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lunes, 25 de noviembre de 2013

LA RAÍZ COMÚN


Constantino I, El Grande fue el artífice de un hecho histórico trascendental :

Convocó el Concilio de Nicea en el 325 d.C. que otorgó la legitimidad al CRISTIANISMO .Bizancio fue el germen de un imperio "multicultural" (mejor Intercultural) cristiano y heredero de la tradición romana Sirviendo de puente entre Oriente y Occidente e influenciado por las diferentes culturas y religiones del entorno mediterráneo .

"Un cuerpo romano, una mente griega y un alma oriental". Robert Byron

Mientras el Occidente se derrumba y entra en una  edad oscura, el Oriente se mantiene. La parte helénica del Imperio, no sólo sobrevive, sino que se desarrolla y prospera. Heredera del legado helenístico, reúne y sintetiza el saber antiguo de Egipto y Persia que, con la nueva religión cristiana, conformará un mundo y una cultura de la que nacerán otras...

domingo, 24 de noviembre de 2013

LOS ÚLTIMOS IBEROS



Gabriel Celaya y el orbe vasco

El año pasado fue el centenario de Gabriel Celaya (1911-2011) y me temo que pasó prácticamente desapercibido. Los “abertzales” no lo quieren, aunque él era y se sentía plenamente vasco, y en el resto de España –pese a la enorme fama que tuvo en los años 60, ayudado por cantautores como Paco Ibáñez- Celaya siempre fue un poeta polémico respecto a su calidad, a sus momentos de cierta rudeza estilística… 

Pero es bueno que Jon Juaristi haya reunido en Visor los tres libros vascos o vasquistas de Celaya, con el título –que ya usó el propio autor para los dos primeros- de “El silencio vasco”. Esos tres libros son “Rapsodia éuskara” de 1961, “Baladas y decires vascos” de 1965 –acaso el más flojo de los tres- e “Iberia sumergida” de 1978, sin duda el mejor…
En “Rapsodia éuskara”, que es un canto al mundo vasco, a sus singularidades y a su fuerza, Celaya (que se mete con el esteticismo andaluz, no por política, sino por literatura, ya que lo vasco es piedra y no flor) llega a la conclusión de que Euzkadi sólo puede ser España, pero no una España castellana –aunque perteneció a esa Corona- sino una España propia, diferente a las demás. (“Ahora, España, te llevamos,/ tú eres nuestra y por las buenas o las malas te violamos”). “Baladas y decires vascos”, que celebra leyendas e historias de la tierra, es el menos logrado de estos libros, con influencias, además, de Lorca y Alberti. 
Sin embargo con “Iberia sumergida” todo sube. Parte de una cita de Menéndez Pidal: “Al hablar del vasco se trata, queramos o no, de algo más general que el vasco, y es el ibero.” 
La muy extendida teoría lingüística que hace del vascuence resto o dialecto del ibero prerromano, convierte a los vascos en los españoles más profundos, como por mor de la prehistoria quiso también el escultor Jorge Oteiza. Los vascos  son los “últimos iberos” y por lo tanto los españoles de más médula. España no comienza en Castilla sino en Euskal-Herria. Celaya (a quien le preocupaba la españolidad vasca, se sentía un español euskaldún) halló así la solución de un problema político y personal, que ya había advertido otro vasco-español: Unamuno. Naturalmente –como recuerda Juaristi- los nacionalistas vascos no agradecieron a Celaya esta solución, él que cantaba el clima del norte y que andaba bebiendo chacolí, con Amparitxu, por el viejo San Sebastián… 

“Nosotros, euskaldunes, últimos iberos” (…) Y sigue: “Hay que revasquizar España, iberizarla,/ salvarla del poder abstracto y absoluto,/ volver a nuestras tribus, nuestro federalismo,/ nuestra alegría fiera, nuestro respirar limpio…” (…)  
Se piense lo que se quiera de este iberismo fuerte de Celaya (españolista por vasquista) lo cierto es que “Iberia sumergida” no es sólo un libro político –que también- sino uno de los mejores momentos de ese Celaya, que caía a menudo, pero que tiene una antología estupenda, que hizo Ángel González… Recordemos a Celaya, tan tierno en su pedernal.
Fuente elmundo                                                               Luis Antonio de Villena

sábado, 23 de noviembre de 2013

EXPOSICIÓN BLAS DE LEZO



"Blas de Lezo, el valor de Mediohombre" en el Museo Naval Madrid.

Ochenta piezas y un gran apoyo audiovisual recuperan la memoria del marino que defendió Cartagena de Indias frente a los ingleses en 1741. La exposición permanecerá abierta hasta el 13 de enero de 2014 en el horario habitual del museo, de martes a domingo, de 10 a 19 horas.


EL VASCO QUE HUMILLÓ A LOS INGLESES

Hace doce años, cuando escribía La carta esférica, tuve en las manos una medalla conmemorativa, acuñada en el siglo XVIII, donde Inglaterra se atribuía una victoria que nunca ocurrió. Como lector de libros de Historia estaba acostumbrado a que los ingleses oculten sus derrotas ante los españoles -como la del vicealmirante Mathews en aguas de Tolón o la de Nelson cuando perdió el brazo en Tenerife-, pero no a que, además, se inventen victorias. 

Aquella pieza llevaba la inscripción, en inglés: El orgullo de España humillado por el almirante Vernon; y en el reverso: Auténtico héroe británico, tomó Cartagena -Cartagena de Indias, en la actual Colombia- en abril de 1741. En la medalla había grabadas dos figuras. Una, erguida y victoriosa, era la del almirante Vernon. La otra, arrodillada e implorante, se identificaba como Don Blass y aludía al almirante español Blas de Lezo: un marino vasco de Pasajes encargado de la defensa de la ciudad. La escena contenía dos inexactitudes. Una era que Vernon no sólo no tomó Cartagena, sino que se retiró de allí tras recibir las suyas y las del pulpo. La otra consistía en que Blas de Lezo nunca habría podido postrarse, tender la mano implorante ni mirar desde abajo de esa manera, pues su pata de palo tenía poco juego de rodilla: había perdido una pierna a los 17 años en el combate naval de Vélez Málaga, un ojo tres años después en Tolón, y el brazo derecho en otro de los muchos combates navales que libró a lo largo de su vida. Aunque la mayor inexactitud de la medalla fue representarlo humillado, pues Don Blass no lo hizo nunca ante nadie. Sus compañeros de la Real Armada lo llamaban Medio hombre, por lo que quedaba de él; pero los cojones siempre los tuvo intactos y en su sitio. Como los del caballo de Espartero. 


La vida de ese pasaitarra -mucho me sorprendería que figure en los libros escolares vascos, aunque todo puede ser- parece una novela de aventuras: combates navales, naufragios, abordajes, desembarcos. Luchó contra los holandeses, contra los ingleses, contra los piratas del Caribe y contra los berberiscos. En cierta ocasión, cercado por los angloholandeses, tuvo que incendiar varios de sus propios barcos para abrirse paso a través del fuego, a cañonazos. En sólo dos años, siendo capitán de fragata, hizo once presas de barcos de guerra enemigos, todos mayores de veinte cañones, entre ellos el navío inglés Stanhope.

 En los mares americanos capturó otros seis barcos de guerra, mercantes aparte. También rescató de Génova un botín secuestrado de dos millones de pesos, y participó en la toma de Orán y en el posterior socorro de la ciudad. Después de ésas y otras muchas empresas, nombrado comandante general del apostadero naval de Cartagena de Indias, a los 54 años, y tras rechazar dos anteriores tentativas inglesas contra la ciudad, hizo frente a la fuerza de desembarco del almirante Vernon: 36 navíos de línea, 12 fragatas y varios brulotes y bombardas, 100 barcos de transporte y 39.000 hombres. Que se dice pronto. 

He visto dos retratos de Edward Vernon, y en ambos -uno, pintado por Gainsborough- tiene aspecto de inglés relamido, arrogante y chulito. Con esa vitola y esa cara, uno se explica que vendiera la piel antes de cazar el oso, haciendo acuñar por anticipado las medallas conmemorativas de la hazaña que estaba dispuesto a realizar. Pese a que a esas alturas de las guerras con España todos los marinos súbditos de Su Graciosa sabían cómo las gastaba Don Blass, el cantamañanas del almirante inglés dio la victoria por segura.

 Sabía que tras los muros de Cartagena, descuidados y medio en ruinas, sólo había un millar de soldados españoles, 300 milicianos, dos compañías de negros libres y 600 auxiliares indios armados con arcos y flechas. Así que bombardeó, desembarcó y se puso a la faena. 

Pero Medio hombre, fiel a lo que era, se defendió palmo a palmo, fuerte a fuerte, trinchera a trinchera, y los navíos bajo su mando se batieron como fieras protegiendo la entrada del puerto. Vendiendo carísimo el pellejo, bajo las bombas, volando los fuertes que debían abandonar y hundiendo barcos para obstruir cada paso, los españoles fueron replegándose hasta el recinto de la ciudad, donde resistieron todos los asaltos, con Blas de Lezo personándose a cada instante en un lugar y en otro, firme como una roca. Y al fin, tras arrojar 6.000 bombas y 18.000 balas de cañón sobre Cartagena y perder seis navíos y nueve mil hombres, incapaces de quebrar la resistencia, los ingleses se retiraron con el rabo entre las piernas, y el amigo Vernon se metió las medallas acuñadas en el ojete.

Blas de Lezo murió pocos meses después, a resultas de los muchos sufrimientos y las heridas del asedio, y el rey lo hizo marqués a título póstumo. Creo haberles dicho que era vasco. De Pasajes, hoy Pasaia. A tiro de piedra de San Sebastián. O sea, Donosti. Pues eso.

Fuente                                 Arturo Pérez-Reverte
perezreverte.com

viernes, 22 de noviembre de 2013

PERDUELLIO



ETA, proyecto de Estado
Si Rajoy ha seguido el proyecto de Zapatero, es porque la cesión ante ETA no era el capricho ocasional de un demente, sino una política de Estado en el sentido completo del término, que compromete a todas las instituciones de la nación.
Si el Gobierno Rajoy se ha apresurado a ejecutar sin la menor protesta la sentencia de Estrasburgo sobre la doctrina Parot, es porque deseaba aplicarla.
Si el Gobierno Rajoy deseaba aplicar esa sentencia, es porque deseaba beneficiar muy directamente a la vieja guardia de ETA, la de Josu Ternera y los grandes asesinos de los años de plomo.
Si el Gobierno Rajoy deseaba beneficiar a la vieja guardia de ETA, es porque ha seguido a pies juntillas el plan trazado en su momento por Zapatero: cese de la violencia a cambio de réditos políticos y penales.
Si Rajoy ha seguido el proyecto de Zapatero, es porque la cesión ante ETA no era el capricho ocasional de un demente, sino una política de Estado en el sentido completo del término, que compromete a todas las instituciones de la nación.
Si todo el proyecto de Estado que la España actual es capaz de alumbrar respecto a ETA consiste en facilitar a la banda por vía política lo que no pudo conseguir por vía criminal, es porque el Estado contempla positivamente la perspectiva de que una fuerza política rabiosamente independentista, potencialmente violenta y edificada sobre el odio a España y al sistema democrático se haga con el poder, y porque al Estado eso le parece bien mientras no haya sangre en la calle.
Si todo esto es así, es porque el Estado ha olvidado –o ha querido olvidar- que ETA no mataba por gusto de la sangre ajena, sino porque ese era su instrumento para obtener unos fines que no podía obtener por vía pacífica: la ruptura de la nación española.
Si ahora el Estado considera que vale la pena otorgar libertad civil, subvenciones públicas y presencia institucional a una fuerza que a todo trance quiere romper la nación española, entonces es que el Estado no considera prioritario mantener la unidad de la nación, que puede postergarse en beneficio de otras cosas.
Si el Estado posterga la defensa de la unidad de la nación, que en realidad debería ser su único objetivo legítimo, entonces es que el Estado trabaja contra la nación. 
Corolario: ¿Cuáles son realmente los fines del Estado en España?
¿A qué estamos esperando para regenerar de arriba abajo el Estado?
(Diríjase la pregunta muy específicamente a los políticos que este domingo se dejarán ver en la manifestación de las víctimas. O mejor: a los periodistas que hace cinco años denunciaban la traición de Zapatero y ahora ensalzan a Rajoy por hacer exactamente lo mismo que su predecesor).
  Fuente                                                         Jose Javier Esparza
elblogdeesparza                                                    

jueves, 21 de noviembre de 2013

A ESTO LE LLAMAN DEMOCRACIA

                         
SABOTEADORES DE IDEALES

A pesar de todo lo que ha sucedido, todavía son legión los que siguen creyendo que "esto" es una democracia. No me refiero a la tropa de zapadores y saboteadores de ideales que ha invadido la sociedad política, los medios de comunicación, los sindicatos y las universidades. 

Toda esa gente sabe que si se publicara lo que muchos de ellos conocen con precisión, «esto» se derrumbaría en cuestión de horas. No sólo por el alcance real de la corrupción. 
Hacen depender la continuidad de sus fueros y privilegios de la capacidad que atribuyen al sistema para ocultar la verdad, y hacerlos vivir confortablemente sentados en la mentira. o se han parado a pensar, porque no les conviene, que si este régimen no resiste el conocimiento público de la verdad, según el juicio que impera en sus conciencias de la realidad, eso prueba que no hay buena fe en su afirmación de que «esto» es democracia. 
Pero no son tan ignorantes ni tan hipócritas como parecen cuando se les trata. En su cínico realismo de trepadores sin escrúpulo han encontrado el freno cultural de su caída en la depravación y un flexible trampolín para dar saltos oportunistas, cuando la relación de poder cambia.
Yo publico mis reflexiones políticas para consuelo o placer de quienes esperan recibir de otro mejor informado, o más experto en política, la confirmación de lo que ya presentían sin saber por qué. Me gusta escribir para las personas cuya información sobre la malevolencia de los poderosos pesa menos en sus juicios personales que los prejuicios benévolos sobre esta Monarquía de los partidos y los nacionalismos. No es sólo por la satisfacción que procura eliminar errores y aclarar confusiones. 

Escribo para influir con ideas en la cristalización de un tercio «laocrático» de la sociedad (término derivado de «laós», la parte viril y políticamente activa del demôs), en torno al núcleo más sensible y valiente de la comunidad. La parte que Locke elevó a categoría de grupo constituyente de la libertad política.Este tercio más inteligente está al cabo de la calle del carácter incorregible de la partitocracia. Pronto tendrá que emprender la conquista de la libertad política, para llegar a la democracia por la vía de la reforma radical de esta corrompida oligarquía de partidos.
La naturaleza de un régimen sólo se conoce cuando se ha percibido la clase de espíritu civil que anima las formas jurídicas en el Gobierno y la jerarquía de valores en la sociedad. 
El espíritu de la Transición, el que embarazó al reino de un partido para dar a luz la Monarquía de varios, no fue el de la libertad, sino el de la reconciliación. No el del respeto a las ideas o creencias minoritarias, sino el de la despectiva tolerancia. No el de la potestad de la sociedad, sino el de la autoridad del Estado. No el de la apertura mental, sino el del consenso. No el de la distribución del poder por la libertad, sino el del secreto reparto entre poderosos. No el de la libertad de expresión, sino el del pacto de silencio. No el de la confianza en el porvenir, sino el del miedo al pasado. No el de la producción económica, sino el de la especulación. No el de la distribución de la riqueza por trabajo e inversión, sino por la prevaricación de funcionarios. No el de la descentralización y desconcentración del poder estatal, sino el de la centralización y concentración de poderes autónomos. No el de la cultura sin adjetivos, sino el de la posmodernidad.
 ¿Cómo extrañarse de que el fruto político de este espíritu civil, cobarde y corrompido, sea un régimen de cobardía y de corrupción? 

A esto llaman democracia los saboteadores de ideales.
                               Antonio García-Trevijano
Fuente
EL MUNDO. LUNES 29 DE JULIO DE 1996

miércoles, 20 de noviembre de 2013

JOSÉ ANTONIO PRIMO DE RIVERA ¿PRESENTE?




20-N: una revisión sobre el Ausente
José Antonio Primo de Rivera: ¿Presente?

José Antonio Primo de Rivera fue fusilado por el Frente Popular el 20 de noviembre de 1936. Desde entonces, la invocación ritual de su presencia (“¡Presente!”) se haría cotidiana para unos militantes que él no comandó, en un régimen que él no instituyó y, después, por grupos muy minoritarios en un mundo muy alejado del que él conoció. 

¿Presente? Durante años se le conoció como “el Ausente”, lo cual era una forma poética de prolongar una presencia artificial. Mito casi religioso para unos, objeto de desprecio para otros, hoy Primo de Rivera sigue fuera de sitio, a pesar de las muy notables obras que estudian su figura. Aquí vale también, y aún con más razón, lo que decíamos hace pocos días para Franco: hay ciertos nombres que ya sólo tienen sentido dentro de la Historia.


A un político se le suele juzgar por sus actos. Incluso los que no llegaron a alcanzar nunca el poder, dejaron al menos una obra en forma de proyecto, de programa ideológico, de estrategia para conquistar el Estado o de influencia en las circunstancias de su tiempo. 

El caso de José Antonio Primo de Rivera es completamente singular.Su vida pública se reduce a cinco años; su jefatura de Falange, a tres. 

Después, la muerte se lo llevó. Desde el punto de vista de la política práctica, su peso fue irrelevante: balsa a la deriva en las aguas turbulentas de la II República, a la izquierda no le costó gran cosa aplastarlo ante la pasividad de una derecha a la que el hijo del dictador le resultaba más bien incómodo.José Antonio careció por completo de la garra y la ambición que caracteriza a los grandes revolucionarios: Lenin, Mussolini, Hitler, capaces de establecer una estrategia implacable de conquista.Como político, no nos engañemos, fue un fracaso.

Sin embargo, todo lo que José Antonio pensó, escribió y proclamó durante aquellos breves años, en la tribuna parlamentaria o en el mitin de calle, posee una altura y una profundidad excepcionales. En ese sentido, su figura forma parte eminente de la historia del siglo XX en España. 

Más intelectual que hombre de acción, José Antonio debe ser juzgado antes por sus ideas, por sus escritos, que por su “balance” político. Más revolucionario que conservador, pero también más conservador que fascista, el lugar del fundador de la Falange debe inscribirse en la historia de la derecha española. 

Podríamos resumir así su lugar: José Antonio recuperó algunos de los grandes temas del nacionalismo revolucionario europeo y los insertó en la tradición intelectual de la derecha española, sometiéndola a una fuerte convulsión. La mixtura, bastante singular, es lo que da toda su personalidad al pensamiento joseantoniano, que no puede definirse exactamente como pensamiento “nacionalsindicalista”, sino que desborda las etiquetas estrictamente políticas.

Un pensamiento original

En efecto, en las muchas páginas dejadas por Primo de Rivera saltan con idéntica frecuencia –contradictoria- Ortega y Menéndez Pelayo, D’Ors y Maeztu, y ese es el filtro a través del cual adquieren color propio las ideas importadas del fascismo italiano y su corporativismo. Crítico de la modernidad, sin embargo la asume al considerar prioritaria la cuestión social y el mundo del trabajo. 

Nacionalista por temperamento, sin embargo supera el nacionalismo al hacer propia la idea de imperio, que tanto debe a Eugenio D’Ors. Católico por profunda convicción personal, sin embargo rehuye cualquier confesionalismo político, lo cual le aleja de los ámbitos tradicionalistas. Lejos también del espíritu romántico –tan consustancial a los fascismos y especialmente al nacionalsocialismo-, José Antonio opta por una visión clásica del Estado, por una idea arquitectónica de la comunidad nacional. 

Pero no sucumbe a la divinización del Estado, sino que trata de hacer a éste compatible con el protagonismo de las personas encuadradas en sus formas “naturales” de organización (familia, municipio, sindicato). El conjunto, el cuerpo teórico, adquiere una consistencia muy superior tanto a su traslación programática –los 27 puntos de Falange- como a sus posteriores desarrollos políticos.

Todo eso quedó prácticamente congelado desde aquel 20 de noviembre de 1936, bajo las balas del Frente Popular. A partir de esa fecha, José Antonio fue más una figura que un hombre. 

Se ha escrito mucho sobre la instrumentalización posterior de la figura del Ausente por el régimen de Franco: la transformación de un programa revolucionario en coartada retórica para un régimen autoritario y ultraconservador. Esto es, en general, verdad, pero conviene establecer unos cuantos matices de la mayor importancia.

Primero, que tal instrumentalización sólo fue posible porque el grupo dominante de la propia Falange así lo quiso

Este grupo fue el vencedor de una violenta querella interna entre facciones falangistas enfrentadas; los derrotados en la pugna podrán resultarnos más o menos simpáticos, pero es aventurado suponer que estuvieran en condiciones reales de ofrecer un modelo viable de organización del Estado. Después, el grupo vencedor –franquista, conservador- no dejó de aplicar buena parte del programa falangista en la España de posguerra. La construcción de viviendas sociales, la alfabetización de las mujeres a través de la Sección Femenina (una tarea sobre la que demasiado apresuradamente se lanzan hoy desdenes) o la mejora progresiva de las condiciones laborales son sólo unos pocos ejemplos.

¿Y hoy? Hoy el mundo es enteramente distinto al que José Antonio conoció. 

Por eso sus ideas políticas son necesariamente inactuales. En ese sentido, tan absurdo es imaginarle como un señoritingo aficionado a las pistolas y a las juergas –la caricatura izquierdista- como presuponerle un genio inmarcesible capaz de cabalgar por encima de los siglos. El pensamiento de José Antonio Primo de Rivera es tributario de su tiempo y sólo en él puede ser plenamente entendido. Ahora bien, sus páginas siguen dejándonos reflexiones de indudable brillantez y perspectivas que, por bien fundadas, no pasan de moda.

Hoy el lugar de José Antonio no debería estar en carteles pegados en las paredes de la ciudad, sino en los programas de estudio de las universidades. 

¿Encerrado como en un museo? No: revisado.

Fuente
elmanifiesto                                         José Javier Esparza


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JOSÉ ANTONIO ¡ PRESENTE !

martes, 19 de noviembre de 2013

LA ARISTOCRACIA DE ESPÍRITU



       Ernst Jünger. De él decía Sartre: "Lo odio no por alemán, sino por aristócrata".

Aristocracia de espíritu es un concepto integral, de raíz vitalista y concepción jerárquica. 

La atribución de espiritualidad a lo aristocrático no pretende dar pompa a un término maldito, empachado y prostituido, ni justificar el uso de un clasismo fácil, sino significar un estado afamado de nuestras almas. Lo aristocrático remite a la sangre, a la  herencia y a la perpetuación de la nobleza por los lazos de parentesco.

Aristocracia puede sugerir un elitismo impuesto e impostado, un rango fingido, un artificio del poderoso en su codicia de potestad; estirpes megalómanas que adquieren el ejercicio de control por un pasado vaporoso, linajes con la autoridad fáctica y espiritual cedida por designios inasibles e irracionales. Aristocracia hiede a mentira, a sistema de castas herméticas que reciben su ser de la común aceptación de la tradición.

Con todo, la importancia de la tradición y de las estructuras aristocráticas es palmaria; la función de preservación y de significación cultural que conllevan es un hecho incuestionable. 

Uno de los principales problemas de la posmodernidad es la desidentificación con el pasado y la dislocación de un sistema de valores que a modo de preceptos constituyan un marco cohesionado. Desamparo, individualismo, orfandad, vacuidad, relativismo, rémoras que integran una actualidad desubicada donde impera la ansiedad y la depresión, porque, al fin y al cabo, el pueblo necesita su soma, su religión, su dios genérico, su guarida, su cobijo, unos ideales colectivos que lo sitúen. 

Giordano Bruno ponderó la importancia capital de una religión común como guía de la muchedumbre que no puede darse a sí misma una ley, que no puede guiar su espíritu hacia la virtud y la excelencia. En la separación entre el hombre que puede marcar su propio camino y el hombre-becerro que necesita ser guiado, reside la Aristocracia de Espíritu, la capacidad individual de generar la propia nomon. La voluntad de sacrificarse y enfocarse a lo trascendente marca una jerarquía que discierne entre el ardor de unos y la apatía de otros. Así será menester del hombre fuerte sostener la vida del vulgo bajo unos códigos elementales, sea como ejemplo a seguir, modelo de virtud, o como legislador que dictamina.

El aristócrata de espíritu es aquel que abandona la ociosidad del plebeyo, la holgazanería del sumiso, la pereza del mediocre, la desidia del vulgar, la indiferencia del bienestar, la calma de quien no quiere sufrir y para ello evita la gloria. El aristócrata de espíritu es trágico y ve en el sacrificio la auténtica religión, el movimiento de renuncia que lo encumbrará. 

En La Decadencia de Occidente, Oswald Spengler musitaba un puñado de palabras que podrían ser el resumen de los empeños y pretensiones, de la perspectiva vital de este arquetipo de hombre: “Quien bienestar sólo quiere, no merece vivir el presente”. 

La Aristocracia de Espíritu será el arrojo con el que se desafía a una época apopléjica, la violencia con la que nos distanciamos del presente para recaer en él con más ímpetu, el atrevimiento a rotular la insignificancia del conjunto y separarnos de éste, el deseo de arraigar en el ostracismo y la incomprensión. La Aristocracia de Espíritu traza una línea entre aquellos que viven en su tiempo y lo acatan, pasan de puntillas, dóciles, mansos, callados, timoratos, deseando morir tumbados en un mundo que no les ha herido, y entre aquellos que después de una batalla fiera y cruenta, en la que subes y bajas, pereces y resucitas, anhelan un solo relámpago en el que exonerarse y poder yacer, redimiendo su espíritu y el ser del hombre.

El aristócrata será elitista, no se siente igual y no lo quiere ser, desea el enfrentamiento, ansía la reyerta, se regocija en la lucha, porque la confrontación con la realidad le sostiene, es la única forma digna de habitar en ella. Y allí podrá ser hipérbol y exageración, trasunto inverso del sillón de un ciudadano de bien, fantasmagoría de un chalet adosado, la intransigencia de ideas majaderas, un jirón en el devenir lineal, el fanatismo que quiebra una apacible velada ante el televisor, la intolerancia hacia los derechos dictados por la lógica, el esputo de la irracionalidad, el vómito de un mundo empachado de tibieza. 

El aristócrata ultraja la medianía, abrasa lo comedido, ruge bajo el fango. Quiere descender hasta lo insondable y ascender hasta lo exquisito, caer en el pecado y blandir la rectitud. Un aristócrata de espíritu debe estar dispuesto a ser degradado por el pueblo ajibarado, cuyas sentencias son fruto de la sensata indolencia; debe aspirar a ser depuesto del seno de la igualdad democrática; maldecido por el sentido común del eunuco; repudiado por la débil voz de la mayoría, ronca de aclamar proclamas humeantes. 

Debe regodearse en las marismas del desenfreno para conocer la virtud, es parte del vaivén que sacude su alma; un Don Juan que se sitúa en otro ámbito de la existencia que le permite errar, sangrar y herir, eximir el pecado de quien no desea vivir una vida plena para no temer y temblar. Y así llegará al Ser, sacrificando la comodidad y la tentación de un mundo de latón, enfrentándose a su tiempo para ser su tiempo.

Fuente                              GERARD GUAL
elmanifiesto

"Los espíritus vulgares carecen de destino". Platón