresión del “re-ligare” en su sentido sagrado y jurídico. En el ámbito sagrado, el hacha labris constituye, en efecto el lugar emblemático donde confluyen el acto espiritual de la contemplación y el acto temporal de la acción; mientras que en el ámbito jurídico, el fascio expresa la equidad entre la realidad metafísica del hombre y el vigor de la ley que regula las modalidades y la calidad de su accionar cívico-social, asignando a cada cual lo propio (unicuique suum), porque el civis romanus puede vislumbrar en los demás aquello que falta a sí mismo para poder aspirar a la universalidad del ser, participando de este modo de la polifacética armonía del mundo.
 
En el haz de varas, el hacha labris constituye también el punto de apoyo de dos cuñas: una superior que representa el descenso de lo divino en lo humano, una inferior que representa el ascenso de lo humano hacia lo divino. El eje del hacha guarda, a su vez, el sentido misterioso del destino central de Roma velado en el templo del dios Jano.
 
El fascio resume, entonces, un simbolismo que re-vela - en  el doble sentido de “esclarecer” y “ocultar”- una concepción cósmica existencia! que aspira a la suprema armonía entre cielo y tierra.
 
La Re-velación mistérica del nombre oculto de Roma
 
Roma guarda en el misterio sacro de su nombre la re-velación de su destino desde el acto mismo de su fundación. Ubicada en el centro del Lacio, la presencia de Roma está ligada a la existencia del río Tíber denominado antiguamente también Rúmon. El río, con sus alrededores, constituye el lugar de aquella geografía sagrada donde Roma nace, crece, triunfa sobre la Gens Itálica primero y después sobre todo el Orbe entonces conocido.
La similitud semántica del Tíber romano remonta a la raíz arcaica Tebe que corresponde a la Tebád del texto bíblico (es decir: el Arca”)como al Tibet sagrado que vigila los hielos del Himalaya; y nos vuelve al mismo tiempo a la solitaria Thebais helénica donde se retiraban los eremitas para hundirse en la meditación y la penitencia.
 
Según una interpretación corriente, el nombre de Roma procedería de Ruma: palabra que en el latín arcaico designaba la mama de la mujer y, al mismo tiempo, denominaba el cerro Palatino por su semejanza con la forma del seno materno.
 
Vladimir Soloviev, en su magna obra Rusia y la Iglesia universal nos ofrece una versión distinta, afirmando que si el nombre vulgar de Roma en griego significaba “fuerza”, los ciudadanos romanos leyendo el nombre de la Ciudad Eterna a la manera semítica (es decir, desde la derecha hacia la izquierda.) descubrirían su verdadero místico significado: Amor.
 
Este verdadero significado guardaba el sentido futuro del destino de Roma, consistente en una transformación de principios. La pietas - principal título de gloria de los romanos y fundamento de su grandeza – constituía un sentimiento de sincera religiosidad hacia dioses falsos. Roma por lo tanto encontraría su auténtico destino sólo cuando el imperio de la fuerza se transformara en imperio de armonía universal amparado por el principio de Amor: nombre místico de la Ciudad Eterna y esencia de la suprema Verdad sancionada en los alrededores de la Tiber-íade evangélica por el único y verdadero Rex regum et Dominus dominantium.
 
De hecho, cuando la roca del Capitolio - Capitolii immobile saxum - fue consagrada por la piedra bíblica, el Imperio Romano se transformó en el gran monte que, según la visión profética de Daniel, se había levantado desde esta piedra. Ahora bien, como observa al respecto el pensador italiano Silvano Panunzio, el mismo nombre del Capitolio está compuesto por la palabra latina Caput y por el vocablo griego Olos; por lo tanto el nombre Capitolium en su raíz semántica evoca también la palabra catholicus que a su vez resume el sentido universal del hombre y de la tierra.[9]
Según una antigua tradición itálica, el Capitolium, representaría  además simbólicamente la cabeza – el caput - del Adán primigenio, es decir: del “Hombre Universal”.
 
En tal sentido el Papa León Magno - Pontifex Catholicus - definirá después Roma como “Caput Mundi”: cabeza de todo el cuerpo del mundo.
Si la versión de Soloviev, como aquella de Panunzio, nos acercan a la posibilidad de descifrar el significado profundo del nombre de Roma, es – sin duda, en mi opinión – Guido De Giorgio quien, en su obra magna La Tradizione Romana, nos ofrece la clave para abrir el cofre simbólico que oculta el sentido metapolítico del secreto nombre de Roma, guardado -según De Giorgio- en el templo romano de Jano bifronte,
 
De Giorgio destaca, desde un principio, que Jano es un dios exclusivamente itálico (nam tibi par nullam Graecia numen habet). Un dios que por su indeterminación permite cualquiera determinación y por lo tanto va concebido como el principio y el fundamento más profundo de la tradición romana.
La duplicidad de este dios -cualquiera sean sus formas (oriente-occidente; pasado-futuro; paz-guerra; abertura-clausura; noche-día)- nunca descompone la unidad substancial de su divinidad porque sus dos caras representan la equipolencia y equipotencia de los contrarios expresados en su invisible unidad divina.
 
Bastante poco se sabe de este dios Jano que, amparando en su ambivalencia el ciclo inicial y terminal de cada año y de cada ciclo de la vida, representa la universalidad dinámica del universo. Pero Guido De Giorgio cree que en el eje by frontal de este dios, está grabado el nombre secreto de Roma conocido exclusivamente por algunos antiguos sacerdotes que lo podían pronunciar sólo en ciertas circunstancias y según ritos específicos.
Este nombre secreto sería aquel de la tercera cara de Jano que se oculta entre las otras dos: nombre que hay que descubrir y a la vez re-velar como símbolo oculto de Roma Invicta.
 
Grabado en la tercera cara invisible de Jano, el nombre oculto de Roma resume entonces el punto crucial entre el Oriente y el Occidente que coincide además  con la intersección del  eje Nord-Sur“centro estático en la evolución cíclica entre la noche y el día. de Dios, entre el nacer y el morir de los mundos, mediador entre la muerte y la vida, entre el tiempo y la eternidad”[10]
 
En la interpretación de De Giorgio, el nombre oculto de Roma recoge el misterio de la transhumanación, en un rito de pasaje, de muerte y resurrección desde una época a la otra: desde la Roma idólatra nacida el 21 de abril del año 754 antes de Cristo, que prepara con la universalidad del Imperio la Roma que renace el 25 de diciembre del año cero de la Pax Augustea, en el signo de la universalidad del Dios verdadero que vence la muerte y afirma su inmortalidad.
Cuando la Pax Romana parece llegar a todos los pueblos recogidos en la unidad de su imperio, Rutilio Namaciano anota: “fecisti patriam diversis gentibus unam” (De red. suo I, 62-65).
 
Virgilio a su vez canta: “La edad de la profecía cumana por fin se ha cumplirlo. He aquí que renace en su integridad el gran orden de los siglos. Regresa la Virgen, regresa Saturno y una nueva generación desciende desde las alturas de los cielos: Iam nova, progenie coelo demittitur alto” (Églog. IV) .
El sentido metapolítico del nombre oculto de Roma se devela entonces por la fe positiva en el destino superior de la Ciudad Eterna: aquella fe que induce a Constantino Magno a escuchar – por instinctu divinitatis- la voz del Christus, Sol Invictus y a grabar su monograma en el signum de sus legiones que en la batalla de Saxa Rubra abren paso a la renovación del Imperio.
 
Hoy en día el Sol Invictusque resplandeció sobre Saxa Rubra parece estar oscurecido por el fulgor falaz de ídolos de barro. Las puertas del templo de Jano están nuevamente abiertas en estos tiempos de guerra interior y exterior y de convulsiones últimas. Pero el hombre contemporáneo, confundido por falsos maestros, no sabe penetrar el misterio metapolítico de la tercera cara del dios; y en las dos caras conocidas ya no vislumbra la fuerza dinámica y creadora del universo. Sólo ve en ellas el espejo donde se refleja la doblez embustera del poder criptopolítico que domina tanta parte del mundo: un poder profano, impuro, antitradicional que,  olvidándose   del  magisterio solar  de Roma Caput Mundi, se arrodilla ante un nuevo Becerro de Oro: emblema sombrío de la globalización de los mercados y del poder corruptor del dinero .
 
Al hombre tradicional contemporáneo, heredero del magisterio universal de Roma queda todavía el extremo recurso de la fe antigua y nueva propiciada por< la Ciencia Sagrada del verdadero Dios Uno y Trino, prefigurado misteriosamente en el rostro de Jano.
 
Sólo por esta fe positiva, la Roma eterna podrá restaurar nuevamente la Pax Augustea de la tradición hiperbórea.
 
Entonces las puertas del templo de Jano serán selladas y su misterioso legado estará custodiado por ángeles armados de espadas.

Fuente                                                  Primo Siena
Disenso

Notas


[1] La definición cáustica remonta al crítico italiano Mario Bernardi Guardi en Prospettive Libri n. 35, Roma, 1983.
[2] C.A.Disandro, El Reino de la Palabra, La Plata, 1995, pp. 15-16.
[3] M. Eliade, Trattato di storia delle religioni, Torino, 1976,. p. 473. Además de M. Eliade,  en la escuela metafísica del mito se pueden asignar los contemporáneos Karl Kereny, Franz Altheim, Walter F.Otto, Georges Dumezil, James Frazer, Boris de Rachewíltz, Julius Evola, entro otros
[4] F.Spunda, escritor austríaco citado por J.Evola en La Tradizione di Roma, Padova, 1997, pp.59-63
[5] G.Dumezil, La religion romaine archaique, Paris, 1974.
[6] M.Eliade, Il sacro e il profano (ed.italiana), Torino, 1973.
[7] H.Fugier,  Recherches sur l’espression de sacré dans la langue latine, Paris, 1956.
[8] G.De Giorgio, La tradizione romana, Milán, 1973
[9] S. Panunzio, Metapolitica: La Roma Eterna e la Nuova Gerusalemme, Roma, 1979, vol.1º, p.206.
[10] G. De Giorgio, obra citada, p.167-171.

lunes, 23 de febrero de 2015

EZRA POUND



La historia de Ezra Pound, el poeta de EE.UU. que traicionó a su país por Mussolini


Diferentes figuras literarias declararon que estaba loco para evitar que fuera condenado a muerte por traicionar a su país de nacimiento. Uno de los mejores poetas del siglo XX se pasó 12 años internado en un manicomio

Nadie representó mejor la «Generación perdida» (Lost Generation) que el poeta, músico y ensayista Ezra Pound. Y tampoco ninguno de sus integrantes fue denostado y olvidado a tantos niveles como él. La razón estuvo en su ferviente devoción por el régimen fascista de Benito Mussolini

Pound puso su desbordante talento en manos de los instrumentos propagandísticos de «El Duce» durante la guerra. Terminado el conflicto, EE.UU le juzgó por traición, y solo por la intermediación de diferentes figuras del mundo de la cultura, entre ellos Hemingway, consiguió evitar la pena de muerte al declararse demente. Fue el último favor que le haría el mundo de la cultura, que puso en cuarentena sus obras hasta hace pocos años.

Se dice que el trágico nombre de la «Generación perdida» procede de una conversación entre la poetisa Gertrude Stein y Ernest Hemingway, que tituló las consecuencias que la guerra estaba provocando en una de las generaciones literarias más brillantes del siglo XX: «Eres una generación perdida», afirmó Stein. Ciertamente, la Primera Guerra Mundial, la Gran Depresión y la II Guerra Mundial abrieron en canal la vida y obra de un grupo literario hostigado por las desgracias. Así, William Faulkner fue piloto de la RAF durante la Primera Guerra Mundial, Ernest Hemingway y John Dos Passos fueron conductores de ambulancia, y Francis Scott Fitzgerald estuvo alistado en el Ejército americano, aunque no llegó a entrar en combate. La Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial zarandearon aún más el espíritu de este grupo, que se refugió en el alcoholismo, la depresión y la tragedia.


La vida de Ezra Pound también fue víctima mortal de los acontecimientos históricos. Nacido el 30 de octubre de 1885, en Hailey, Idaho (Estados Unidos), Pound se trasladó muy joven a Nueva York. Tras graduarse por la Universidad de Pensilvania en lenguas románicas, el poeta viajó a Londres en 1908 para trabajar como corresponsal en distintas publicaciones de EE.UU. Ya desde su etapa estudiantil, dio muestra de un comportamiento excéntrico y un excepcional talento. Su obra –muy influenciada por la literatura medieval y la filosofía ocultista y mística neo-romántica– abogaba por recuperar la poesía antigua para ponerla al servicio de una concepción moderna y conceptual. Además, hizo grandes esfuerzos para llevar la poesía provenzal y china al público de habla inglesa.

Amigo y descubridor de poetas



Durante su estancia en Londres, Pound se casó con la novelista Dorothy Shakespear y se hizo amigo de W.B. Yeats, al que consideraba el mejor poeta vivo y para el que trabajó como secretario. Por aquel entonces también se granjeó la amistad de T. S. Eliot, y editó su obra «La tierra baldía». No en vano, fue con su traslado a París, tras la Primera Guerra Mundial, cuando se sumergió en las corrientes de vanguardia. Se hizo amigo de Marcel Duchamp, Tristan Tzara, Fernand Léger y otras figuras del dadá y del surrealismo. Asimismo, mantuvo contactos con el círculo literario de exiliados estadounidenses que permanecía en Francia, entre los que se encontraban Gertrude Stein y Ernest Hemingway.

«Pound dedica una quinta parte de su tiempo a su poesía y emplea el resto en tratar de mejorar la suerte de sus amigos. Los defiende cuando son atacados, hace que las revistas publiquen obras suyas y los saca de la cárcel. Les presta dinero. Vende sus cuadros. Les organiza conciertos. Escribe artículos sobre ellos. Les presenta a mujeres ricas. Hace que los editores acepten sus libros. Los acompaña toda la noche cuando aseguran que se están muriendo y firma como testigo sus testamentos. Les adelanta los gastos del hospital y los disuade de suicidarse. Y al final algunos de ellos se contienen para no acuchillarse a la primera oportunidad», escribió Hemingway en 1925 sobre el efecto contradictorio que causaba su amigo. Con un sexto sentido para distinguir el talento, Pound se volcó en ayudar a los amigos literatos que necesitaban un impulso económico. Entre sus gestas, el poeta respaldó a T. S. Eliot, D. H. Lawrence, Robert Frost, John Doss Passos y al propio Ernest Hemingway. En el caso de James Joyce, el americano fue crucial para que se publicara «El Ulises», y anteriormente había hecho lo mismo con «Retrato de artista adolescente» en la revista americana «The Egoist».

Precisamente a razón de su carácter generoso y abierto –que nunca obedeció a prejuicios económicos, raciales o religiosos para elegir a sus amistades– sorprende enormemente el giro que dio a su vida en 1924. Establecido en Rapallo (Italia), Pound abrazó el antisemitismo y se convirtió en un fervoroso seguidor de Mussolini. Manifestó públicamente su admiración por el dictador italiano, por Hitler y alabó el talento estratégico de Stalin, mientras que consideraba que Churchill y, sobre todo, Roosevelt, eran responsables de todos los males de la sociedad moderna. Bien es cierto que su afiliación al fascismo estaba vinculada a su oposición al sistema capitalista, y no estrictamente a temas raciales. Paradójicamente, poco antes de estallar la Segunda Guerra Mundial, regresó a Estados Unidos y consideró quedarse para evitar el dilema que iba a acabar con su reputación.

De ser la voz del fascismo, a un falso loco


Entre 1941 a 1943, se alzó como la voz radiofónica de la propaganda fascista. Además de prestar su talento a la prensa y radio, Pound participó intensamente en las actividades culturales que desarrolló el régimen. Con el final de la guerra y la caída de Mussolini, el poeta, de 60 años, fue encarcelado en un campo de prisioneros en Pisa, donde era fácil distinguirlo por su melena pelirroja y su inseparable libro de Confucio, acompañado de un diccionario chino. Trasladado a Washington, fue acusado de traicionar e injuriar a EE.UU. En este sentido, el novelista Justo Navarro abordó en 2011 su actuación durante la guerra en «El espía» (Anagrama). En esta obra de ficción, el autor vertebra la historia en torno a la certeza de que algunos funcionarios de la Italia fascista sospechaban que Pound utilizaba sus discursos radiofónicos para enviar mensajes cifrados a los aliados. A su vez, el relato se detiene en la admiración de uno de los fundadores de la CIA, James J. Angleton, por el poeta. El mismo agente que fue destinado a Italia para poner orden en la red de espías. Este nexo sirve a Navarro para plantear la hipótesis de que Pound pudo ser un agente doble. 

Sea como fuere –y nunca se ha podido demostrar que fuera un agente doble—, Pound fue acusado de traición a su país, un delito que estaba castigado con la pena de muerte. Sin embargo, la comunidad literaria, que tanto le debían, se prestaron a testificar que había dado ya muestras de ser un demente en Londres y en París. El juez asumió estos testimonios, que formaban parte de la estrategia del poeta, y lo salvó de morir fusilado a cambio de pasar 12 años encerrado en un manicomio. En 1958, otro juez volvió a declararle loco, pero le concedió la libertad al estimar que era un anciano inofensivo.

Ese mismo año volvió a Italia, donde hizo el saludo fascista nada más pisar tierra. Murió en Venecia a los 87 años acompañado de su hija. Aunque prosiguió con su carrera literaria, Pound –que conocía ampliamente la obra de Lope de Vega y de todo el Siglo de Oro español– estimaba que su trabajo ya no se valoraba por criterios artísticos, sino por el sambenito del antisemitismo.


Fuente                                         César Cervera

             Leer+ Ezra Pound

domingo, 22 de febrero de 2015

HOMBRES NUEVOS



Hombres nuevos (I)


Si analizásemos los procesos históricos modernos desde la Revolución Francesa hasta nuestros días, descubriríamos una idea motriz común, presentada bajo diversos ropajes. Tal idea (por supuesto demencial, pero expuesta siempre con ardor desmelenado y fatua convicción) postula que se puede romper drástica y radicalmente con el pasado, fundando una nueva época que cristaliza en hombres nuevos, proyectados hacia un futuro esplendente a lomos del progreso. Esta idea, tan optimista como mentecata, de refundación de la Historia y regeneración humana está en la médula del espíritu revolucionario y se resume en la frase del genocida Jean-Baptiste Carrier, que después de encerrar a miles de antirrevolucionarios en barcos que hizo hundir exclamó exultante: «Convertiremos Francia en un cementerio si no podemos regenerarla a nuestro modo». Todos los movimientos políticos de los dos últimos siglos han hecho propio este desiderátum psicopático, cuyos orígenes debemos buscar en Descartes.



En su celebérrimo Discurso del método, Descartes propone una visión mecanicista de la naturaleza que, aplicada a la sociedad, inspiraría esta funesta idea de 'resetear' el mundo, empezando naturalmente por el hombre. Una vez que el mundo es concebido como una suerte de teorema matemático, resulta inevitable que tarde o temprano surja el deseo de fabricar un mundo más perfecto, habitado por hombres que se hayan despojado de las cargas y gravámenes antiguos (¡el odioso pecado original!), para convertirse en una raza de dioses que imponen su sacrosanta voluntad sobre la realidad, remodelándola, negándola, refutándola y, en caso de que tales técnicas se revelen estériles (como suele ocurrir, porque la realidad es muy tozuda), haciendo como si no existiese. Este voluntarismo vesánico (y a la vez irrisorio) daría lugar a una serie de deformaciones racionalistas que ahora no tenemos tiempo de analizar: revisionismos históricos, idealismos filosóficos y constructivismos antropológicos de toda índole, con frecuencia aberrantes y casi siempre desquiciados.



Naturalmente, al mecanicismo cartesiano se sumarían luego otras corrientes de pensamiento que contribuyeron a esta tarea de regeneración humana. El naturalismo de Rousseau propiciaría el advenimiento del primer 'hombre nuevo' con nombre propio, el 'ciudadano', que puede guiarse por su voluntad benéfica e infalible, autónoma y soberana. Las hipótesis de Darwin, por su parte, servirían para soñar con una raza de hombres mejor dotados, tanto en el carácter como en la constitución biológica, capaces de desarrollar un sentido ético (y étnico) superior. Al modernismo religioso, por su parte, no le bastó con que la Redención hubiese beneficiado espiritualmente al hombre caído, sino que imaginó al ser humano en un perenne estado de perfectibilidad que lo llevaría (según la alucinada escatología de Teilhard de Chardin) a fundirse con Dios, en un afrodisiaco punto G (perdón, quería decir punto Omega).



Este mito de la perfectibilidad humana es el motor (con carburante adulterado) de todas las utopías, que resucitaron el sueño de una Edad de Oro, despojada de la grandeza con que se revestía en las viejas mitologías paganas y acondicionada a la vulgaridad con olor a berza cocida y estufa mal purgada de las ideologías, que han ido evolucionando desde las orgullosas proclamas del racionalismo más infatuado al vómito balbuciente y sentimental de la razón hecha trizas (según aquel infalible principio mecánico y biológico que nos enseña que todo lo que sube baja). Sobre los quiméricos 'hombres nuevos' soñados por el comunismo, el fascismo o el nazismo nada diremos, pues ya han sido sobradamente diseccionados y hasta vulgarizados por el cine de Hollywood y los tertulianos más analfabetos. Mucho más interesante se nos antoja la figura del 'hombre nuevo' democrático, que en parte es el hombre-masa de Ortega (un hombre orgulloso de su vulgaridad, engolosinado en su bienestar, que sólo se guía por sus apetitos, mientras cree aseguradas la estabilidad política y la seguridad económica), en parte el hombre unidimensional de Marcuse (dedicado únicamente a producir y consumir e idiotizado por los mass media) y en parte el hombre programado de Skinner (un producto de la ingeniería social cuya conducta y pensamiento están inducidos, incluso determinados por el medioambiente, lo cual lo hace felicísimo).



La democracia plantea un problema acaso irresoluble, que es el de la representación política. A la gente se le dice que, a través del voto, elige a sus gobernantes, que estarán obligados por un mandato representativo a atender las peticiones de sus votantes. Pero lo cierto es que tal representación política nunca ha sido plena; y, en las democracias de nuestra época, puede decirse sin temor a la hipérbole que tal representación es casi nula, pues los gobernantes están al servicio del Dinero, que es el que les da las órdenes. Si la gente cayese en la cuenta de que no existe representación política, se podría desencadenar una revolución que aniquilase este contubernio del poder político y el Dinero; y para que esto no ocurra, se arbitra entonces una emplearemos la misma expresión que Platón utiliza en su República «sublime mentira» que haga creer a la gente que su voluntad es soberana y los gobernantes de desviven por atenderla. Así se crea el mito del hombre nuevo democrático, que, a diferencia del hombre nuevo de los totalitarismos, no surge tras un periodo de violencia revolucionaria, sino de manera pacífica, hasta alcanzar lo que Augusto Comte llamaba el «estado positivo de la Humanidad», que a su juicio (¡y tenía razón, el muy bellaco!) se lograría a través de la propaganda y la educación. En esta misma idea abunda Marcuse, quien señala que «la democracia consolida la dominación de manera más eficiente que el absolutismo», sin necesidad de recurrir al «terror explícito».



En un artículo anterior señalábamos que el hombre nuevo democrático era una mezcla del hombre-masa de Ortega, el hombre unidimensional del mencionado Marcuse y el hombre programado de Skinner. Detallaremos ahora un poco más el proceso que se sigue para lograr esta metamorfosis, cuyo fin último no es otro sino crear por sugestión el espejismo de que somos titulares del poder político, cuando en realidad solo somos sus felpudos. Para que tamaña sugestión cale en la llamada 'conciencia colectiva', es preciso actuar primeramente sobre las mentes humanas, logrando la desconexión plena entre sus estructuras intelectivas superiores (allí donde residen las funciones específicas del pensamiento, la capacidad de juicio y la responsabilidad) y los impulsos vitales, de tal manera que estos dejen de estar controlados por la inteligencia y se conviertan en meras expresiones de la voluntad. De este modo, mediante la desconexión de inteligencia y voluntad, se logra salvar el reparo fundamental que los partidarios de la aristocracia han hecho a la democracia, pues como atinadamente observaba Donoso Cortés, «si las inteligencias no son iguales todas, todas las voluntades lo son. Solo así es posible la democracia».



Una vez lograda esta desconexión, al hombre nuevo democrático se le infunde la ilusión de que sus deseos e impulsos vitales, puesto que son la expresión más 'auténtica' de su voluntad, deben ser atendidos por el Estado. Pero no hay organización política que pueda atender simultáneamente millones de deseos salidos de millones de voluntades: por eso el gobernante recto no atiende deseos personales, sino que procura atender el bien común; y por eso el gobernante degenerado, para infundir la ilusión de que atiende deseos personales, necesita que todas las personas deseen lo mismo, para lo que es preciso convertirlas en masa gregaria. Este proceso de masificación social, tan crudamente animalesco, era realizado en los regímenes totalitarios con métodos expeditivos y carentes de delicadeza, pero en las democracias se realiza con métodos mucho más finolis y recatados, mediante la exaltación de la igualdad, una golosina que a todos gusta, pues es el homenaje que la democracia rinde a la envidia. Esta utilización espuria de la igualdad como «camino hacia la esclavitud» o coartada para la masificación y uniformización de los pueblos ya fue vislumbrada por Tocqueville en La democracia en América: «Todo poder central que sigue sus instintos naturales ama la igualdad y la favorece; pues la igualdad facilita singularmente la acción de semejante poder, lo extiende y lo asegura (...) Se puede decir, igualmente, que todo poder central adora la uniformidad, pues la uniformidad le ahorra el examen de una infinidad de detalles de los que debería ocuparse si hiciera las reglas para los hombres, en lugar de hacer pasar indistintamente a todos los hombres bajo la misma regla».



Pero ¿cómo se consigue «hacer pasar indistintamente a todos los hombres bajo una misma regla»? ¿Cómo se alcanza la masificación social, requisito previo para crear el hombre nuevo democrático? Trataremos de explicarlo en un artículo próximo.

Fuente                                       Juan Manuel de Prada