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miércoles, 23 de julio de 2014

LA LEY MORDAZA



Las claves del nuevo proyecto de Ley de Seguridad Ciudadana


Las infracciones graves y muy graves tendrán tres tramos. Permite retenciones policiales durante un tiempo máximo de seis horas.
El Consejo de Ministro ha aprobado este viernes el proyecto de Ley de Seguridad Ciudadana, que regula por primera vez los cacheos policiales en la vía pública, las retenciones policiales de hasta seis horas (una situación a medio camino entre la libertad y la detención), que tipifica nuevas infracciones y que deja regulada por ley la prohibición de que los agentes de las Fuerzas de Seguridad hagan identificaciones basadas en perfiles étnicos.
El texto final queda bastante suavizado respecto al anteproyecto de ley aprobado en La Moncloa el pasado mes de noviembre, y no sólo porque ha pasado por instituciones como el Consejo de Estado, el Consejo Fiscal, el CGPJ o el Defensor del Pueblo, sino porque en los últimos meses también se han añadido modificaciones solicitadas por ONGs como Amnistía Internacional, Greenpeace o Intermon Oxfam.
Ahora el texto deberá ir a las Cortes Generales, donde los diferentes grupos políticos podrán hacer las modificaciones que consideren oportunas tanto en el Congreso de los Diputados como en el Senado, y donde se harán notorias las fuertes críticas que ha recibido este embrión de ley desde los partidos más izquierdistas de la oposición, que no dudaran en colocarle el sobrenombre de "ley mordaza".
A continuación, se destacan los aspectos más novedosos y destacados del proyecto de Ley de Seguridad Ciudadana, una de las reformas estrellas del ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, para la primera legislatura del Gobierno Rajoy.
Tramos de multas. El nuevo proyecto de ley mantiene la cuantía de las multas que a se establecían en la Ley de Seguridad Ciudadana de 1992. Las infracciones leves serán multadas en un rango de 100-600 euros; las infracciones graves con 601-30.000 euros; y las multas muy graves con 30.001-600.000 euros. La novedad reside en que en los dos últimos tipos, se crea una división entre grado mínimo, grado medio y máximo, en función del cual se impondrá la sanción económica, para la cual también se tomará en consideración la capacidad económica del infractor. A priori, siempre se considerarán de grado mínimo salvo que se den algunas determinadas circunstancias como la reincidencia, que lo elevan a grado medio. El grado máximo solo se aplicará cuando se justifique por el número y entidad de las circunstacias concurrentes.
Identificación de personas. Se deberá hacer dentro de la proporcionalidad y sin discriminaciones, por lo que los agentes de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado tendrán prohibido hacer identificaciones indiscriminadas o basadas en perfiles étnicos. Los podrán hacer cuando "existan indicios de que han podido participar en la comisión de una infracción" o cuando se considere "razonablemente" necesario para prevenir la comisión de un delito. Será una infracción grave la negativa a identificarse a requerimiento de la autoridad de sus agentes, así como facilitar datos falsos o inexactos en los procesos de identificación.
Retenciones de seis horas. El proyecto de Ley de Seguridad Ciudadana trae consigo como principal novedad la retención policial durante un plazo máximo de seis horas, una situación en la que el individuo queda a mitad de camino entre la libertad y la detención. Sólo se podrá hacer en tres supuestos: en el cacheo, en las pruebas de alcoholemia y en la identificación policial. En el caso de que los agentes lo consideren necesario, el ciudadano podrá ser trasladado a las dependencias policiales más próximas. Esta retención no podrá superar el tiempo anteriormente mencionado, a partir del cual el ciudadano deberá salir en libertad o ser detenido. Las personas que hayan sido retenidas siguiendo este procedimiento podrán solicitar un certificado que acredite el tiempo que han pasado en las dependencias policiales.
Controles en vías públicas. El texto del proyecto dice que se podrán llevar a cabo "restricciones del tránsito y delimitar zonas de seguridad en la vía pública en supuestos de alteración real o previsible de la seguridad ciudadana"; para la prevención y detención de los partícipes en delitos de especial gravedad o generadores de alarma social; y que los agentes podrán comprobar y "ocupar" (retirar) objetos que generen un riesgo potencialmente grave para las personas o puedan ser utilizados en la comisión de delitos o para alterar el orden público.
Cacheos. Se regulan por primera vez los registros corporales externos. Sólo se podrán llevar a cabo con el objetivo de prevenir o esclarecer un delito. Deberá hacerse de manera proporcional y tendrá que ser llevado a cabo por un agente del mismo sexo. En caso de que sea necesario que el registrado se quite algo de ropa, se deberá hacer en un lugar reservado, lejos de la vista de otros ciudadanos.
Disolver manifestaciones o concentraciones. Sólo se podrán llevar a cabo si no cabe una medida menos intensa para mantener o restablecer la seguridad ciudadana. También se podrán disolver concentraciones de vehículos.
Sujetos de responsabilidad. Se elimina toda posible atribución de responsabilidad a los organizadores de reuniones o manifestaciones por las infracciones en que puedan incurrir los participantes de esa convocatoria, aunque sí serán los responsables. Asimismo, el texto establece, por primera vez, la responsabilidad solidaria de los padres, tutores o guardadores por los daños o perjuicios ocasiones por los menores.
Reventar manifestaciones y disturbios. Por primera vez se recoge como una infracción el hecho de que una persona perturbe el desarrollo de una reunión o manifestación. La conducta será delictiva sólo en el caso de que esa perturbación sea grave, pues se considera que impide el libre ejercicio de los derechos de reunión y manifestación. Será considerada como una infracción grave tanto la negativa a disolver concentraciones o manifestaciones como causar desórdenes públicos en las vías, espacios o establecimientos públicos, así como provocar incendios en la vía pública que representen un peligro para las personas o bienes u ocasionen una alteración de la seguridad ciudadana, cuando tales conductas no sean constitutivas de delito. También será falta grave la obstaculización de la vía pública con mobiliario urbano, vehículos, contenedores, neumáticos u otros objetos que ocasionen una perturbación grave de la seguridad ciudadana.
Protección de los agentes de las Fuerzas de Seguridad. El uso no autorizado de imágenes o datos personales o profesionales de autoridades o miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad que pueda poner en peligro la seguridad personal o familiar de los agentes, de las instalaciones protegidas o en riesgo el éxito de una operación, sin menoscabo del derecho fundamental a la información, serán consideradas infracciones graves. Las injurias, faltas de respeto o desconsideraciones que se realicen durante manifestaciones o concentraciones, cuando los agentes están en el cumplimiento de sus funciones, serán consideradas como infracciones leves, siempre que no sean constitutivas de delito.
Prostitución. Se sancionará a los clientes de prostitución que contraten servicios en zonas próximas a colegios, parques infantiles u otras zonas de ocio reservadas a menores. A las prostitutas se les informará de que no pueden ofrecer sus servicios en esas zonas y, en el caso de que no atiendan a esta advertencia, se les sancionará por desobediencia a los agentes de la autoridad.
Acoso a instituciones. El proyecto de ley establece que las reuniones frente a las sedes del Congreso de los Diputados, del Senado o los parlamentos autonómicos se sancionarán como infracciones graves cuando se ocasione una perturbación grave de la seguridad ciudadana. Asimismo, también serán infracciones graves impedir a cualquier autoridad, empleado público o cororación oficial el ejercicio legítimo de sus funciones, el cumplimiento o ejecución de acuerdos o resoluciones administrativas o judiciales, siempre que se produzcan al margen de los procedimientos legalmente establecidos y no sean constitutivos de delito.
Registro de infractores. El Ministerio del Interior crea un Registro Central de Infracciones contra la Seguridad Ciudadana para poder apreciar la reincidencia, aunque siempre siguiendo las indicaciones de la Agencia de Protección de Datos.
Punteros láser. No regulado en la anterior ley de 1992, se tipifica como falta muy grave la proyección de haces de luz, mediante cualquier tipo de dispositivo (aunque tiene como objetivo principal a los punteros láser), sobre los pilotos o conductores de medios de transporte que puedan deslumbrarles o distraer su atención y provocar accidentes.
Entrada y registro en domicilios. Se mantiene en los mismos aspectos que en la Ley de Seguridad Ciudadana de 1992, es decir, los agentes de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado sólo podrán entrar en un domicilio privado con una orden judicial previa o en caso de que se esté cometiendo un delito flagrante. Inicialmente la redacción establecía la posibilidad de que pudiesen realizar un registro si contaban con la autorización del propietario, aunque esta modificación finalmente ha sido retirada del texto final.
Uso público de uniformes o réplicas. El proyecto de ley tipifica como una infracción grave el uso público de uniformes, insignias, o condecoraciones oficiales, o réplicas de los mismos, así como otros elementos del equipamiento de los cuerpos policiales o de los servicios de emergencia sin estar autorizado para ello, cuando no sea constitutivo de delito.
Cundas. El traslado de personas, con cualquier tipo de vehículo, con el objeto de facilitar a éstas el acceso a drogas tóxicas, estupefacientes o sustancias psicotrópicas, lo que habitualmente se denominan cundas, siempre que no constituya delito, será considerado como una infracción grave.
Custodia de documentos oficiales. El nuevo proyecto de ley establece como infracción leve la negligencia en la custodia y conservación de la documentación personal legalmente exigida, considerándose como tal la tercera vez en un plazo de tres años que se pierde el DNI o similar.
Precintos policiales. Será considerado como una falta leve apartar o quitar vallas, encintados u otros elementos fijos o móviles colocados por las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad para delimitar perímetros de seguridad, aunque este perímetro sea de con carácter preventivo.

Fuente                                  J.Arias Borque
libertaddigital

martes, 22 de julio de 2014

LA OTRA CARA DEL PODER



El miedo

Miedo es la expectativa de un mal futuro; por lo mismo que también admite alguna probabilidad de bien, encierra esperanza. Hay que distinguirlo del temor, un miedo razonado y capaz de prevenir lo temible, así como del terror, un miedo extremo paralizante, y de la desesperación que abandona toda esperanza para aguardar el mal seguro. Pues bien, el miedo no es sino la otra cara del poder. Desear es desear poder y, a la vez, temer ver incumplido ese deseo; el miedo es el deseo de que lo temible no comparezca o de acumular poder para vencerlo..., junto con el temor a no poder. El apetito de poder, materializado por las consignas separatistas en Cataluña y vascongadas, implican una cierta impotencia real, igual que el miedo supone una impotencia pero contiene también alguna esperanza de superarla.
El miedo radical es el miedo a la muerte como tal, del que las otras figuras del miedo resultan sus síntomas o consecuencias. Pero el miedo específicamente político es el temor a la muerte violenta, que adopta, según los tratadistas clásicos, varias formas:
1ª.- El miedo mutuo o natural, que es el miedo de todos a todos. Se trata de una pasión todavía pre-política pero sin ella el hombre carecería de motivo para ingresar en el orden civil. Es el miedo que impregna el estado de naturaleza o de guerra.
2ª.- El temor al estado de guerra, o sea, el miedo mismo al miedo indefinido e insuperable. En tanto que producto último del estadio anterior, conduce a la voluntad de paz mediante la transformación del miedo mutuo en confianza recíproca o pacto social. La condición de posibilidad de este pacto es que haya miedo, pues quien no teme, no pacta; pero no un miedo extremo que desdeñe todo arreglo pacífico, Para que tal pacto sea válido es preciso que exista ese miedo natural, no un miedo sobrevenido o "justificado", es decir el temor fundado a que la otra parte incumpla su parte en el pacto. Podemos decir que en el caso de Cataluña, nos encontramos en una situación en la que una de las partes no cumple lo pactado ni tiene ese miedo natural imprescindible para crear pactos, ni temor a que el poder del Estado cumpla con sus obligaciones. Y así surge entonces:
3ª.- El miedo común o civil, que es el miedo al soberano o al Estado, el miedo de todos a uno. Pues no basta el mero conocimiento de las leyes naturales ni la alianza de muchos, si no se hace temer, para librarnos del miedo. El único remedio contra aquél miedo recíproco inicial es el miedo a un poder también común que entre todos hemos constituido y a un tiempo depositado en el soberano; esto es , el miedo al castigo previsto y efectivo que está contemplado en la Constitución bien por la intervención por parte del Estado de las Instituciones que gobiernan la Autonomía, bien por el uso efectivo de la fuerza contemplado en el artº 8º. De suerte que el poder del Estado llega tanto como su capacidad de infundir ese miedo común capaz de suprimir nuestro miedo mutuo. En cuanto que este ha reaparecido, ha desaparecido el poder soberano o del Estado como en Cataluña.
4ª.- El miedo del Estado mismo, que se manifiesta primero como miedo al poder de otro Estado, y que es señal de permanencia del estado de naturaleza y guerra en el orden internacional. La lógica del pacto social no descansaría hasta asegurar la paz perpetua... Pero también hay un miedo del estado hacia sus ciudadanos, el miedo de uno a todos, porque la multitud resulta temible a los que mandan, y les retiene así de caer en un poder absoluto, que es lo que puede pasar en España en general.
Así, pues, la falta de miedo, justificado por una impotencia acomplejada por parte del gobierno de España, a ser corregido es la razón de ser de esta manifiesta sublevación catalana y vasca.
                                Enrique Area Sacristán
            Teniente Coronel de Infantería. Doctor por la Universidad de Salamanca

Fuente       
elespiadigital  
"Aquel quien pierde sus riquezas pierde mucho; aquel quien pierde a un amigo pierde más; pero el que pierde el valor lo pierde todo.Miguel de Cervantes

lunes, 21 de julio de 2014

TRAGEDIA, ISLA O CONFEDERACIÓN




Portugal y el temblor de Europa

Europa tiembla. Está temblando desde inicios de los noventa, cuando la URSS se desmoronó. Este derrumbe es la gran clave de la historia contemporánea: algo como la caída del imperio romano de Occidente, en 476. Hoy ya lo podemos afirmar porque han pasado un par de décadas y, desde ese desplome soviético, el mundo ha cambiado: es cada vez más otro mundo, muy distinto del que había antes.
Las consecuencias mundiales de la implosión de la URSS son conocidas: el neoliberalismo se ha transformado en un pulpo planetario, que todo lo controla y descontrola; el tercer mundo asciende, transformado en vivero de mano de obra barata, mientras el primer mundo decae; las sociedades se dividen en dos clases extremadas: una nueva aristocracia que flota en los palacios de Versalles de los aeropuertos y una gran masa de siervos de la gleba atados a contratos inciertos de sueldo bajo.
Con sutileza oriental, China inventó un camino del medio confuciano entre comunismo y capitalismo que, por ahora, está funcionando. Estados Unidos, bajo la presidencia de Obama, patina hacia abajo. Ante la nueva realidad mundial, el Vaticano se ha dado la voltereta: cuando la Iglesia, con su prudencia, cambia de rumbo es porque ya el planeta va lanzado en una nueva dirección. Y Europa tiembla.
Vivimos, en primer lugar, un temblor económico. Europa occidental ya no es el escaparate lujoso que el capitalismo exponía ante los países comunistas, para tentarlos con el cuento del bienestar basado en el hada madrina del capital. Poco a poco, en un angustiante goteo, las reglas generales del mundo se cuelan en nuestro continente: existe una esfera social privilegiada, que habla de recuperación económica, mientras una mayoría aprende, dolorosamente, las limitaciones de su nuevo estatus de servidumbre contemporánea.
Existe, además, un temblor político. Los misiles soviéticos apuntados a las capitales de Europa occidental eran una fuente permanente de cordura para los hombres públicos. Todo el proceso de aproximación entre los países de nuestro continente a lo largo de la segunda mitad del siglo XX tuvo, como una de sus bases, la necesidad de sobrevivir ante la inmensa amenaza soviética. Y ahora, aunque sigue habiendo misiles, ya no es lo mismo. Podemos considerar el regreso a los viejos países.
El temblor económico y el político se dan la mano y ahí está un consecuente estremecimiento fronterizo. Ese suave seísmo de las lindes nacionales nos muestra bien tres posibilidades que tienen, que siempre han tenido, las viejas culturas europeas. Primera: ser tragedias, como ocurrió en la antigua Yugoslavia y está ocurriendo, en parte, en Ucrania. Segunda: transformarse en islas, en castillos que, sin dejar de relacionarse con las otras naciones, controlan cuidadosamente sus murallas. Ahí están Noruega y Suiza. Por fin, seguirá habiendo confederaciones: casi siempre las ha habido en Europa.
La reunificación alemana ha contribuido para todo este desequilibrio. Hoy en día, está claro que Francia y el Reino Unido no se sienten cómodos con el actual poder germánico. La nación gala refunfuña: el país de las revoluciones está cogiendo carrerilla para armar un buen motín. Los británicos, aparentemente, quieren volver a lo suyo de ser isla. Por otra parte, el pegamento monetario del euro no acaba de funcionar.
En Portugal, vivimos una hora atípica de nuestra historia. Entre esas tres posibilidades que se ofrecen a una cultura europea -ser tragedia, isla o confederación-, lo nuestro era diseñar un país insular que, a través de su imperio, se transformaba en viable archipiélago. Vivíamos lejos de Europa, sin salirnos de ella. Así fue durante centenares de años. A lo largo de la primera mitad del siglo XIX, invadidos por Napoleón y heridos por una dura guerra civil, supimos lo que era ser tragedia. Pero ahora, curiosamente, nos hemos metido en una confederación: algo que no es normal en nuestra historia.
Nuestra única experiencia confederada ocurrió entre 1580 y 1640, cuando formamos parte de la corona hispánica con un Estatuto de considerable autonomía. Pero terminamos volviendo al cobijo de nuestro archipiélago imperial. Pudimos hacerlo porque teníamos el enorme pulmón brasileño, nuestra gran colonia de entonces, en la retaguardia: las riquezas americanas alimentaron la independencia recuperada. Ahora no tenemos nada de eso: por ello, el país está a la expectativa, incómodo con su actual situación, consciente de que, de momento, no existe otra salida.
El autor de estas líneas es un europeísta. Ve con tristeza las banderas nacionales renaciendo por todas partes. Todos los días los viejos países se afirman, y Europa retrocede. Ya no están ahí los misiles soviéticos para hacernos entrar en razón. En Europa, parece, van a pasar cosas. Después de la cuesta de la austeridad, estamos en la parte de arriba de una montaña rusa. conf Antes de zambullirnos en la turbulencia política que se avecina, conviene que sepamos qué casilla es la nuestra en el tablero europeo. 

Conviene, también, que tengamos claro si queremos ser tragedia, isla o confederación.

Fuente                        Gabriel Magalhães 
caffereggio

domingo, 20 de julio de 2014

€UROESTAFA



EUROESTAFA.Un documental incomodo

¿Cómo explicar que del esplendor de la burbuja inmobiliaria, hayamos pasado a una crisis económica sin precedentes? 

€uroestafa narra un viaje al pasado para entender la involución económica y social del presente. Un viaje que nos ayudará a esclarecer ciertas tramas económicas difusas de nuestra historia, que han sido claves para el devenir de la sociedad Española y Europea. El documental indaga en los orígenes de la crisis, cuestionando el desarrollo de momentos históricos tan importantes como la Unión Económica y Monetaria.

Está dirigido por Guillermo Cruz y se basa en los estudios económicos del Catedrático en economía inmobiliaria Ricard Vergés, cuya experiencia en la estadística y contabilidad nacional, nos ofrece una investigación fiable con más de 20 años de estudio. 

Fuente

sábado, 19 de julio de 2014

LOS DISIDENTES



Liberalismo contra Democracia 

El espíritu del tiempo en el que vivimos –y la retórica de los poderes dominantes– ha impuesto a las mentalidades de gran parte de nuestros contemporáneos la convicción de que la democracia liberal es la forma más avanzada de convivencia colectiva . Y de que constituye un punto de no retorno, una conquista definitiva que no hay derecho a discutir o a negar en su raíz, sino todo lo más en sus concreciones específicas.


Cualquier estudiante de primer o segundo curso de una Facultad de Ciencias Políticas sabe que las leyes electorales son un instrumento esencialmente de manipulación. Es decir, sirven, según qué fórmula tengan en su base, para manipular la relación entre la voluntad de los electores, expresada a través del voto a un candidato y/o a un partido, y el resultado de sus elecciones, o sea la presencia en las instituciones de cargos electos que correspondan a sus opiniones y sus expectativas.
En los sistemas mayoritarios uninominales a una sola vuelta, por ejemplo, en todos los colegios electorales la mayoría de los que acuden a las urnas queda habitualmente sin representación, ya que resulta elegido sólo el candidato que obtiene más votos, sea cual sea el porcentaje que alcance. El preferido por el 30% termina a menudo derrotando al 70% que no lo quería. De modo análogo, aunque con más moderación, funcionan los sistemas uninominales a doble vuelta, que eliminan del partido decisivo a todas las "minorías" (en realidad, no raramente mayoritarias en conjunto) que han apoyado a candidatos que han quedado en el tercer puesto o debajo, y los sistemas proporcionales dotados de umbrales mínimos o de circunscripciones con pocos escaños en disputa (donde, para tener un elegido, hace falta llegar al 25 ó 30%). Sólo los mecanismos proporcionales puros se acercan a la capacidad de fotografiar la realidad de las opiniones y de los deseos del cuerpo electoral, aunque nunca de modo perfecto, porque la atribución de escaños queda de todos modos sujeta a fórmulas matemáticas más o menos complicadas para calcular los votos que sobrepasan el cociente que da derecho a cada escaño (los llamados "restos") .
Hasta aquí, el ensayo podría parecer un ejercicio apresurado de competencias técnicas, un capricho de politólogo que tendría poco o nada que ver con la reflexión metapolítica que vertebra esta revista [Diorama Letterario]. Pero mirando más allá de lo aparente, uno se da cuenta de que las cosas son de un modo bien distinto.
Lo único aceptable hoy, la democracia liberal convencional
El espíritu del tiempo en el que vivimos –y la retórica de todos los que, después de haber contribuido a forjarlo así, no se cansan de nutrirlo y de declinarlo en formas actualizadas constantemente según sus propias intenciones– ha impuesto a las mentalidades de gran parte de nuestros contemporáneos la convicción de que la democracia liberal es la forma más avanzada de convivencia colectiva producida por el progreso de la civilización. Y de que, como punto de llegada de un largo y atormentado camino, constituye un punto de no retorno, una conquista definitiva que no hay derecho a discutir o a negar en su raíz, sino todo lo más en sus concreciones específicas. Tanto que exportarla también a países que todavía no la han adoptado o que no la aplican según las instrucciones recibidas se ha convertido en un deber ético. Que puede implicar también el recurso a instrumentos bélicos o, en el caso más suave, a la instigación —organizada y apoyada con instrumentos económicos y mediáticos— de revuelta de plaza o de palacio.
La imposición de este dogma liberal, de sus premisas ideológicas (obviamente nunca presentadas como tales, sino camufladas de exigencias del sentido común o de elementos de un código moral universal) y de sus consecuencias se basa en la repetición incesante, a través de los canales de comunicación, de algunas fórmulas estandarizadas
Una de ellas es la existencia de un "sentido de la Historia", vehículo del Progreso, al que es inútil oponerse porque "no se puede volver atrás". Otra impone considerar las instituciones y las prácticas liberales como el fruto maduro de esta marcha de lo Bueno y de lo Justo a través del tiempo. Otra más obliga a atribuir al contenedor político de la ideología liberal la etiqueta de democracia, porque la palabra conserva la promesa de hacer del pueblo la piedra angular de la legitimidad de la acción de los gobernantes. Para completar el cuadro interviene la retórica de los deberes, de la libertad de expresión, del control desde abajo, de la transparencia y demás promesas.
El eje de la concepción liberal de la política es el concepto de representación. Desconocida para los fundadores de la democracia, que la concibieron como un lugar de expresión directa de la voluntad de la ciudadanía —o sea, de una colectividad territorializada y filtrada por rigurosos criterios de exclusión de los "extraños", que hoy la harían parecer más bien una aristocracia ampliada—, esta noción, como ha señalado entre otros la estudiosa inglesa Margaret Canovan, ha servido a los liberales, más que para consentir a la masa confiar sus propios deseos a representantes encargados de convertirlos en realidad, para excluir de los niveles de decisión al grueso de los ciudadanos, considerados incompetentes y no de fiar, en beneficio de un grupito restringido de enterados. Éstos —los elegidos— rápidamente han entendido cuántos y cuáles privilegios se derivaban de la posición alcanzada, y han constituido un grupo aparte (la "casta" de la que tanto se habla hoy), cortando, al prohibir el mandato imperativo, el vínculo que les habría obligado a someterse a la dictadura de la opinión pública. No ha hecho falta mucho para que, actuando así, el ejercicio de la acción política se transformase en una (lucrativa) profesión, transmisible por línea familiar, de partido o de clientela, expropiando al pueblo —al mismo tiempo instigado a fragmentarse en una polvareda de átomos independientes por la difusión de la mentalidad individualista, por la disolución de los cuerpos sociales intermedios y por la burla del espíritu comunitario— de sus prerrogativas de legitimación, relegadas al ámbito formal de las proclamaciones constitucionales.
La casta frente al pueblo
Para que este proceso se consolidase y para que la clase política pudiese perfeccionar esos mecanismos de cooptación elitista y de círculos cerrados que le habrían de permitir reproducirse más o menos pacíficamente —y que ya fueron bien estudiados por Pareto, Mosca y Michels— era preciso que se redujese a la mínima expresión la influencia de las presiones desde abajo sobre la esfera gubernativa. Y para ese fin sirvieron dos montajes: el progresivo paso de las fórmulas electorales proporcionales, ligadas a la ampliación gradual del sufragio como resultado de las movilizaciones de las masas obreras, campesinas y de clase media de fines del XIX y principios del XX, a las mayoritarias, y la limitación de los instrumentos de democracia directa, empezando por los referendos, las peticiones y las iniciativas legislativas populares.
Estas consideraciones nos devuelven al punto de partida. Desde hace algunos decenios, en paralelo a la presión sobre la política desde otros campos de ejercicio del poder —en primer lugar la economía, sobre todo la financiera, pero también la magistratura y el poder mediático, además del sucedáneo de autoridad religiosa que representan los clérigos laicos, esos intelectuales "políticamente correctos"—, los regímenes liberales han tendido a vaciar de contenido, paso a paso, todos los atributos genuinos de la democracia. Aunque no se podía renunciar, por razones funcionales evidentes, a hablar en nombre del pueblo (¿cómo se habría podido definir, si no, al detentador del poder legítimo?), se ha difuminado su perfil exaltando las prerrogativas del individuo y liberándolo de las obligaciones derivadas de su pertenencia a toda entidad comunitaria. Se han ridiculizado, cuando no demonizado, las ideologías, que habían servido largo tiempo como vínculo para sólidas (y por tanto peligrosas) identidades colectivas, degradándolas del rango de inspiradoras de proyectos de sociedad y de referentes para la convivencia civil a la mera condición de utopías humeantes y dañinas. Y en la misma línea se ha descalificado a los partidos que habían sido vehículo de esas ideologías, y que habían contribuido a su propio descrédito al transformarse en vehículo de los intereses clientelares y caciquiles de la clase de los que el hombre de la calle llama "los politicastros". Además, se ha hecho todo lo posible para neutralizar la capacidad del voto para condicionar la acción de los electos. El principal instrumento de esta operación ha sido el aumento del potencial manipulador de los sistemas electorales.
Lo vemos claramente en nuestros días. En nombre de una "gobernanza" que, por lo demás, como se ha demostrado muchas veces, ningún mecanismo técnico puede garantizar, porque a menudo los ejecutivos, incluyendo los monocolores, están a menudo más amenazados por las convulsiones internas en los partidos que los componen —reducidos a coaliciones provisionales e inestables de intereses de grupo y de ambiciones personales, que excluyen cualquier verdadera disciplina— que por la actuación de las oposiciones, la representación institucional de grandes bloques de población queda anulada. Allí donde están en vigor los sistemas mayoritarios, hay partidos que pese a disponer de forma estable del 15 al 20% de los votos, quedan excluidos de los Parlamentos y de otros entes electivos, mientras que otros con porcentajes mucho menores del electorado, pero aceptados en coalición por las formaciones mayores sí prosperan (el caso francés, con el Frente Nacional por un lado y el PCF y los Verdes por el otro, es un ejemplo, pero no el único). Las barreras de voto bloquean en otros contextos a los sectores de opinión "no alineados" con las tendencias encarnadas por los partidos dominantes, reforzados por un casi monopolio de los medios de comunicación y por el apoyo de los poderes financieros. El objetivo es siempre y en todo lugar el mismo: imponer y mantener un bipolarismo del pensamiento, que establece los límites del "pensamiento correcto" y distribuye los espacios dentro de la aceptabilidad política según las oscilaciones momentáneas de los humores de la parte privilegiada del electorado (la que, no llegando a menudo ni al 50% de los electores, se reparte la casi totalidad de la representación) entre las versiones "progresista y moderada", "de centroderecha y de centroizquierda" o "socialdemócrata y conservadora" del común credo ideológico. Esta es la (única) alternancia grata a los defensores del pensamiento único liberal, hoy hegemónico.
El horrible proyecto de Ley Frankenstein en discusión en el Parlamento italiano en el momento en que escribimos, una macedonia indigesta de retazos de legislaciones vigentes en varios países con el añadido de inventos caseros aún más penosos, que combina un enorme premio de mayoría, la obligación de crear coaliciones en las que los partidos menores se sometan a los mayores si no quieren verse sin un solo escaño (pero con la promesa segura de verse recompensados a otros niveles con dádivas clientelares por el sacrificio realizado), altas barreras de exclusión, listas bloqueadas de candidatos impuestas por las secretarías de los partidos, e incluso un segundo turno entre las dos coaliciones heterogéneas que se hayan impuesto en el primero, es uno de los ejemplos más eficaces de esta voluntad de anulación de la disidencia y de imposición del duopolio ideológico liberal. La impone la lógica del abuso. O siendo más benévolos, la filosofía de juegos de cartas como la escoba. Por encima de todo está el ansia de poder absoluto, quizá por quinquenios alternativos, de figuras despóticas como Matteo Renzi o Silvio Berlusconi, soberanos de partidos ya sometidos o en vías de sumisión a la lógica de la personalización.
Pero lo que reduce a sus mínimos términos la capacidad de expresión popular y aísla a los disidentes no son sólo estas triquiñuelas, que además si triunfan en Italia se extenderán por Europa. Está también la denigración de la consulta popular directa en referendos. Pensemos por ejemplo en lo sucedido hace poco en Suiza, donde una votación popular ha decidido que se creen cuotas de entrada en el país, que ha llegado a cifras record de inmigración, para los trabajadores extranjeros. Tras ese acto soberano ha venido una reacción indignada y a veces histérica de Gobiernos, medios de comunicación y partidos políticos de todos los países europeos. Por una parte, la posibilidad de expresión democrática se ha convertido en un mal que ha de ser combatido por todos los medios. Se ha llegado a indicar al Gobierno suizo que no tuviese en cuenta la opinión de sus ciudadanos, acompañando la advertencia con la interrupción de negociaciones, ruptura de acuerdos y amenaza de sanciones. Y muchos comentaristas, políticos y periodistas, han aprovechado la ocasión para atacar de frente la institución del referéndum, ya criticado hace tiempo por los mismos que se negaban a utilizarlo cundo se trataba de ratificar o no los tratados adoptados por los Gobiernos de la Unión Europea. Eso sabiendo (también por la sucesión de casos significativos de rechazo de las decisiones de la casta gobernante, en Francia, Holanda, Dinamarca o Irlanda) que si se deja a los pueblos libres de expresarse sobre temas polémicos el riesgo es que su voluntad se separe de las pretensiones de sus presuntos y autodefinidos representantes, los demócratas en una sola dirección, o para decirlo mejor los seguidores de la ideología cosmopolita y globalizadora del liberalismo de matriz mercantil, en guardia contra el peligro del referéndum. Invitando, donde existe la institución, a que se limite su aplicación.
La democracia, en definitiva, puede existir sólo para los bienpensantes ("políticamente correctos"). A quien esté fuera del coro se le impone la pena del silencio

La regla está ya hace tiempo en vigor en los canales decisivos de comunicación, empezando por la televisión, la prensa y la radio, donde las voces disidentes quedan sistemáticamente excluidas de debates y comentarios, según una lógica magníficamente descrita en su momento por Alexander Soljenitsin, para quien en Occidente deja de existir en el ámbito público aquel al que se le corta el micrófono. Ahora se nos propone aplicarla con el mismo rigor a nivel de masas, prohibiendo a los disidentes disponer de cargos electos de su confianza y poder expresarse con un sí o un no sobre las decisiones que les afectan.
El populismo es ahora la resistencia
A este adormecimiento progresivo de la disidencia se opone hoy políticamente un solo sujeto. Multiforme, no siempre coherente, dividido, a menudo bruto y aproximativo en el modo de expresarse, visceral, en muchos casos discutible en las actitudes y en las propuestas. Y sin embargo inevitablemente destinado, al menos de modo provisional, a constituir un elemento de molestia, si no es de contención, para la homogeneización cultural y psicológica querida por los señores del orden bipolar, para los restauradores de categorías políticas (izquierda y derecha) ya incapaces de expresar las verdaderas líneas de conflicto de nuestra época y aún así, justamente por eso, impuestas como instrumentos de entretenimiento de masa para la atención (a menudo pasiva y acrítica) del público dependiente de los medios de comunicación.
Este sujeto, a su manera "resistente", es el populismo. Que, más allá de sus evidentes límites, denuncia incansablemente la mistificación del principio representativo, la expropiación de la voluntad ciudadana por parte de la casta de políticos profesionales, reivindica el derecho de los pueblos a conservar identidades y tradiciones forjadas a través de los siglos, exige un reforzamiento de los instrumentos de democracia directa –del referéndum a internet, no sin algún desliz hacia la utopía de la democracia directa telemática- y los de control desde debajo de los cargos electos, se opone al poder excesivo de las finanzas, reclama mayor equidad social y lamenta tanto los excesos de intrusismo del Estado en la vida de los ciudadanos, empezando por la Hacienda, cuanto la erosión progresiva de la soberanía de las naciones en beneficio de ese Moloch burocrático que tiene su sede en Bruselas.
Quien ha estudiado el fenómeno conoce su heterogeneidad estructural.
 Y también quien lo observa superficialmente no tarda en darse cuenta de sus muchas ambigüedades, a partir de los puntos de discrepancia que aparecen cuando se comparan los programas de los diferentes movimientos o partidos que forman parte de esta familia tan sui generis o cuando se escuchan los discursos, o se observan los estilos, de Beppe Grillo y de Marine Le Pen, de Geert Wijlders y de Matteo Salvini, de Hans-Christian Strache y del sucesor de Pia Kjersgaard al frente del Danske Folkeparti, o de los exponentes de la UKIP británica, de los Sverigedemokraterna, de Jobbik, del Vlaams Belang, de los búlgaros de Ataka, de la lista anti-Euro alemana, de los Verdaderos Finlandeses y de todos los demás. Se necesita poco para darse cuenta de que no es fácil poner juntos a jacobinos y autonomistas, a defensores de la laicidad y a seguidores de tradiciones religiosas, a liberales y a defensores de un "chovinismo del bienestar". Y lo más llamativo es la vinculación de cada una de estas formaciones a su propio pueblo, con una mirada de indiferencia, si no es de desconfianza, hacia la suerte de los demás. Éste es un aspecto de la mentalidad populista que deja un fuerte escepticismo sobre la posibilidad de que un archipiélago tan desunido pueda, mañana, confluir en un frente de resistencia común contra un "sistema" que, por lo demás, todos proclaman que combaten.
Sin embargo, si la oposición al estado de cosas vigente se puede y se debe conducir, en el plano cultural, con mucha mayor coherencia y finura, en el plano político éste es el panorama real: los "feos, sucios y malos populistas" son los únicos dispuestos a representar en escena el papel de disidentes. Frente a ellos, los educados profetas de una reducción de la democracia a vehículo de imposición de una ideología consumista, materialista, cosmopolita, uniformadora.
 Quien sea consciente de lo que está en juego sabrá también (por ahora) de que parte estar.
Fuente                                   Marco Tarchi

viernes, 18 de julio de 2014

EJERCICIOS DE ADMIRACIÓN



Emil Cioran - A modo de confesión

Sólo tengo ganas de escribir cuando me encuentro en un estado explosivo, enfebrecido o crispado, en un estupor metamorfoseado en frenesí, en un clima de ajuste de cuentas en el que las invectivas sustituyen a las bofetadas y a los golpes

De ordinario, la cosa comienza así: un ligero temblor que se hace cada vez más fuerte, como tras un insulto que se ha soportado sin responder. Expresión equivale a réplica tardía o a agresión diferida: yo escribo para no pasar al acto, para evitar una crisis. La expresión es alivio, venganza indirecta del que no puede digerir una afrenta y se rebela con palabras contra sus semejantes y contra sí mismo. La indignación es menos un estado moral que un estado literario, es incluso el resorte de la inspiración. ¿Y la sabiduría? Es precisamente lo contrario. El sabio que hay en nosotros arruina todos nuestros ímpetus, es el saboteador que nos disminuye y paraliza, que acecha al loco que hay en nosotros para calmarle y comprometerle, para deshonrarle. ¿La inspiración? Un desequilibrio repentino, voluptuosidad irresistible de armarse o destruirse. Yo nunca he escrito una sola línea a mi temperatura normal. Y sin embargo, durante largos años, me consideré como el único individuo sin defectos. Ese orgullo me resultó benéfico: me permitió emborronar papel. He dejado prácticamente de escribir en el momento en que, al sosegarse mi delirio, me he convertido en la víctima de una modestia perniciosa, nefasta para esa febrilidad de la que emanan las intuiciones y las verdades. Sólo puedo escribir cuando, habiéndome repentinamente abandonado el sentido del ridículo, me considero el comienzo y el fin de todo.

Escribir es una provocación, una visión afortunadamente falsa de la realidad que nos coloca por encima de lo que existe y de lo que nos parece existir

Rivalizar con Dios, superarlo incluso mediante la sola virtud del lenguaje: ésa es la hazaña del escritor, espécimen ambiguo, desgarrado y engreído que, liberado de su condición natural, se ha abandonado a un vértigo magnífico, desconcertante siempre, a veces odioso. Nada más miserable que la palabra y sin embargo a través de ella uno se eleva a sensaciones de dicha, a una dilatación última en la que uno se halla totalmente solo, sin el menor sentimiento de opresión. ¡Lo supremo alcanzado mediante el vocablo, mediante el símbolo mismo de la fragilidad! Pero lo supremo se puede también alcanzar, curiosamente, a través de la ironía, a condición de que ésta, llegando hasta el extremo de su obra de demolición, dispense escalofríos de un dios autodestructor. Las palabras como agentes de un éxtasis al revés... Todo lo que es verdaderamente intenso participa del paraíso y del infierno, con la diferencia de que el primero sólo podemos entreverlo, mientras que el segundo tenemos la suerte de percibirlo y, más aún, de sentirlo. Existe una ventaja más notable aún, de la que el escritor posee el monopolio, la de poder desembarazarse de sus peligros. Sin la facultad de emborronar páginas, me pregunto qué hubiera sido de mí. Escribir es deshacerse de nuestros remordimientos y de nuestros rencores, es vomitar nuestros secretos. El escritor es un desequilibrado que utiliza esas ficciones que son las palabras para curarse. ¡Cuántos malestares, cuántos arrebatos siniestros no he superado yo gracias a ese remedio insustancial! Escribir es un vicio del que puede uno cansarse. A decir verdad, yo escribo cada vez menos, y acabaré sin duda por dejar de escribir totalmente, pues he dejado de encontrar el menor encanto a ese combate con los demás y conmigo mismo.

Cuando se aborda un tema, sea cual sea, se experimenta un sentimiento de plenitud, acompañado de una pizca de altivez. Fenómeno más extraño aún: esa sensación de superioridad cuando se evoca una figura que se admira. En medio de una frase, ¡con qué facilidad se cree uno el centro del mundo! Escribir y venerar se dan juntos: quiérase o no, hablar de Dios es mirarle desde arriba

La escritura es la revancha de la criatura y su respuesta a una Creación chapucera.

Fuente                               Emil Cioran 

jueves, 17 de julio de 2014

LOS DUEÑOS DEL CIRCO



El Neocapitalismo corporativo 

El sistema capitalista tiene sus orígenes en el desarrollo del mercantilismo y el crecimiento del poder financiero, surgidos en los alrededores del Renacimiento, pero su consolidación y diseminación global se originan en el siglo XIX, cuando la ciencia y la tecnología que venían teniendo un crecimiento exponencial desde el siglo XVII, son aplicadas directamente a la producción. 

El sistema de factorías y la acumulación de capital en manos de los dueños de ellas, la abolición progresiva de la esclavitud sustituyendo la mano de obra esclava por una mano de obra asalariada que constituirá el explotado proletariado, configuró un sistema en el que el capitalista no tuvo que preocuparse por la vivienda y sustento del trabajador, sino que se limitó a acumular la plusvalía que su trabajo produce (Carlos Marx dixit). Este fue el período clásico del capitalismo, lo que hoy conocemos como Capitalismo Industrial. En él, la acumulación de capital se concentraba en una nueva clase social, la alta burguesía, que casualmente era la dueña de las factorías, o manejaba el sistema financiero cada vez más complejo y a través del cual se movilizaba todo el sistema. 

Durante el siglo XX, pero sobre todo después de su primera mitad (al fin de la Segunda Guerra Mundial que provocó no solo un desplazamiento de los centros de poder, sino cambios sustanciales en los modos de producción y la propiedad de los mismos) empezó a consolidarse el sistema que tenemos hoy en pleno siglo XXI, el neocapitalismo corporativo. La propiedad de los medios de producción y el manejo del creciente poder financiero (que genera el dinero por especulación, sin necesitar de la producción, cambiando la ecuación trabajo=dinero por la de dinero=dinero) comienza a salir de las manos de los grandes "capitanes de la industria" o sus familias, para pasar a ser propiedad de corporaciones transnacionales, que cada vez más centralizan la acumulación de capital (y el poder consiguiente). 

Estas corporaciones no solamente van creciendo exponencialmente en tamaño, sino que se van asociando en inmensos conglomerados (megacorporaciones) cuyo número - en la medida que este proceso continúa - tiende a ser cada vez más reducido. Al día de hoy, cálculos de las Naciones Unidas (basados en la propia información suministrada por las propias corporaciones a los medios especializados) estiman que menos de 400 grandes empresas manejan más del 85% del capital total del sistema económico mundial. Si a eso agregamos otras estimaciones que calculan para este momento que el 1% de la población mundial (concentrado en las corporaciones) posee más que el 99% restante, queda claro cómo está distribuido el poder mundial contemporáneo. 

En este sistema del neocapitalismo corporativo, los gobiernos de los estados-nación - quienes suponemos tradicionalmente que controlan el poder social - se han ido convirtiendo paulatinamente en meros ejecutores de los intereses de las grandes corporaciones. 

Ya desde los años 50 el exgeneral y expresidente estadounidense Dwight D. Eisenhower advirtió del inmenso poder de lo que bautizó como "complejo militar - industrial", refiriéndose un grupo de corporaciones que tenían en sus manos sobre todo la fabricación de armas y equipo militar. George W. Bush sacó a la luz ese poder corporativo que siempre ha tratado de mantenerse fuera del conocimiento público, al incorporar directamente a su gobierno a altos ejecutivos de las principales corporaciones. El gobierno de Obama ha mantenido sistemáticamente esa línea, a través de una política exterior de su país totalmente determinada por los intereses de esos grandes complejos corporativos (complejo militar-industrial, petroleras, de servicios y consumo, mediáticas, etc.). Pensemos que puede quedar para otros gobiernos, aún de las otras grandes potencias, si el de la potencia central funciona bajo estas condiciones. España es un ejemplo claro, que muestra sin tapujos como el gobierno del PP depende directamente de las corporaciones españolas, que no solo financian todo el sistema político, sino que tienen al Estado español como su principal representante en el exterior. 

Y lo más grave de todo es que cuando se comienza a profundizar un poco se descubre que estas corporaciones: primero no son especializadas, cada gran conglomerado maneja simultáneamente toda área que produzca dinero (la Casa Disney por ejemplo, no solo es una de las grandes corporaciones mediáticas, sino que está asociada a fábricas de armas, petroleras, etc.) y segundo que, aunque puedan aparentar ser competidoras, están totalmente interrelacionadas institucional y económicamente entre sí, al extremo de formar una extensa red que cubre todo el planeta y que tiene intereses comunes. 

La otra característica importante de este sistema del neocapitalismo corporativo, es su capacidad para convertir en mercancía todo tipo de hecho cultural. Bajo el conocido nombre de neoliberalismo, el auge mundial de la "privatización" intenta convertir por ejemplo, a todo servicio del estado (educación, salud, servicios públicos, etc.) en una mercancía manejable y comercializable por el capital privado (el de las corporaciones).Todo aquello de lo que pueda sacarse un lucro y una renta es campo de uso para el sistema corporativo. 

Al fútbol también le toca 

Una muestra de la omnipresencia de las corporaciones en la vida cotidiana de los 7.000 millones de habitantes del planeta nos la está dando la Copa Mundial de Fútbol que se desarrolla en Brasil. Lo que los medios corporativos presentan al mundo como una fiesta internacional del deporte, constituye sobre todo un multimillonario negocio que tiene como exclusivos beneficiarios a un puñado de grandes corporaciones transnacionales. 

Fuente                               Miguel Guaglianone
sott.net