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lunes, 18 de agosto de 2014

LORCA, EL ÚLTIMO PASEO



Pero, ¿qué pasó con Lorca?

En tan solo unos días se cumplirá el aniversario de la muerte del poeta granadino Federico García Lorca. Sin embargo, y pese a todo lo escrito sobre este espantoso hecho de la peor Historia de España, nadie sabe aún a ciencia cierta qué ocurrió aquella madrugada de agosto de 1936, ni quién ordenó su fusilamiento, ni por qué, ni dónde está su cuerpo, ni siquiera la fecha exacta de su muerte.
El periodista Gabriel del Pozo intenta en el libro 'Lorca, el último paseo' (Ed. Ultramarina 2009) dar un poco de luz a todas cuestiones que durante años han atormentado a historiadores, intelectuales, familiares y amantes del autor de 'La casa de Bernarda Alba'.
La llamada de la ya fallecida actriz Emma Penella hace ya un lustro, la información que aportó sobre el asesinato de Lorca, la implicación de su padre -Ramón Ruiz Alonso-, y las confesiones de éste antes de morir, ofrecieron a Del Pozo una nueva línea de investigación que en muchos puntos modifica las posturas defendidas hasta ahora por algunos de sus colegas como Ian Gibson, Agustín Penón o Molina Fajardo, intentando levantar la niebla de la historia.
Su muerte, el antes y el después, han conferido al poeta y a sus últimos días -su último paseo- un aura de intigra y misterio que todavía nadie ha conseguido despejar. ¿Cómo fueron sus últimas horas? ¿Por qué le asesinaron? ¿Quién dio la orden? ¿Quién le denunció? ¿Dónde le enterraron? y así infinidad de preguntas sin respuesta... Vacías. 
Lo cierto es que Lorca no era un peligro para los sublevados ni para sus planes en los primeros días del Alzamiento Nacional
Sin embargo, su estrecha relación con Fernando de los Ríossus amistades con intelectuales de izquierdas y los ánimos de venganza de la CEDA contra algunos falangistas íntimos de Lorca fueron algunas de las razones que llevaron al poeta hasta La Colonia, la antesala de la muerte para muchos granadinos, y a Víznar, destino favorito de quienes hacían las listas de los condenados en el Gobierno Civil.
Pero si hay un protagonista en aquellos días al nivel casi del mismísimo Lorca ese es Ramón Ruiz Alonso. Sin la presencia de este linotipista, periodista, escritor, político y padre de tres de las más grandes actrices españolas Emma Penella, Elisa Montés y Terele Pávez, el desenlace hubiera sido muy distinto. "García Lorca comenzó a morir el día en que Ruiz Alonso y hombres de Gil Robles llegaron a Granada", cita Del Pozo a un viejo periodista en su libro.
Ruiz de Alonso y lorca vidas paralelas.
Ruiz de Alonso, un linotipista nacido en Salamanca, dedicó los últimos años de la II República a potenciar su carrera política del lado de la CEDA y tras la sublevación de los nacionales aspiró a formar parte del privilegiado grupo de falangistas sin lograr ni ser aceptado ni tampoco sus simpatías. 
No tenía un odio especial por Lorca o por sus obras. Su odio iba dirigido más contra la familia Rosales y, en especial, contra Luis Rosales, íntimo amigo del poeta y con el que en más de una ocasión tuvo encuentros desagradables que años más tarde se cobraría de la mano del autor de 'Poeta en Nueva York'.
Cuando los Rosales acogieron en su casa al poeta, que tuvo que abandonar la casa familiar (Huerta de San Vicente) tras un altercado con el Gobierno Civil, Ruiz de Alonso vio su oportunidad para devolver a los Rosales, reconocidos e importantes falangistas, todos los desplantes que durante años tuvieron con él.
Según las investigaciones de Del Pozo, fue Ruiz Alonso el que, tras conocer el paradero de Lorca, redactó la denuncia que más tarde presentaría al gobernador civil de Granada, el comandante José Valdés Guzmán, que llevaría a su detención y después a su fusilamiento.
Tras enterarse de que Lorca vivía en casa de los Rosales -al parecer fue uno de los hijos, Miguel Rosales, quién se lo contó- acudió a Valdés a contarle su descubrimiento. Pero, por muchas ganas que tuvieran de darle un "escarmiento" faltaba la denuncia. Y ahí es donde salió el linotipista, periodista y escritor: Ruiz Alonso cogió su máquina de escribir y se puso a redactar la sentencia de muerte del poeta.
Años después su hija afirmaría de boca de su padre que fue Valdés el que pidió una denuncia "en toda regla" y que la redactó la CEDA y no su padre. Federico fue víctima de las aspiraciones por el poder entre los cedistas y los falangistas
Le acusó de ser de espía de los rusos, de dañar con sus escritos instituciones tan respetables como la Guardia Civil, de practicar la masonería y de su relación con el republicano Fernando de los Ríos. Unas cuantas horas después de presentar su escrito un impresionante despliege de soldados se agolpó frente a la casa de los Rosales para detener al poeta "rojo".
¿Quién ordenó su detención?
Pero, ¿quién ordenó que se le detuviera? No había prácticamente pruebas de las acusaciones que Ruiz Alonso denunció y además la figura del poeta era querida y respetada por casi toda Granada. Algunos dicen que la orden vino de Valdés, que se encontraba fuera del Gobierno Civil, otros que su sustituto el teniente de la Guardia Civil Velasco. Sea como fuere la tarde del 16 de agosto de 1936, Lorca fue sacado de la casa en pijama y trasladado al Gobierno Civil. Acababa de comenzar su camino hacia la muerte.
Conocida la denuncia y la orden de detención, sólo queda saber quién ordenó que le fusilaran. Ruiz de Alonso confesó a su hija que "la intención de todos, incluida la de Queipo de Llano, -de quien se cree dio la orden- no fue la de asesinar a Lorca, sino de darle un susto, un escarmiento" que sirviera de ejemplo para los demás y que se convirtiera en el pistoletazo de salida de la política de terror marcada por Valdés y Queipo de Llano durante los primeros meses del Alzamiento Nacional.
Pese a que que nadie quería matarle, las rencillas de Valdés, también cedista, con los falangistas de Rosales y cierto enfrentamiento, pistola en mano incluida, con Pepiniqui Rosales en defensa del poeta precipitaron que Lorca fuera trasladado aquella noche o la siguiente (no se sabe muy bien) al pelotón de fusilamiento donde moriría. Las investigaciones apuntan a que un indignado comandante Valdés, instigado por sus enfrentamientos con los Rosales, dio la orden de fusilamiento. Lo que se mantiene en duda es si Queipo de Llano era consciente o si Valdés dio la orden tras hablar con Queipo. Ninguna de las dos versiones ha podido ser aclarada.
Su último paseo

La avanzada edad de los supervivientes de aquella época, el olvido, el resquebrajamiento de los recuerdos y la escasez de documentos ha hecho casi imposible averiguar cómo murio exactamente. Lo que es seguro es que pasó sus últimas horas en La Colina, donde los que iban a morir permanecían antes del paseillo, aunque tampoco quedó registrado, como la mayoría de los que fueron a parar allí.

Estuvo con el profesor Dióscoro Galindo, fumó muchísimo hasta que se quedó sin tábaco y no quiso ver al párroco del lugar ni confesarse. A no se sabe muy bien que hora Federico y los tres que le acompañaban (Dióscoro Galindo, Francisco Galadí y Joaquín Arcollas) "caían fulminados por el plomo de sus asesinos".
Pero si su muerte sigue llena de interrogantes, peor es el intento de muchos por saber dónde se encuentra su cadáver. Los historiadores que han investigado a fondo esta cuestión se han fiado de las confesiones de algunos que dijeron estar o saber el lugar de su tumba. Sin embargo, todo ha sido un castillo de naipes que se rompió hace pocas semanas cuando la Junta de Andalucía anunció que el poeta no está enterrado en la fosa de Alfacar. ¿Qué fue entonces de su cadáver? ¿Por qué nadie sabe o tiene constancia de dónde acabó su cuerpo? Son tantas y tantas las preguntas que espera ser respondidas sin lograrlo.
La lucha entre cedistas y falangistas fue una de las razones que llevaron al asesinato del poeta
Tras su muerte, los protagonistas de las últimas horas del poeta, corrieron distinta suerte. Ruiz Alonso, que los primeros días tras el asesinato se vanagloriaba allí y allá de "haber sido el que mandó a tomar mucho por el culo" al poeta, cambió poco a poco su versión ante la insistencia de Francisco Franco por conocer qué ocurrió y que empezó a interesarse por la muerte del poeta por la presión internacional. Y ya en sus últimos años aseguraba, tal y como confesó a su hija, que su único trabajo fue cumplir órdenes y detener a Lorca sin que sufriera el más mínimo daño.
Ahora, con el paso de los años, lo único que parece vislumbrarse es que en torno a la muerte del poeta ha exisitdo una "confabulación tácita"para que las generaciones venideras no sepan nunca qué pasó realmente. Hoy por hoy y pese a los historiadores que han dedicado su vida al poeta, su muerte sigue envuelta en el más absoluto de los secretismos sin que todavía alguien haya abierto el libro del saber.
Fuente                                          Esther Mucientes

domingo, 17 de agosto de 2014

ERNST JÜNGER CENT'ANNI




Ernst Jünger: "La resistencia espiritual no es suficiente. Hay que contraatacar"

A punto de festejar su centenario, fue entrevistado en su casa de Wilflingen por el periodista italiano Franco Volpi. Los fragmentos más salientes de esa conversación fueron reproducidos por el diario "Clarín" en su edición del 6 de junio de 1999.

Dentro de unos días cumplirá usted cien años y está considerado como el intérprete extraordinario de un siglo ecléctico y lleno de aventura, como eclécticas y aventureras han sido, en el fondo, su vida y su obra. ¿Qué impresión le produce haberlo atravesado por entero?

Nací en 1895, el mismo año en que Röntgen descubre los rayos X y estalla el asunto Dreyfus. El descubrimiento de Röntgen da nacimiento al siglo de la técnica. Por primera vez se puede mirar en el interior de la materia y observar aquello que el microscopio no permitía ver. Sin Röntgen no habríamos tenido el desarrollo de la investigación sobre el átomo, no se habría conseguido su escisión ni se habría podido pensar en la fisión atómica. Un pequeño gran gesto científico está, como pueden ver, en el origen de la modernidad de este siglo. En cuanto a Dreyfus, se puede decir que el asunto que se desató alrededor de su caso marca de manera decisiva la historia de la democracia como una victoria de la opinión pública crítica contra las fuerzas conservadoras.

¿De qué manera lo han marcado estos dos acontecimientos, si se puede utilizar esta expresión?

Digamos que se trata no tanto de asuntos en los que me haya interesado como del aire mismo que he respirado. Recuerdo que en las conversaciones con mis padres, durante las comidas, en los albores del nuevo siglo, esos dos asuntos eran los temas centrales. Se hablaba del asunto Dreyfus y se discutía sobre los nuevos descubrimientos científicos, dado que mi padre era químico. Era inevitable que desde niño mirase con atención todo lo novedoso que ocurría, intuyendo y presagiando lo que acontecería a continuación. En aquel entonces reinaba un gran optimismo: se decía que este siglo sería el del Gran Progreso. Y lo que deterioró esa confianza no fue tanto la Primera Guerra Mundial como la Segunda. El cambio esencial de nuestro siglo se ha producido precisamente a partir de su mitad, desde 1945 en adelante.

Es singular esta manera suya de fechar. Normalmente se considera que la desconfianza ante la idea del progreso se manifestó a principios de los años veinte, inmediatamente después de la Primera Guerra Mundial. Y no es casual que precisamente Alemania, que había salido del conflicto derrotada, se convirtiese en una especie de guía espiritual que desarrolló una crítica muy pesimista acerca de los valores del progreso.

En el plano filosófico y literario, en las grandes visiones de la historia y en el pronóstico sobre el futuro de la civilización, el tema del "Kulturpessimismus" (pesimismo cultural) había surgido ya con anterioridad y tuvo en Spengler su expresión más vigorosa y nítida. De la idea de un progreso lineal de la historia, que implica un desarrollo siempre creciente, él regresó a una configuración cíclica en que el desarrollo no se prolonga infinitamente, sino que es una fase de la vida comprendida entre el nacimiento y la muerte. Lo que esta visión de la historia y su "Kulturpessimismus" produjeron en nosotros no fue, sin embargo, una actitud crepuscular. Nosotros, los jóvenes, no nos podíamos permitir una decadencia como la que a finales del siglo XIX se había permitido la generación francesa de Huysmans. La fatiga al anochecer es saludable, pero antes del mediodía es preocupante. Además era también una cuestión de carácter. Las visiones apocalípticas que suscitó el paso del cometa Halley en 1910, y más aún el naufragio del Titanic dos años después, en vez de tener un efecto deprimente encendieron nuestra fantasía. Nuestra actitud era la de quien quería reconocer con mirada desencantada la nueva realidad de la técnica y del trabajo y tomar parte en ella sin añoranzas nostálgicas ni proyecciones apocalípticas. En todo caso, casi de lo que se trataba era de volver a encontrar, en el mito o en la historia, una potencia que obrase como contrapeso del pesimismo. Tal como había dicho Nietzsche en "Ecce homo": "Yo soy un decadente, pero también soy su antítesis". En la hoguera del crepúsculo anunciado por Spengler lo que yo vi fue erguirse en toda su potencia la figura del trabajador. Fue la Segunda Guerra Mundial la que nos hizo descender a las profundidades, al vórtice del nihilismo.

Pero usted, ¿qué idea tiene del progreso?

Para mí se trata de un antropomorfismo con el que el hombre moderno ha intentado leer la historia. Un sucedáneo de la idea del espíritu del mundo. Hay que tomar distancia respecto de él y observar, más bien, el universo y su historia desde el punto de vista del principio de la conservación de la energía. La potencia del cosmos se mantiene siempre idéntica, no hay progreso ni regresión, aceleración o desaceleración que la puedan modificar. Lo que cambia son solamente las figuras, las formas que la historia, mejor dicho la Tierra, produce intensamente desde su profundidad. El problema que aquí veo brotar es otro: ¿podemos considerar al hombre, esta aparición soberana en la historia del universo, como responsable de su evolución?

Hemos mencionado la guerra, un tema planteado sobre todo en su producción juvenil. ¿Qué efecto le causa hoy por hoy volver a pensar en ese tema?

Ante todo quiero precisar una cosa: para mí, el verdadero gran motivo de interés ha sido la técnica, cuya potencia se ha manifestado de manera impresionante en la guerra mundial de 1914/18, la primera guerra de materiales. Se trató de un conflicto profundamente distinto de todos los anteriores, porque el choque no se produjo solamente entre ejércitos, sino entre potencias industriales. Ante aquel escenario mi visión de la guerra asumió la forma de un activismo heroico. Naturalmente, no se trataba de simple militarismo, porque siempre, también en aquel entonces, he concebido mi vida como la vida de un lector antes que como la de un soldado.

¿En qué sentido?

En el sentido de que fue sobre todo la lectura de algunos libros lo que me ofreció motivos para la acción. Cuando, en cambio, he creído extraer esos motivos de la realidad, he quedado profundamente decepcionado. Quiero decir que para mí el heroísmo nacía más de una experiencia literaria que de una efectiva y concreta posibilidad de vida.

¿Pero qué nexo había entre los dos planos, entre la literatura y la vida?

La realidad literaria, a diferencia de la vida concreta, estaba inevitablemente destinada a ser disuelta por la transformación tecnológica del mundo. De ahí mi intento de elevar la literatura a experiencia de vida antes de que se cumpliese definitivamente lo que Marx había previsto, es decir que ya no sería posible concebir una "Ilíada" después del invento de la pólvora. Eso significa entender qué es lo que ocurre con la entrada de la técnica.

¿La técnica es para usted una línea divisoria de las aguas tan importante como para resultar decisiva en la separación de mundos incluso literariamente diferentes?

La técnica es la danza mágica que baila el mundo contemporáneo. Podemos tomar parte en las vibraciones y en las oscilaciones de este último solamente si entendemos la técnica. De lo contrario quedamos fuera del juego.

Volveremos sobre este asunto. Mientras tanto, para destacar algunos aspectos biográficos, hay que decir que ha sido usted considerado un héroe de la Gran Guerra, herido reiteradas veces y posteriormente premiado con la máxima condecoración, la Ordre pour le Mérite...

Me llevó al heroísmo la lectura del "Orlando furioso" de Ariosto. Aquellas palabras, aquellas rimas leídas durante las pausas entre un combate y otro fueron las que me motivaron. No así la retórica y la ideología de guerra que siguieron a nuestra victoria en la guerra franco-prusiana de 1870/71, cuya importancia había sobrevalorado exageradamente la generación de nuestros padres, cuando en realidad se había tratado de una guerra muy pequeña. Esa sobrevaloración se manifestó particularmente en la antítesis ideológica que contrapuso el noble espíritu prusiano y el espíritu mercantil inglés fomentada por Guillermo II, que no soportaba a sus parientes del otro lado del canal de la Mancha. Se podría añadir, en este caso, que a Alemania le faltó un Shakespeare que supiese representar sus vicisitudes. Por otra parte, ¿cómo esperar la aparición de un Shakespeare si los personajes y actores de aquella fase de la historia alemana no fueron suficientemente grandes como para merecerlo?

¿Es siempre verdad que las grandes obras necesitan que haya grandes sucesos históricos?

Los grandes sucesos siempre son literarios. La historia, con sus hechos, es un almacén repleto en el que cada cual puede tomar lo que quiera.

Lo que usted dice no hace sino confirmar qué importante ha sido, en sus elecciones, más que una ética cierta visión estética de la vida. ¿Cómo explica esta inclinación suya?

Ver la relación entre ética y estética simplemente como una antítesis no es suficiente para mí. Más aún, conduce a una desviación. Por eso diría que ética y estética se encuentran y se tocan por lo menos en un punto: lo que es verdaderamente bello no puede no ser ético, y lo que es realmente ético no puede no ser bello.

Pero esto, en el fondo, es el estilo. ¿Su visión del mundo está realmente caracterizada por el estilo?

Eso espero. Y por la misma razón jamás he descendido ni descenderé al plano de las polémicas y de las controversias. Lo encuentro de pésimo gusto. Jamás, rebajarse por debajo del propio nivel.

¿Considera que todavía es posible salvaguardar el estilo, ese gesto delicado y aristocrático, en un mundo que tiende a la despersonalización y a la manipulación del individuo?

Definiría a la nuestra como una sociedad de individuos masificados que, por eso, necesita elites muy restringidas, destinadas a desarrollar una función importantísima. Sobre este extremo me atengo a la sentencia heraclítea que dice "Uno solo, para mí, es diez mil". Hoy por hoy ese número debería elevarse a potencia.

¿En el sentido de que las elites habrían de ampliarse o restringirse en el futuro?

En el sentido de que, cuanto más crece la masificación, tanto mayor es el valor y la fuerza espiritual de los pocos que son capaces de sustraérsele.

Estamos acostumbrados a pensar en las elites en términos más sociológicos que espirituales. Usted, ¿cómo las definiría?

La definición sociológica de elite es ya un indicio de la corrupción del concepto. Para mí, una advertencia para no confiar ya ni siquiera en las elites, sino, a estas alturas, solamente en los grandes solitarios.

Mencionaba usted anteriormente su elección de no rebajarse jamás a polemizar. Sin embargo, frecuentemente ha estado implicado en polémicas. Sobre todo por su pasado en el éjército alemán, pasado que más de un crítico le reprocha a causa de la indulgencia con que habría tolerado usted al régimen nazi. Hay además un episodio del que nos gustaría tener su versión. Cuando apareció su novela "Sobre los acantilados de mármol", en la que se debatía la idea del tiranicidio, corrió usted algunos riesgos. Goebbels y Goering querían su cabeza, pero Hitler dijo: "Jünger no se toca".

Las polémicas no tienen el mismo espesor que las ideas. No se trata de estar a su altura contestando a tono, porque no hay tono sino solamente ruido. Por lo que atañe a Hitler el asunto fue así: no había transcurrido ni una semana desde que "Sobre los acantilados de mármol" había aparecido en las librerías, cuando el Reichsleiter de Hannover, un tal Bouhler, se quejó ante Berlín convencido de que el libro incitaba al complot. Hitler, que estimaba mis diarios de la Primera Guerra Mundial, sentenció que debían dejarme en paz. En más de una ocasión él había emitido señales de amistad y manifestó interés por mi persona. Pero no me dejé halagar por aquellos ofrecimientos. Hubiera sido hasta demasiado fácil instrumentarlos para obtener de ellos alguna ventaja personal. No habría sido necesario un gran esfuerzo para obrar como Goering. Quisiera luego añadir, aunque creo que un autor debería respetar la regla de no hablar jamás de sus propios libros, que en el caso de "Sobre los acantilados de mármol" el efecto político era para mí secundario. Algunos amigos me han reprochado el haber disminuido dicho efecto, que para muchos fue en cambio el más importante. Pero yo prefiero llamar la atención sobre el hecho de que en aquella ocasión me puse en otro plano. En el fondo está claro que si mi actitud se hubiese convertido en una toma de posición política, tal vez habría encontrado compañeros y secuaces, pero me habría rebajado al mismo nivel de Hitler. He sido un opositor suyo, pero no un opositor político. Sencillamente, estaba en otra dimensión.

¿Lo conoció usted personalmente?

No, nunca lo conocí. Cuando todavía era el anónimo jefe de un grupúsculo como el de los nacionalbolcheviques de Nickischy en aquel entonces yo todavía vivía en Leipzig. Cierto día, debió de ser en 1921, se hizo anunciar por Hess, pero yo no tuve tiempo para recibirlo. Por otra parte yo estaba convencido de que se trataba de uno de los muchos e insignificantes sectarios que circulaban por aquel entonces. A Dios gracias, aquel encuentro no tuvo lugar. Si por casualidad se hubiese producido y acaso Hitler me hubiese apoyado una mano sobre el hombro mientras alguien nos inmortalizaba, me imagino que la fotografía habría dado la vuelta al mundo. Afortunadamente las cosas fueron de otra manera.

Hannah Arendt afirmó que usted estuvo siempre del lado de la Resistencia a pesar de que sus libros hubiesen tenido influencia sobre la elite nazi.

Tengo presente aquel reconocimiento, que naturalmente me halaga. Pero personalmente, habiendo visto y vivido lo que ocurrió antes y después, experimento cierta alergia respecto al uso indiscriminado de la palabra resistencia. Sin contar con que la resistencia espiritual no es suficiente. Hay que contraatacar.

¿Nos está diciendo que siente algún arrepentimiento por aquello que no ha hecho?


Compruebo que contra un régimen cruel y feroz, al final importa también la manera de enfrentarnos a él.

¿Como funcionario alemán en la París ocupada, ¿ha tenido relación con Cotette?

Sí, ella se dirigió a mí para que ayudase a un joven amigo suyo, judío, que había sido detenido por nuestra policía. Me interesé por él y conseguí que lo dejasen en libertad. Colette me lo agradeció mucho. Todavía guardo un libro que me regaló en aquella ocasión, con una hermosa dedicatoria en la que me expresa su agradecimiento.

Entre los escritores que conoció, ¿hubo también colaboracionistas como Drieu La Rochelle y Céline?

Sí, pero no sólo éstos, también frecuentaba las veladas de Florence Gould, por ejemplo, Jean Paulhan, de quien sólo después de la guerra supe que había sido uno de los cabecillas de la Resistencia. En cuanto a Drieu, su suicidio me afectó mucho. A mi entender fue un gesto precipitado. La relación con Céline es un capítulo aparte. Ya desde antes de la guerra había oído hablar muy bien de él al editor Ernst Rowohlt, que había adquirido los derechos de "Voyage au bout de la nuit" (Viaje al fin de la noche). Cuando se publicó, la novela me causó una gran impresión, tanto por la fuerza del estilo como por la atmósfera nihilista que evocaba, y que reflejaba muy bien la situación de aquellos años. Pero cuando lo conocí personalmente, en el París ocupado, y tuve ocasión de encontrarme con él muchas veces en la Embajada y en los jueves de Florence Gould, quedé profundamente decepcionado. Su manera de actuar no me resultaba nada simpática, y creo que la antipatía era recíproca. No me gustaba su colaboracionismo ni su ostentoso antisemitismo. De ello hablo en mis diarios parisienses, pero a fin de no ofenderlo le doy el seudónimo de Merline. Lamentablemente, cuando los diarios se tradujeron al francés, la redactora -la escritora Banine, que por otra parte era amiga mía y odiaba cordialmente a Céline- lo reconoció tras el seudónimo y recuperó el nombre verdadero. Este incidente me costó su rencor; tanto es así que intentó contra mí un juicio por difamación. Cuando me interrogaron en Ravensburg, para no comprometer a Banine y liquidar de la manera más rápida ese desagradable embrollo, dije que se había tratado de un error de imprenta. También he conocido a Marguerite Yourcenar. Me regaló un ejemplar dedicado de sus "Mémoires d'Hadrien" (Memorias de Adriano). Aunque ya no me acuerdo de los detalles de la conversación que mantuvimos, recuerdo que fue muy brillante. La señora Yourcenar era una personalidad rica e interesante. Entre otras cosas me habló de su padre y de la singular manera que éste tenía de festejar el 14 de julio: hacía abrir las letrinas de su castillo.

¿Ha conocido a Hannah Arendt?

No, nunca nos encontramos. Heidegger me habló de ella a menudo.

Con Heidegger y con Carl Schmitt usted ha compartido cierto destino. ¿Qué recuerdo tiene de ellos?

Tengo un recuerdo no solamente literario, sino también personal, privado. Fui amigo de ambos. Me encontré con Heidegger muchas veces e incluso fui a visitarlo a su casa de montaña en Todtnauberg. A estas alturas es necesario estar en condiciones de dar un juicio objetivo sobre él. Quiero decir que, a estas alturas, de lo que se trata es de evaluar al pensador por su potencia especulativa y no por sus opiniones políticas. Lo mismo es válido para un artista o un poeta. Por ejemplo, admiro muchísimo a Heinrich Heine como poeta, en tanto que no comparto para nada sus convicciones políticas: entre ambas perspectivas es preferible adoptar la más favorable. Con Carl Schmitt tuve una relación aún más estrecha, muy personal. Entre otras cosas fue el padrino de mi hijo Alexander, de quien hoy sería el cumpleaños.

Hablando de política, en Italia se discute encarnizadamente de la derecha y la izquierda. ¿Qué piensa usted de estas dos categorías?

Actualmente son ya categorías orgánicas, como las partes del cuerpo. Piense por ejemplo en las manos: ambas son indispensables. Es obvio que cada una existe en función de la otra. Desde este punto de vista, por lo tanto, la derecha y la izquierda son igualmente necesarias. Lo que me pareció claro desde las convulsiones de la república de Weimar es que ya no se sostiene la tradicional representación espacial del significado político de estas dos categorías, según la imagen de un Parlamento en que la derecha se instala en un lado y la izquierda en el otro. Y esto es aún más válido hoy por hoy, en la edad de la técnica y de las comunicaciones de masas. Personalmente, de todas maneras, me considero más allá de tal esquema, que ha llenado anaqueles de ideología.

A propósito de técnica y de comunicación de masas: además del invento de los rayos X, el año de su nacimiento fue también el de la invención del cine. ¿Qué idea tiene acerca de este arte tan popular en nuestro siglo?

Me gusta imaginar el cine como algo que atañe a la relación entre técnica y magia. Una relación toda ella por investigar, incluso en el aspecto del público. Me pregunto si el cine ha sustituido, siquiera parcialmente, a la novela, y qué efectos ha producido esta sustitución. Aunque el público que va al cine, precisamente porque es vasto y anónimo, no coincide exactamente con el público de los que leen.

Usted ha mencionado la magia en relación con la técnica: es una hermosa definición del cine.

A menudo la técnica tiene algo de asombroso. Es cómico, pero a veces, mientras hablo con alguien por teléfono, todavía tengo la sensación de llevar a cabo no solamente un acto posibilitado por la técnica, sino también algo que es mágico. Lo mismo vale para el cine, pero también para otras cosas. Podemos grabar nuestra conversación, filmarla, y de tal suerte hacerla revivir dentro de cien años, acaso vista desde un punto de vista diferente. Una filmación nos da la oportunidad de resucitar a personas desaparecidas de las que se han perdido el recuerdo, la presencia física, la voz, el gesto. Creo que este efecto, que yo llamo mágico, está destinado a emerger de una manera aún más impresionante: ya se está hablando de realidad virtual, de cuarta dimensión. El pensamiento mismo se digitaliza.

¿Y por lo que atañe a la televisión?

También ésta tiene un significado mágico. Y dicho aspecto brujeril no se debe, entendámonos, a la actitud de un hombre primitivo ante un suceso sorprendente y desconocido. A través de la televisión podemos dar vida a una realidad que no está presente ante nosotros. Espero que pronto se puedan tener imágenes televisivas en tres dimensiones. Su carácter mágico se vería así potenciado.

Esto en lo que se refiere al futuro. ¿Cómo imagina usted, por lo tanto, el próximo siglo?

No tengo una idea demasiado feliz y positiva. Por decirlo con una imagen, quisiera citar a Hölderlin, que en "Brot und wein" (Pan y vino) escribió que vendrá la edad de los titanes. En esta edad venidera el poeta deberá aletargarse. Los actos serán más importantes que la poesía que los canta y que el pensamiento que los refleja. Será una edad muy propicia para la técnica, pero desfavorable para el espíritu y para la cultura.


Fuente
eljineteinsomne

sábado, 16 de agosto de 2014

LA HISTORIA NO CONTADA



Oliver Stone: La historia no contada de Estados Unidos - La II Guerra Mundial

Se analiza el mito de que fue Estados Unidos el que ganó la Segunda Guerra Mundial, pero muchos historiadores coinciden en que fue la Unión Soviética y toda su sociedad quienes, por pura desesperación y gran heroísmo, determinaron la evolución de la guerra y la derrota de la implacable máquina de guerra alemana.

La decisión de Truman de lanzar la bomba atómica sobre Japón causó gran controversia en su época. Realmente, la rendición japonesa estaba a punto de producirse debido a la tan temida entrada de la Unión Soviética en la guerra del Pacífico. No era ya necesario lanzar la bomba para vencer a Japón.  

Durante el periodo de postguerra fue Estados Unidos con su monopolio atómico y no la Unión soviética el principal responsable de la Guerra Fría. Los líderes americanos exageraron la amenaza de un enemigo que creía necesitar porque querían estructurar el mundo como un choque entre dos sistemas social  

Oliver Stone ha querido narrar la historia de Estados Unidos de forma distinta a la que se ha contado hasta ahora, planteando preguntas para hacer consciente al espectador, reformulando los hechos para mostrar modelos de comportamiento que se han impuesto después de la Segunda Guerra Mundial.

Fuente            Ver+ Documentales de Docufilia

"Las armas son instrumentos fatales que solamente deben ser utilizadas cuando no hay otra alternativa." Sun Tzu

viernes, 15 de agosto de 2014

LOS ALUCINADOS



Eugenio D`Ors, en un minué
No se puede escribir en los periódicos con un poco de dignidad sin incurrir en la greguería o en la glosa, o en ambas cosas a la vez, como el propio d' Ors
"No sabemos bien todo lo que cabe en un minué", solía repetir el maestro, Y en esta frase, con un cierto resabor del XVIII, cabía todo él. Quiere decir d'Ors que hay que dejar que se abra y aflore y desflore lo pequeño. De un minué puede nacer un siglo. Viene a ser lo mismo de su otra frase famosa: "Elevar la anécdota a categoría". Lo que, siglos más tarde, el minutísimo Nabokov, primer discípulo de Proust, llamaría "los pequeños detalles, mis amados detalles". Pero ahora los libros no se hacen con detalles, con minués, con anécdotas, sino con culos, con marcas, con asuntos de sotabanco y con episodios.

Los abruptos españoles que habían filosofado a golpes con Unamuno, no saben filosofar a sonrisas con Eugenio d'Ors. (Ortega se lo escribe a Unamuno: "Su libro del Quijote está hecho a empujones.") Pero el maestro catalán no pierde la sonrisa, nunca ensayó la teatralería macabróntica del dolor frente a los injustos catalanes, frente a los horteras madrileños, Se sabía dueño y señor de la ironía, más que nadie, y algunas noches cruzaba la calle, su calle de Sacramento, para bailar un minué, vestido de Goethe, en la fiesta de la marquesa de O'Relly, donde yo mismo dejaba un día mi minué de palabras.

Y en esa calle apartadiza, en las mañanas silenciosas, distanciadas sólo por el lamento largo de un tren, escribía él su glosa diaria. Durante este siglo XX sólo se han inventado en España dos géneros literarios, y los dos en el periódico: la glosa y la greguería. No se puede escribir en los periódicos con un poco de dignidad sin incurrir en la greguería o en la glosa, o en ambas cosas a la vez, como el propio d'Ors:

-Bécquer es un acordeón tocado por un ángel.

Se sabía dueño de tantas cosas que hizo un lujo de su indigencia. Pero tampoco le ganaron quienes venían del otro lado, con exceso pomporé, mordoré y punzó, como aquel pintor provinciano que le mostró unos ángeles primorosos:

-Los ángeles eran más viriles, joven.

Bello y barroco de lámina, se enseñorea de Europa como el primer europeísta de eso que ahora es toda una movida continental, sólo que d'Ors contaba por ideas y no por euros, como estos tenderos de Bruselas.


Su filosofía es rigorosa, construida, atractiva, y hasta Ferrater Mora concluye que se trata de un auténtico filósofo, aunque a su manera. Pero a tanto andamiaje de la Razón le pone don Eugenio por dentro dos argumentos irónicos y como falleros: la angeología y la resurrección de la carne. El catolicismo, para él, se consuma en el Misterio de Elche. Con todas estas bombas antipersonas están garantizando el estampido, la falla y el rechazo de un sistema filosófico moderno. Quiere decirse que no trae una fe, sino que juega a una liturgia. Y, resuelto eso, queda libre para sus salones, pintores, "academias breves", "novísimos", etc. (palabras galvanizadas por él y que le robó Carlos Barra¡, de modo que aún están muy vigentes).

Como no llega a tiempo para descubrir a Picasso, tiene que conformarse con descubrir a Pedro Pruna. Y este signo "menos" sería el signo de su vida. Como no puede o no quiere escribir en la "Revista de Occidente", tiene que escribir en el "Blanco y Negro". Pero no pierde la caligrafía, el tiempo ni la sonrisa, Le gratifica y certifica que no le entiendan los mataburras del periodismo, pero es el primer crítico de arte de Europa, después de Baudelaire.

Quiso la paz de Goethe en su pequeño Weimar del Madrid de los Austr¡as, y de Goethe heredaría la duda entre injusticia y desorden, entre clasicismo y barroquismo, Se opina de clásico repetidamente, pero su mejor libro es Lo Barroco, escrito en francés y pasado luego al español. Se supone que todos los días pasa tres horas en el Museo del Prado, por lo presentes que tiene a todos los maestros y discípulos de la pintura.

-Sólo entiendo las ideas que se puedan dibujar.

Es decir, un pensamiento figurativo, una ideación plástica, cosa muy mediterránea que le localiza y fija contra su europeismo evanescente. Porque nunca quiso ser dogmático, salvo en los dogmas:

-Solamente soy un especialista en ideas generales

Escribió la glosa diaria toda su vida, en castellano, en catalán o francés:
-Mi gran frase, a la hora de la muerte, será: ay, que me desgloso.

Barroca melena blanca, hombre muy encorpachado, dice, ante un amor que huye:

-Ahora que empezaba yo a ser demorado en el trance...

La glosa consta de una noticia, un pensamiento agudo, certero, y una ironía, una broma, a veces un chiste. Todo esto en un folio, a veces dos o tres, pero vemos que queda mejor en esa lápida de estraza que eran los periódicos de entonces, en esa esquela que se pone a sí mismo todos los días, Guardo un recibo firmado por él donde se le pagan cincuenta pesetas por un artículo. Todo el periodismo literario viene de él, que abrió el camino a los grandes prosistas de la Falange: Sánchez Mazas, Mourlane, Michelena, Eugenio Montes, Foxá, etc, Estuvo en Salamanca a ver a Franco, cuando la cosa, para lo que se hizo un uniforme heterodoxo y como churrigueresco, pero en heroico. Se lo explicaba así al estupor de los militares y los falangistas:

-Me gustan los uniformes siempre que sean multiformes.

Es decir, otra vez el conflicto entre lo clásico y lo barroco. Postreramente, vivía en una ermita marinera con ascensor, al costado insistente de su mar catalán. Sólo Aranguren, Valverde y yo mismo hablamos y escribimos de don Eugenio en los últimos tiempos. En Francia hubiera sido mucho más que Barrés o Claudel. Aquí sólo fue un genio de media tarde. El madrileño de Atapuerca no le entendía. Más que un hombre fue una vasta, numerosa e irónica oceanografía.


Fuente                             Francisco Umbral
elcultural

jueves, 14 de agosto de 2014

PADRE MIGUEL PAJARES



La mentira del padre Miguel Pajares
Frente a la bondad ontológica de tantos, la del misionero es una bondad provisional, que jamás será completa porque opera un atenuante.
A primera hora de la mañana de ayer se hizo evidente que vivimos en un país con sensibilidad. No eran todavía las nueve cuando miles de ciudadanos habían publicitado cuánto les había conmovido aquel tontorrón Club de los Poetas Muertos del dicen que inolvidable profesor Keating.
El derroche de emociones fue tal que para cuando murió Miguel Pajares nos habíamos quedado sin existencias. Al misionero todavía hoy se le hurtan en las ediciones de papel de los periódicos los elogios fúnebres. Y eso que hay pocas mercancias periodísticas tan baratas.
Piensen en todas las buenas intenciones que conocemos de tantos compatriotas que militan en la bondad a jornada completa. Cuánto sabemos de todo lo que le preocupa a nuestra cohorte de bondadosos ontológicos la miseria y la desnutrición, los bombardeos sobre la franja de Gaza, el expolio de África, las penosas travesías en cayuco, los niños de las fábricas chinas de Nike y las plagas de langosta en Níger.
Y sin embargo hasta ahora desconocíamos, no ya los hechos, sino la mera existencia de un tipo como Pajares, que hace tan solo unos días le escribía esto a su primo desde un hospital de Monrovia:
"Tenemos muchos problemas. Han fallecido dos personas y 13 se niegan a venir a trabajar, quieren quedarse en cuarentena. Yo he ido cada día y he saludado a todos, me meten miedo, la muerte ronda. Se sospecha de algún caso más de ébola. Esperamos resultados. Es penoso pero hay que estar. Lo comparo a la guerra, aunque esto es más peligroso. El enemigo en casa".
Piensen en todos los buenos propósitos que conocemos de, no sé, Llamazares, por ejemplo, al que el duelo por el cura le duró exactamente 53 caracteres antes de dedicarse a lo urgente, que es preguntarle al gobierno que para qué han servido al final tantas molestias.
Al misionero todavía hoy se le hurtan en las ediciones de papel de los periódicos los elogios fúnebres. Y eso que hay pocas mercancias periodísticas tan baratas
Hoy lo hemos podido comprobar. Frente a la bondad ontológica de tantos, la de Pajares es una bondad provisional, que jamás será completa porque opera un atenuante. Aquellos a los que ayudó no son más que beneficios colaterales de la fe. No como aquella vez que todos pusimos el hashtag aquel contra Boko Haram, que aquello, si bien poco efectivo, sí que lo hicimos de corazón. Yo soy tan asquerosamente materialista que no entiendo estos debates. Y sospecho que a los necesitados a los que ayudó Pajares este tiki taka moral les importa una higa, porque la necesidad te hace resultadista.
Yo soy ateo. No agnóstico. Ateo. O sea, que estoy convencido de que los curas se pasan la vida creyendo en una mentira. Creo, además, que toda mentira es dañina. Y de sobremesa en sobremesa exhibo con arrogancia mi materialismo. Pero la coquetería me dura hasta el preciso instante en que me entero de que un misionero se ha dejado la vida en Liberia por limpiarle las pústulas a unos negros moribundos. Entonces me faltan huevos para seguir impartiendo lecciones morales. Principalmente por lo aplastante del argumento geográfico. Él estaba allí con su mentira y yo aquí con mi racionalismo.
Leo en twitter cosas estremecedoras. No es siquiera relevante. Si algo nos han hecho sentir las redes sociales desde su mismo nacimiento es nostalgia de aquel tiempo en que ignorábamos el reflujo ácido que irrigaba a algunos de nuestros vecinos. Aquellos días felices en que a uno no le hacían partícipe de las íntimas miserias. 
Fuente                               Rafael Latorre
"Como flores hermosas, con color, pero sin aroma, son las dulces palabras para el que no obra de acuerdo con ellas."                                                 Siddhārtha Gautamá

miércoles, 13 de agosto de 2014

¿SÓLO UN FACTOR SOCIOECONÓMICO?



Ocho tesis sobre la inmigración


1. La inmigración no es un bien en sí.

En el discurso público español se ha extendido, hasta hacerse casi incontestable, la idea de que la inmigración es algo positivo. Todas las virtudes se le atribuyen: genera riqueza, ensancha la cultura mediante el contacto con gentes de otras tierras, eleva la sociedad a través del mestizaje… Se diría que la inmigración es un bien en sí misma. 

Pero las violencias desatadas sucesivamente en varias ciudades europeas, así como los estragos causados por la crisis económica en los últimos años, demuestran lo absurdo de este prejuicio. La inmigración no es, en sí, ni un bien ni un mal, en la medida en que estos conceptos proyectan un juicio de valor moral. La inmigración es un fenómeno de carácter económico y geográfico

Por sí solo, carece de significación moral; será positivo o negativo según sus consecuencias. Puede ser positivo si una sociedad se hace globalmente mejor gracias a ella. Pero, en origen, no puede considerarse “bueno” en modo alguno, porque nadie podrá considerar “bueno” que millones de personas se vean obligadas a abandonar su hogar por falta de expectativas. Y al contrario, la inmigración puede ser un fenómeno fuertemente negativo si, al cabo de pocas generaciones, se convierte en un factor de conflicto social por causa de minorías inasimilables. Hay que deshacer ese interesado equívoco que consiste en atribuir valores morales a un fenómeno socioeconómico. La inmigración no es un bien en sí. ¿Acaso no podría hablarse de un derecho a no emigrar? Y la inmigración, mal gestionada, puede desplegar efectos negativos en las sociedades de acogida.

2. La acogida de inmigrantes implica obligaciones a largo plazo.

Cuando una sociedad opta por suplir sus carencias de mano de obra con ciudadanos venidos de otros países, tiene que ser consciente de que contrae obligaciones que van mucho más allá de lo económico

No basta con garantizar los derechos socioeconómicos elementales a una generación de trabajadores. La experiencia demuestra que el retorno de los inmigrantes a su lugar de origen es un hecho poco frecuente: la causa de la inmigración es el desorden económico crónico en determinadas zonas del planeta, y precisamente ese carácter crónico hace difícil que el emigrante retorne voluntariamente a un país sumido en la misma situación que le hizo salir de allí. Lo más común es que el emigrante intente asentarse en su lugar de destino, fundar una familia e incluso traer consigo a sus allegados. Todo eso crea obligaciones importantes a la sociedad de acogida. Hay que pensar también en las generaciones siguientes, en los hijos y nietos de esta primera generación inmigrante. Lo cual requiere del Estado cálculos complejos que han de incorporar variables sociales y culturales, no sólo el beneficio para el Mercado. Ningún Estado debería acoger a más residentes de los que es físicamente capaz de sostener en su sistema laboral, en su sistema de enseñanza, en su sistema sanitario. 

La restricción podrá juzgarse poco solidaria, pero ¿es más solidario condenar a una generación de hijos de inmigrantes al paro, al analfabetismo funcional, a la delincuencia? Por otra parte, la responsabilidad del Estado no se dirige a los seres humanos en su conjunto, sino, en primer lugar, a los propios conciudadanos. Son ellos los que, al cabo, sufren las consecuencias de una generación de inmigrantes poco o nulamente integrada, como sucede hoy en buena parte de Europa. Es cuestión de responsabilidad.

3. Integrar es transformar.

La integración de los inmigrantes es el imperativo bajo el que nuestras sociedades actúan a la hora de gestionar la afluencia de población alógena. Esta política de integración despliega distintos mecanismos de protección y apoyo cuya orientación general podría resumirse con una fórmula simple: “que se sientan como en casa”. Lo cual pasa por arbitrar medidas (asistencia sanitaria, cobertura laboral, etc.) que rápidamente se convierten en derechos individuales. Y es justo que así sea, pues los derechos serán tanto más eficaces cuanto más sean vistos bajo el signo de la equidad. Ahora bien, nadie obtiene derechos a cambio de nada. Los derechos son contrapartida de deberes civiles: pagar impuestos, respetar la ley, etc. Y la asunción personal de esos deberes, su interiorización, es básica para que todos los grupos sociales se reconozcan en el mantenimiento de la sociedad, para que todos se sientan parte de un mismo proyecto de convivencia. 

De manera que toda integración, para ser efectiva, debe atender primeramente a la transformación del que llega, debe lograr que el nuevo ciudadano ponga en un lugar secundario sus leyes de origen y acepte como insoslayables las nuevas obligaciones. Esta operación puede implicar que el Estado, la sociedad, impongan al inmigrante renuncias en el plano de la cultura cotidiana, de las formas de vida. Pero en eso consiste la transformación. Y si no se quiere imponer tales renuncias, si no se desea ejercer sobre el inmigrante la coacción inherente a todo orden legal, entonces habrá que pensar formas de convivencia distintas a la integración; formas en las que el inmigrante pueda mantener sus costumbres, sus usos, quizás incluso sus leyes, en el marco de un orden social que puede tolerar su existencia (siempre y cuando no amenace el orden colectivo), pero del que, en consecuencia, no podrá formar parte como ciudadano de pleno derecho. Hace pocos años nadie se atrevía a plantear las cosas así; hoy, por el contrario, es ya una urgencia.

4. El Mercado no lo es todo.

El fenómeno de la inmigración, en la Europa contemporánea, tiene un origen enteramente económico: se trata de masas humanas que han llegado atraídas por la promesa de la prosperidad y que nuestros países, a su vez, han acogido gustosamente porque el inmigrante representa una mano de obra poco exigente. Es, pues, el Mercado el que ha alentado la inmigración, y él es quien ha obtenido los rendimientos directos de este proceso. Ahora bien, en una sociedad hay cosas más importantes que el beneficio económico y que el funcionamiento del sistema de producción. Nadie discutirá que vivir en una sociedad rica es mucho más agradable que hacerlo en otra pobre, pero tampoco nadie discutirá que no es sensato ser rico a toda costa y a cualquier precio, convertir la riqueza en horizonte único de la vida colectiva. 

La supervivencia de la propia sociedad debe ser un límite a las pretensiones del Mercado. Una sociedad –toda sociedad- se apoya en equilibrios delicados que exigen un cierto grado de acuerdo sobre principios, valores, lo cual sólo es posible si existe un grado de correspondiente de homogeneidad, al menos en el plano cultural. Ese es el verdadero contenido de la expresión “cohesión social”: una sociedad está cohesionada cuando se ve a sí misma como una globalidad unida por ciertas cosas comunes. Y si las necesidades del Mercado ponen en riesgo la cohesión social –es decir, ese acuerdo básico sobre unos principios comunes-, entonces habrá que subordinar el Mercado a consideraciones de orden superior.

5. El orden es un presupuesto de la justicia.

No es posible hablar de justicia social allá donde no existe un elemental orden público. Si el orden es injusto, puede aspirarse a un trastorno que lo sustituya por otro, pero la ausencia permanente de orden nunca es compatible con la justicia. Las primeras víctimas de la alteración del orden público son siempre los más débiles; por eso el orden es un imperativo social, incluso más que político. Y si los responsables del orden desertan de sus obligaciones sociales, entonces la injusticia se enquista. Los disturbios que hoy se han hecho ya habituales en nuestras ciudades son la culminación de un proceso de deterioro de la legalidad atestiguado desde hace décadas. 

La ley lleva años inhibiendo su rigor en ciertas zonas suburbanas: primero, la policía se abstuvo para no contravenir dogmas “políticamente correctos”; después, porque la desidia terminó haciendo esos barrios simplemente ingobernables. Al calor de ese desorden tolerado por el Estado han crecido guetos, mafias, tribus urbanas que han desplegado un clima perenne de preguerra civil. Los enfrentamientos entre musulmanes y judíos han sido noticia cotidiana, como las agresiones “anti-blancas” por parte de grupos de musulmanes y africanos; con frecuencia estas agresiones terminan provocando llamamientos públicos de diversas personalidades. Estas cosas son “noticia cotidiana” o, más exactamente, han sido noticia cotidianamente ocultada, porque los medios de comunicación se han impuesto una férrea autocensura de carácter ideológico. Desde hace años, nuestros medios de comunicación (en esto los pioneros fueron los franceses), cuando informan sobre un delito cometido por algún individuo perteneciente a una minoría étnica, no hablan de “un magrebí” o de “un senegalés”, sino de “un joven”; hasta el punto de que el ciudadano entiende perfectamente quiénes son los “jóvenes”, dado que los blancos, por lo general, son citados sin ocultar su filiación. Así se ha alimentado un proceso semejante a un circuito cerrado: la policía abandona los barrios marginales, en éstos crece la violencia, los medios la camuflan “para no provocar racismo”, de modo que el problema se cierra sobre sí mismo. El resultado ha sido un estado de permanente desorden. Pero, al final, tolerar el desorden equivale a estimular la violencia y la injusticia. No cabe justicia (social) si no hay un orden (justo) que la garantice.

6. Es preciso contener al Islam en Europa.

Aunque la agitación no es producto directo de la fe en el Islam, es innegable que el radicalismo islámico está jugando un papel importante no sólo en episodios bien conocidos como los de París, sino también en las violencias que, en distinto grado, vienen produciéndose en la periferia de otras muchas ciudades desde hace años. Los temas del fundamentalismo islámico parecen haberse convertido en banderín de enganche para una segunda (incluso tercera) generación de inmigrantes, de origen magrebí o subsahariano, desarraigados, que a través del Islam canalizan su agresividad. El hecho de que ese islamismo sea un pretexto político o social, más que una convicción propiamente religiosa, no altera el fondo del problema; más aún cuando las propias organizaciones cercanas al islamismo radical en Europa, como el MRAP (paradójicamente, “Movimiento contra el Racismo y por la Amistad entre los Pueblos”), suben a la misma ola. 

Es una evidencia que la religión islámica se ha convertido en un agente de desestabilización: ya sea a través de la persecución religiosa, como en Indonesia o Pakistán; ya sea a través del terrorismo, como en los atentados de Nueva York, Madrid o Londres; ya sea a través de la agitación social, como en el caso de París o Amberes. El Islam y su entorno se están manifestando como una fuente directa de peligro para la paz. Por bien intencionados que sean algunos de sus líderes oficiales, la agitación fundamentalista corre como pólvora entre los musulmanes. 

Sería suicida no tomar medidas severas de control para contener un fenómeno que el propio Islam “formal” reprueba. Tales medidas de control no pueden limitarse a un repertorio de tipo policial, sino que también deben ahondar en las razones que vienen haciendo al Islam incompatible con la vida en las sociedades occidentales. El modelo de integración multicultural ha fracasado en Holanda, como recientemente constataba Paul Scheffer; el modelo “republicano” ha fracasado en Francia, como hemos podido constatar todos. En ambos casos, la causa del fracaso es la irreductibilidad del fundamentalismo religioso-político de cuño musulmán. Parece obvio que ese fundamentalismo debe ser combatido y, cuando menos, neutralizado.

7. Cosmópolis no es viable.

Durante el último medio siglo, nuestras sociedades occidentales se han construido bajo el modelo teórico de una Cosmópolis de cuño universalista, inspirada por los valores –modernos- del individualismo y el igualitarismo abstractos. Han (hemos) tratado de hacer realidad el viejo sueño moderno del cosmopolitismo, es decir, una sociedad universal y homogénea, de individuos iguales, sin especificidades culturales ni religiosas, donde cada cual atienda a su propio interés utilitario, apenas atemperado por vagas invocaciones a la solidaridad con cargo a los presupuestos de la protección oficial. En este proyecto cosmopolita han venido a coincidir tanto las derechas liberales como las izquierdas socialdemócratas. 

Pues bien, hoy ese sueño de la Cosmópolis moderna se está manifestando como una atroz pesadilla. No funciona ni siquiera en los Estados Unidos, viejo baluarte del melting-pot donde, supuestamente, todos caben. Y es que, sencillamente, no es posible gobernar a los hombres como si fueran átomos individuales, iguales en cualquier parte, intercambiables sobre cualquier suelo, modelados bajo un único patrón cultural. Cosmópolis no es viable. Las sociedades occidentales parecen pensar que su proclamado universalismo es realmente una propuesta de construcción social universal, apta para todos, con la que todos pueden –deben- alinearse. 

No es verdad: el universalismo, entendido como cosmopolitismo, es una creación específicamente occidental y moderna, sólo inteligible en nuestros parámetros de civilización. Y del mismo modo que no podemos sensatamente esperar que todo el mundo se organice, sin resistencias, a nuestra imagen y semejanza, así tampoco podemos esperar que todos los hombres que llegan a nuestras sociedades, vengan de donde vengan, se conviertan a nuestro sistema de civilización.

8. Europa necesita recobrar la conciencia de sí misma.

¿Y cuál es nuestro sistema de civilización? Esa es posiblemente la primera pregunta que deben responder unos europeos que, en general, parecen haber abandonado cualquier idea sobre el propio ser para abrazar un tipo de vida exclusivamente económica. Los debates en torno al proyecto de Constitución Europea fueron suficientemente elocuentes: aquel texto, tan prolijo en reglamentaciones, sin embargo obliteraba toda definición de Europa, de modo que lo mismo podía servir para la UE que para cualquier otro espacio del planeta. Y esa es la misma Europa que ahora pretende defenderse –por ejemplo, de una inmigración refractaria a la integración- sin saber ya qué es exactamente lo que quiere defender, salvo el mobiliario urbano. 

El principal problema que aqueja hoy a Europa no es económico, político o militar: es cultural

Mal podremos enarbolar principios, invocar la integridad de nuestras culturas y la cohesión de nuestras sociedades, si ignoramos quiénes somos, qué herencia traemos y por qué vivimos juntos; si limitamos todo nuestro horizonte a una frágil acumulación de bienestar. Europa necesita una decisión sobre sí misma que señale proyectos comunes, marque límites a su realidad física, geográfica –política-, y le permita reconocerse en su propia identidad. Eso afecta a Europa en su conjunto, a cada nación europea en particular y a todos los ciudadanos europeos en general. 

Cuando es el propio sistema de convivencia el que se pone en cuestión, es porque las verdaderas preguntas habitan en estratos aún más hondos. Las respuestas son ya urgentes.

Fuente                               José Javier Esparza
blogesparza                  (Publicado originalmente en Razón Española, nº 135, 2006)