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miércoles, 13 de agosto de 2014

¿SÓLO UN FACTOR SOCIOECONÓMICO?



Ocho tesis sobre la inmigración


1. La inmigración no es un bien en sí.

En el discurso público español se ha extendido, hasta hacerse casi incontestable, la idea de que la inmigración es algo positivo. Todas las virtudes se le atribuyen: genera riqueza, ensancha la cultura mediante el contacto con gentes de otras tierras, eleva la sociedad a través del mestizaje… Se diría que la inmigración es un bien en sí misma. 

Pero las violencias desatadas sucesivamente en varias ciudades europeas, así como los estragos causados por la crisis económica en los últimos años, demuestran lo absurdo de este prejuicio. La inmigración no es, en sí, ni un bien ni un mal, en la medida en que estos conceptos proyectan un juicio de valor moral. La inmigración es un fenómeno de carácter económico y geográfico

Por sí solo, carece de significación moral; será positivo o negativo según sus consecuencias. Puede ser positivo si una sociedad se hace globalmente mejor gracias a ella. Pero, en origen, no puede considerarse “bueno” en modo alguno, porque nadie podrá considerar “bueno” que millones de personas se vean obligadas a abandonar su hogar por falta de expectativas. Y al contrario, la inmigración puede ser un fenómeno fuertemente negativo si, al cabo de pocas generaciones, se convierte en un factor de conflicto social por causa de minorías inasimilables. Hay que deshacer ese interesado equívoco que consiste en atribuir valores morales a un fenómeno socioeconómico. La inmigración no es un bien en sí. ¿Acaso no podría hablarse de un derecho a no emigrar? Y la inmigración, mal gestionada, puede desplegar efectos negativos en las sociedades de acogida.

2. La acogida de inmigrantes implica obligaciones a largo plazo.

Cuando una sociedad opta por suplir sus carencias de mano de obra con ciudadanos venidos de otros países, tiene que ser consciente de que contrae obligaciones que van mucho más allá de lo económico

No basta con garantizar los derechos socioeconómicos elementales a una generación de trabajadores. La experiencia demuestra que el retorno de los inmigrantes a su lugar de origen es un hecho poco frecuente: la causa de la inmigración es el desorden económico crónico en determinadas zonas del planeta, y precisamente ese carácter crónico hace difícil que el emigrante retorne voluntariamente a un país sumido en la misma situación que le hizo salir de allí. Lo más común es que el emigrante intente asentarse en su lugar de destino, fundar una familia e incluso traer consigo a sus allegados. Todo eso crea obligaciones importantes a la sociedad de acogida. Hay que pensar también en las generaciones siguientes, en los hijos y nietos de esta primera generación inmigrante. Lo cual requiere del Estado cálculos complejos que han de incorporar variables sociales y culturales, no sólo el beneficio para el Mercado. Ningún Estado debería acoger a más residentes de los que es físicamente capaz de sostener en su sistema laboral, en su sistema de enseñanza, en su sistema sanitario. 

La restricción podrá juzgarse poco solidaria, pero ¿es más solidario condenar a una generación de hijos de inmigrantes al paro, al analfabetismo funcional, a la delincuencia? Por otra parte, la responsabilidad del Estado no se dirige a los seres humanos en su conjunto, sino, en primer lugar, a los propios conciudadanos. Son ellos los que, al cabo, sufren las consecuencias de una generación de inmigrantes poco o nulamente integrada, como sucede hoy en buena parte de Europa. Es cuestión de responsabilidad.

3. Integrar es transformar.

La integración de los inmigrantes es el imperativo bajo el que nuestras sociedades actúan a la hora de gestionar la afluencia de población alógena. Esta política de integración despliega distintos mecanismos de protección y apoyo cuya orientación general podría resumirse con una fórmula simple: “que se sientan como en casa”. Lo cual pasa por arbitrar medidas (asistencia sanitaria, cobertura laboral, etc.) que rápidamente se convierten en derechos individuales. Y es justo que así sea, pues los derechos serán tanto más eficaces cuanto más sean vistos bajo el signo de la equidad. Ahora bien, nadie obtiene derechos a cambio de nada. Los derechos son contrapartida de deberes civiles: pagar impuestos, respetar la ley, etc. Y la asunción personal de esos deberes, su interiorización, es básica para que todos los grupos sociales se reconozcan en el mantenimiento de la sociedad, para que todos se sientan parte de un mismo proyecto de convivencia. 

De manera que toda integración, para ser efectiva, debe atender primeramente a la transformación del que llega, debe lograr que el nuevo ciudadano ponga en un lugar secundario sus leyes de origen y acepte como insoslayables las nuevas obligaciones. Esta operación puede implicar que el Estado, la sociedad, impongan al inmigrante renuncias en el plano de la cultura cotidiana, de las formas de vida. Pero en eso consiste la transformación. Y si no se quiere imponer tales renuncias, si no se desea ejercer sobre el inmigrante la coacción inherente a todo orden legal, entonces habrá que pensar formas de convivencia distintas a la integración; formas en las que el inmigrante pueda mantener sus costumbres, sus usos, quizás incluso sus leyes, en el marco de un orden social que puede tolerar su existencia (siempre y cuando no amenace el orden colectivo), pero del que, en consecuencia, no podrá formar parte como ciudadano de pleno derecho. Hace pocos años nadie se atrevía a plantear las cosas así; hoy, por el contrario, es ya una urgencia.

4. El Mercado no lo es todo.

El fenómeno de la inmigración, en la Europa contemporánea, tiene un origen enteramente económico: se trata de masas humanas que han llegado atraídas por la promesa de la prosperidad y que nuestros países, a su vez, han acogido gustosamente porque el inmigrante representa una mano de obra poco exigente. Es, pues, el Mercado el que ha alentado la inmigración, y él es quien ha obtenido los rendimientos directos de este proceso. Ahora bien, en una sociedad hay cosas más importantes que el beneficio económico y que el funcionamiento del sistema de producción. Nadie discutirá que vivir en una sociedad rica es mucho más agradable que hacerlo en otra pobre, pero tampoco nadie discutirá que no es sensato ser rico a toda costa y a cualquier precio, convertir la riqueza en horizonte único de la vida colectiva. 

La supervivencia de la propia sociedad debe ser un límite a las pretensiones del Mercado. Una sociedad –toda sociedad- se apoya en equilibrios delicados que exigen un cierto grado de acuerdo sobre principios, valores, lo cual sólo es posible si existe un grado de correspondiente de homogeneidad, al menos en el plano cultural. Ese es el verdadero contenido de la expresión “cohesión social”: una sociedad está cohesionada cuando se ve a sí misma como una globalidad unida por ciertas cosas comunes. Y si las necesidades del Mercado ponen en riesgo la cohesión social –es decir, ese acuerdo básico sobre unos principios comunes-, entonces habrá que subordinar el Mercado a consideraciones de orden superior.

5. El orden es un presupuesto de la justicia.

No es posible hablar de justicia social allá donde no existe un elemental orden público. Si el orden es injusto, puede aspirarse a un trastorno que lo sustituya por otro, pero la ausencia permanente de orden nunca es compatible con la justicia. Las primeras víctimas de la alteración del orden público son siempre los más débiles; por eso el orden es un imperativo social, incluso más que político. Y si los responsables del orden desertan de sus obligaciones sociales, entonces la injusticia se enquista. Los disturbios que hoy se han hecho ya habituales en nuestras ciudades son la culminación de un proceso de deterioro de la legalidad atestiguado desde hace décadas. 

La ley lleva años inhibiendo su rigor en ciertas zonas suburbanas: primero, la policía se abstuvo para no contravenir dogmas “políticamente correctos”; después, porque la desidia terminó haciendo esos barrios simplemente ingobernables. Al calor de ese desorden tolerado por el Estado han crecido guetos, mafias, tribus urbanas que han desplegado un clima perenne de preguerra civil. Los enfrentamientos entre musulmanes y judíos han sido noticia cotidiana, como las agresiones “anti-blancas” por parte de grupos de musulmanes y africanos; con frecuencia estas agresiones terminan provocando llamamientos públicos de diversas personalidades. Estas cosas son “noticia cotidiana” o, más exactamente, han sido noticia cotidianamente ocultada, porque los medios de comunicación se han impuesto una férrea autocensura de carácter ideológico. Desde hace años, nuestros medios de comunicación (en esto los pioneros fueron los franceses), cuando informan sobre un delito cometido por algún individuo perteneciente a una minoría étnica, no hablan de “un magrebí” o de “un senegalés”, sino de “un joven”; hasta el punto de que el ciudadano entiende perfectamente quiénes son los “jóvenes”, dado que los blancos, por lo general, son citados sin ocultar su filiación. Así se ha alimentado un proceso semejante a un circuito cerrado: la policía abandona los barrios marginales, en éstos crece la violencia, los medios la camuflan “para no provocar racismo”, de modo que el problema se cierra sobre sí mismo. El resultado ha sido un estado de permanente desorden. Pero, al final, tolerar el desorden equivale a estimular la violencia y la injusticia. No cabe justicia (social) si no hay un orden (justo) que la garantice.

6. Es preciso contener al Islam en Europa.

Aunque la agitación no es producto directo de la fe en el Islam, es innegable que el radicalismo islámico está jugando un papel importante no sólo en episodios bien conocidos como los de París, sino también en las violencias que, en distinto grado, vienen produciéndose en la periferia de otras muchas ciudades desde hace años. Los temas del fundamentalismo islámico parecen haberse convertido en banderín de enganche para una segunda (incluso tercera) generación de inmigrantes, de origen magrebí o subsahariano, desarraigados, que a través del Islam canalizan su agresividad. El hecho de que ese islamismo sea un pretexto político o social, más que una convicción propiamente religiosa, no altera el fondo del problema; más aún cuando las propias organizaciones cercanas al islamismo radical en Europa, como el MRAP (paradójicamente, “Movimiento contra el Racismo y por la Amistad entre los Pueblos”), suben a la misma ola. 

Es una evidencia que la religión islámica se ha convertido en un agente de desestabilización: ya sea a través de la persecución religiosa, como en Indonesia o Pakistán; ya sea a través del terrorismo, como en los atentados de Nueva York, Madrid o Londres; ya sea a través de la agitación social, como en el caso de París o Amberes. El Islam y su entorno se están manifestando como una fuente directa de peligro para la paz. Por bien intencionados que sean algunos de sus líderes oficiales, la agitación fundamentalista corre como pólvora entre los musulmanes. 

Sería suicida no tomar medidas severas de control para contener un fenómeno que el propio Islam “formal” reprueba. Tales medidas de control no pueden limitarse a un repertorio de tipo policial, sino que también deben ahondar en las razones que vienen haciendo al Islam incompatible con la vida en las sociedades occidentales. El modelo de integración multicultural ha fracasado en Holanda, como recientemente constataba Paul Scheffer; el modelo “republicano” ha fracasado en Francia, como hemos podido constatar todos. En ambos casos, la causa del fracaso es la irreductibilidad del fundamentalismo religioso-político de cuño musulmán. Parece obvio que ese fundamentalismo debe ser combatido y, cuando menos, neutralizado.

7. Cosmópolis no es viable.

Durante el último medio siglo, nuestras sociedades occidentales se han construido bajo el modelo teórico de una Cosmópolis de cuño universalista, inspirada por los valores –modernos- del individualismo y el igualitarismo abstractos. Han (hemos) tratado de hacer realidad el viejo sueño moderno del cosmopolitismo, es decir, una sociedad universal y homogénea, de individuos iguales, sin especificidades culturales ni religiosas, donde cada cual atienda a su propio interés utilitario, apenas atemperado por vagas invocaciones a la solidaridad con cargo a los presupuestos de la protección oficial. En este proyecto cosmopolita han venido a coincidir tanto las derechas liberales como las izquierdas socialdemócratas. 

Pues bien, hoy ese sueño de la Cosmópolis moderna se está manifestando como una atroz pesadilla. No funciona ni siquiera en los Estados Unidos, viejo baluarte del melting-pot donde, supuestamente, todos caben. Y es que, sencillamente, no es posible gobernar a los hombres como si fueran átomos individuales, iguales en cualquier parte, intercambiables sobre cualquier suelo, modelados bajo un único patrón cultural. Cosmópolis no es viable. Las sociedades occidentales parecen pensar que su proclamado universalismo es realmente una propuesta de construcción social universal, apta para todos, con la que todos pueden –deben- alinearse. 

No es verdad: el universalismo, entendido como cosmopolitismo, es una creación específicamente occidental y moderna, sólo inteligible en nuestros parámetros de civilización. Y del mismo modo que no podemos sensatamente esperar que todo el mundo se organice, sin resistencias, a nuestra imagen y semejanza, así tampoco podemos esperar que todos los hombres que llegan a nuestras sociedades, vengan de donde vengan, se conviertan a nuestro sistema de civilización.

8. Europa necesita recobrar la conciencia de sí misma.

¿Y cuál es nuestro sistema de civilización? Esa es posiblemente la primera pregunta que deben responder unos europeos que, en general, parecen haber abandonado cualquier idea sobre el propio ser para abrazar un tipo de vida exclusivamente económica. Los debates en torno al proyecto de Constitución Europea fueron suficientemente elocuentes: aquel texto, tan prolijo en reglamentaciones, sin embargo obliteraba toda definición de Europa, de modo que lo mismo podía servir para la UE que para cualquier otro espacio del planeta. Y esa es la misma Europa que ahora pretende defenderse –por ejemplo, de una inmigración refractaria a la integración- sin saber ya qué es exactamente lo que quiere defender, salvo el mobiliario urbano. 

El principal problema que aqueja hoy a Europa no es económico, político o militar: es cultural

Mal podremos enarbolar principios, invocar la integridad de nuestras culturas y la cohesión de nuestras sociedades, si ignoramos quiénes somos, qué herencia traemos y por qué vivimos juntos; si limitamos todo nuestro horizonte a una frágil acumulación de bienestar. Europa necesita una decisión sobre sí misma que señale proyectos comunes, marque límites a su realidad física, geográfica –política-, y le permita reconocerse en su propia identidad. Eso afecta a Europa en su conjunto, a cada nación europea en particular y a todos los ciudadanos europeos en general. 

Cuando es el propio sistema de convivencia el que se pone en cuestión, es porque las verdaderas preguntas habitan en estratos aún más hondos. Las respuestas son ya urgentes.

Fuente                               José Javier Esparza
blogesparza                  (Publicado originalmente en Razón Española, nº 135, 2006)

martes, 12 de agosto de 2014

Y EN ESE CLAROSCURO...



El 'nuevo patriotismo' de Podemos, la extrema derecha y la clave de la política
–El miedo a perder lo poco que se tiene porque se pierde muy rápido lleva a confundir al enemigo, lleva a competir en todos los espacios. Es un mecanismo que salta solo. El penúltimo contra el último… Por eso hay  que recuperar la movilización, recuperar los vínculos fuertes y estar en todas partes para que no haya espacios para la extrema derecha.
–Tu problema no es la extrema derecha.Olvídate de la extrema derecha. Tu problema es tu país, y tu pueblo. Olvidaos de la obsesión por la extrema derecha.
La conversación tuvo lugar entre Teresa Rodríguez, eurodiputada de Podemos, y el profesor de Ciencia política Jorge Verstrynge durante un debate en Fort Apache, el programa televisivo dirigido por Pablo Iglesias. Allí estaban, además de la militante de IA, Pablo Iglesias e Íñigo Errejón, los dos referentes ideológicos de la formación, junto con tres académicos que han influido notablemente en sus ideas y en sus carreras profesionales: Ramón Cotarelo, el padre putativo de Juan Carlos Monedero, Verstrynge, un politólogo muy cercano a Pablo Iglesias yManolo Monereo, el miembro de la ejecutiva de IU con el que cenaron la noche antes de que Podemos viera la luz para contarle de primera mano la iniciativa. En otras palabras, en el debate estaban presentes quienes están trazando la estrategia de la formación y quienes más han influido en ellos.
El programa fue también especial porque abordaba un asunto esencial, el auge en Europa de la extrema derecha. Para el partido liderado por Iglesias es un tema crucial, porque esas fuerzas son sus claras competidoras a la hora de recoger el voto del descontento, y lo es además socialmente, porque están creciendo de forma significativa: en las últimas elecciones europeas, el Frente Nacional de Marine Le Pen, el UKIP de Nigel Farage, la derecha croata y el ultraderechista Partido Popular danés fueron los más votados en sus países, al mismo tiempo que aumentaban los apoyos para formaciones de ese corte ideológico en Grecia, Finlandia, Hungría, Chipre, Lituania o Letonia.
El mapa político europeo está redibujándose a partir del desgaste social, de la descreencia en el sistema y de la desconfianza en sus actores, lo cual no sólo está provocando la aparición de nuevos partidos, sino la utilización de ejes políticos que den respuesta a los nuevos problemas, y líderes como Marine Le Pen o Nigel Farage están adaptándose con gran éxito a los nuevos lenguajes y a las nuevas propuestas. Pablo Iglesias se preguntaba en el programa cómo el británico y la francesa les habían podido robar el protagonismo del debate en el europarlamento, y lo cierto es que esa pregunta deberían contestarla las fuerzas políticas institucionales, que todavía deben estar pensando qué ha ocurrido para que ellas hayan perdido tanto apoyo social y lo hayan ganado estos partidos emergentes.
Las élites cosmopolitas y los que se niegan a cambiar
Ese éxito suele ser mal digerido y peor entendido desde la izquierda, que echa mano a menudo, y también ocurre en el programa, de viejas explicaciones que poco aportan a la comprensión de la nueva realidad. La utilización de términos como fascismo, los calificativos como “perros del capitalismo”, o el recurso al racismo y la xenofobia (“instigan el odio del penúltimo contra el último”) estorban más que ayudan en el conocimiento de la realidad.
Eso, en definitiva, es lo que ponía de manifiesto Verstrynge cuando decía que la extrema derecha no es el problema. Los populismos del siglo XXI han surgido como respuesta a un cosmopolitismo peculiar, sostenido en instituciones internacionales que van desde la UE hasta el FMI, defendido por políticos como de GuindosRenziCameron o Manuel Valls y que se apoya en una serie de discursos vitales que subrayan los beneficios de un mundo globalizado. Si estás en el lado afortunado, aseguran, este nuevo mundo te permitirá vivir mil experiencias, participar en proyectos interesantes en cualquier lugar del mundo, conocer otras culturas y desarrollarte profesionalmente y como persona en los contextos más propicios. Si has caído en el lado malo, como ocurre a la mayor parte de la población, vivirás ligado al territorio, tendrás trabajos poco cualificados con retribuciones en descenso y tu nivel de vida irá a menos.
En ese mundo de dos direcciones, la mayor parte de las poblaciones europeas se ven en el lado de los perdedores, estableciéndose, como dice Monereo, “una separación evidente entre el cosmopolitismo de las élites y el nacionalismo de los pueblos”. Justo en el instante en que el Estado nación muestra su mayor debilidad en siglos (superado por arriba por los flujos financieros, a los que no puede poner barreras, por las instituciones internacionales que les restan funciones y por la pujanza de las regiones que, apoyadas o no en un sentimiento nacional, tratan de sacar ventaja de un mundo mucho más fragmentado) Le Pen o Farage, como antes hizo Chávez, levantan las banderas de la patria no sólo para reforzar el orgullo nacional, sino como símbolo de resistencia a ese mundo que les está dejando atrás.
La nación no es únicamente, en cuanto discurso, un modo de reivindicar viejas tradiciones, sinouna forma de defenderse de una dinámica económica que no les es propicia. En Gran Bretaña la población empobrecida suele ser de clase trabajadora, residente en los suburbios y de mediana y tercera edad, justo la que más favorable podía ser a los postulados de la izquierda. Ésta, sin embargo, ha olvidado estos elementos, y juega la baza de un europeísmo cosmopolita que la aleja de sus bases a pasos agigantados, y el PSOE es un buen ejemplo. No es extraño que Errejón saque a relucir en un momento de la conversación a Thomas Frank y a su libro What’s the matter with Kansas, en el que mostraba cómo las clases populares y las medias bajas habían sido abandonadas por unos políticos progresistas que las contemplaban desde el desprecio por no haber sido capaces de cambiar y de adaptarse a los tiempos.
"El nacionalismo español es terrible"
Verstrynge propone como paso adelante para combatir a las fuerzas populistas de derecha (y de paso recuperar presencia en esos estratos sociales) el retorno del Estado nación desde una perspectiva de izquierdas, de“una nueva patria para el pueblo”. Monereo insiste también en esa opción, pero sin dejar de subrayar la principal dificultad, como es “la patria que tenemos que defender frente al enemigo de la patria”.
En un mundo sin certezas como el nuestro, en el que no sabemos muy bien qué vendrá a continuación, los partidos populistas han hecho dos cosas para lograr sus objetivos, identificar a los responsables y dar seguridad ofreciendo esperanza y protección. Hasta ahora, Podemos ha tenido mucho éxito en el primer escalón, pero muestra evidentes déficits en el segundo.La formación está en ese punto en el que puede dar el salto definitivo para consolidarse como opción de gobierno o quedarse en un lugar políticamente secundario, un dilema que quedará solucionado cuando se vea si además de canalizar el descontento, son capaces de conectar con amplias capas de esa gente común a la que dicen representar.
La propuesta que plantean Verstrynge y Monereo es una opción muy útil para pasar al segundo nivel, al llevar hacia la izquierda estos elementos populistas, mezclando nacionalismo, defensa del Estado de bienestar y elementos proteccionistas que devuelvan palancas de acción a los Estados, pero hay evidentes problemas en nuestro país para implantar esta visión. El primero lo subraya Monereo cuando afirma irónicamente que “en España siempre hemos tenido dos nacionalismos, los buenos y los malos, los que tienen caché y los que no, y los buenos son los de las nacionalidades históricas mientras que el español es terrible”. El segundo problema es el táctico, porque quien decide apoyar el nacionalismo catalán y el vasco ganan adhesiones en esos territorios pero los pierde en el resto de España y al revés. El tercero es cultural: la izquierda no ha sido muy favorable a utilizar términos como patriotismo, y es un tabú que debe romper aún.
Hasta ahora, la idea de Podemos ha sido la de evitar este asunto, tratando de articular un eje discursivo que le permita escapar del dilema de los nacionalismo. Pero lo que está en juego va más allá: el problema de fondo al que alude la patria en la era del populismo es el de la certeza y la seguridad, el de devolver bases estables a una sociedad que sobrevive a base de apuntalar continuamente estructuras poco firmes. El patriotismo populista es una buena forma de solucionarlo. Hay otras, pero hay que optar por alguna, porque hay que dar respuesta a la demanda más insistente de las poblaciones europeas.
 Esa será la clave de la política en los años próximos.
Fuente                                 Esteban Hernández

lunes, 11 de agosto de 2014

NO HAY RECUPERACIÓN ECONÓMICA




Repito, ¡no hay ninguna recuperación económica!

Mi asombro ante el análisis de economistas sesudos y periodistas de distinto pelaje ya no alcanza límites. El dato de la EPA del segundo trimestre implica que el crecimiento económico continúa siendo negativo, reflejando en realidad la mayor precarización del factor trabajo de nuestra historia democrática
La situación actual se antoja absolutamente insostenible. En España se puede afirmar de manera rotunda que trabajar no garantiza salir de la pobreza.
En un excelente análisis en Nueva TribunaEnrique Negueruela lo explica muy claro. “Cuando se está modificando el tipo de jornada habitual, hay que tener mucho cuidado con las cifras, y no confundir creación de empleo con precarización del existente. Si se destruyen mil empleos a jornada completa y se crean 1.500 a media jornada, en realidad no hay más trabajo porque se destruye en horas el equivalente a 250 puestos de trabajo. Según la EPA se han perdido casi cuatro millones de horas de trabajo y hay 128.800 ocupados más.”
Más adelante el propio Negueruela, afirma a partir de los propios datos de la EPA, “en un año se han perdido el 0,7% de las horas trabajadas aunque el número de ocupados aumente el 0,8%. Este aumento de ocupados se produce exclusivamente en el sector servicios. En ese sector aumentaron las horas un 0,2% y el número de empleos un 1,7%. La industria ha perdido un 1,8% de las horas trabajadas. La industria manufacturera, concretamente, perdió un millón y medio de horas y diez mil ocupados. Una vez más se manifiesta una gran debilidad por falta de sectores tractores de una recuperación que aún no ha comenzado. En este sentido los datos del trimestre pasado eran más esperanzadores: aumentó el número de horas trabajadas respecto al año anterior.”
Mi propuesta al INE
Con el fin de evitar erróneas interpretaciones del dato de la EPA, le propongo al INE una solución. Por favor imiten al Bureau of Labour Statistics de los Estados Unidos, y publiquen distintas medidas de tasa de paro que reflejen tal precarización. Los economistas que analizan la economía estadounidense suelen utilizar una medida de tasa de paro muy conocida por sus siglas, U6, o “unemploment 6” y que refleja mejor la realidad del mercado laboral.
A la tasa de paro convencional se añade, por un lado, aquellas personas que actualmente ni están trabajando ni están buscando trabajo, pero indican que quieren y están disponibles para un trabajo y han buscado empleo en algún momento en los últimos 12 meses. Por otro, se incorpora además los trabajadores desalentados, aquellos que han dado una razón relacionada con el mercado de trabajo para no estar buscando empleo. Finalmente se incluyen las personas empleadas a tiempo parcial por razones económicas, es decir, aquellas que desean y están disponibles para trabajar a tiempo completo, pero han tenido que conformarse con un horario a tiempo parcial. Si la tasa de paro oficial, denominada en Estados Unidos U3, se reduce pero la tasa de paro U6 se incrementa no hay ninguna recuperación del mercado laboral. Esa sería la situación actual del mercado laboral español.
El cacao mental del Gobierno
Una vez que se ha desmontado las chorradas de mejora de la competitividad para impulsar un nuevo modelo de crecimiento económico vía sector exterior, la Alemania del Sur, vuelven a las andadas, un crecimiento financiado con deuda y un intento de reavivar el consumo privado vía crédito. No saben de comercio exterior, no han analizado qué factores idiosincráticos y macroeconómicos determinan y explican la probabilidad de exportar de la industria patria, y cuáles la intensidad de las exportaciones. El “repentino” e intenso empeoramiento de nuestro sector exterior durante los últimos trimestres les ha devuelto a la cruda realidad. Se ha incrementado de nuevo la deuda externa neta de Españahasta alcanzar un nuevo récord histórico, nada más ni nada menos que 1,021 billones de euros, el 99,8% del PIB. Aún no hemos salido de la crisis y una nueva crisis de balanza de pagos se cierne sobre nuestra economía.
Y ahora pretenden impulsar el consumo privado cuando las rentas, la riqueza y la deuda impiden cualquier recuperación sostenible del mismo
Lo intentarán hacer vía crédito y con su chapucera reforma fiscal. Nada nuevo. No analizan, no estudian, no calculan. En nuestra querida España, después de más de seis años de intensa recesión, ninguna de las causas que originaron la actual crisis sistémica, un volumen brutal de deuda y una banca insolvente, se han solucionado. Se ha vuelto a reactivar una dinámica de retroalimentación del proceso de endeudamiento con nuevas burbujas financieras como único camino de superación de la crisis.
Sin embargo hay una notoria diferencia respecto a 2008. Mientras que en 2008 la mayoría de la deuda era privada, los procesos de resolución de la crisis bancaria y otros paralelos de socialización de pérdidas privadas ha disparado el volumen de deuda pública a niveles inasumibles. Cuando los mercados financieros aumenten la aversión al riesgo todo el chiringuito se desmontará y la culpa será tanto de la incompetencia estructural de la ortodoxia como de la defensa de los intereses de la superclase por parte de nuestros políticos.
Fuente                                 Juan Laborda

domingo, 10 de agosto de 2014

EL TRIUNFO DEL DESAMOR



El repudio de la infancia en la sociedad moderna

La continua caída de la natalidad es la expresión más clara de la desafección de la sociedad actual hacia los niños y las niñas, su ausencia en la experiencia cotidiana de millones de personas, la desaparición del deseo de maternidad-paternidad en un grupo creciente de mujeres y hombres, será un elemento importante en la destrucción de la civilización humana tal como la conocemos.

Los niños y niñas viven hoy segregados socialmente, molestan en casi todas partes, son ajenos al mundo de sus mayores, no comparten lenguaje, proyectos, intereses, problemas ni conflictos, en muchos casos ni siquiera comen lo mismo. En las sociedades de la modernidad tardía las criaturas están condenadas a llevar una existencia falsa, nutrirse de actividades, espacios, experiencias y diversiones especiales para ellos de manera que adultos e infantes casi parecen especies diferentes. Convertidos en objetos exóticos, no se les comprende lo que hace más fácil que ni se deseen ni se les ame.

No puede considerarse la desnatalidad en occidente como el resultado de la elección de los sujetos, o del aumento de la libertad de las mujeres como se dice sino de un proceso inducido desde arriba por el feminismo de Estado que es instrumento esencial de las instituciones coercitivas del poder(1). 

Las directrices institucionales han conseguido modificar de forma sustancial la conciencia de millones de mujeres y hombres que han pasado a considerar a los niños y niñas un elemento de opresión y explotación de sus madres, que se ven, según dicen, sometidas y limitadas en su independencia y pierden ventajas materiales así como posibilidades de consumo y diversión. En general, se considera que los hijos roban a sus madres la satisfacción de sus propias necesidades y deseos. Los derechos de las mujeres se presentan enfrentados a los de las criaturas e incompatibles con ellos.

La adhesión al trabajo asalariado y su derivado, el dinero y lo que se consigue a través de él, por parte de un sector decisivo de las mujeres es el factor de más peso en la renuncia e incluso el repudio de la experiencia maternal. El sistema educativo es un agente principal del adoctrinamiento contra la maternidad por ello el nivel académico es inversamente proporcional al número de hijos (en las clases bajas y medias, pues en la clase alta, en la actualidad, la fecundidad es más alta).

La caída demográfica no es pues el resultado de las dificultades económicas, la falta de ayudas estatales ni la elección autodeterminada de los individuos sino de la eficacia arrolladora de la maquinaria de dominación mental del Estado moderno que ha conseguido intervenir de forma decisiva en los impulsos más primarios de los sujetos, someter a sus designios las emociones, conductas y relaciones más íntimas instalándose un policía en la conciencia de cada individuo.

Un feminismo antimaternalista(2) que es anterior,(pero que ha sido incorporado al feminismo de Estado) ha conseguido destruir en un sector significativo de las féminas el deseo de tener hijos (que afecta también a muchos varones). 

La falta de amor e interés por las criaturas produce un ascenso imparable del egoísmo como inevitable estado de quienes no tienen otra preocupación que su propia persona, se pierde la capacidad de apreciar los valores inmateriales como son los afectos, las relaciones, la comunicación con los otros, la ayuda, la colaboración, la convivencia, los vínculos o la simple alegría que las niñas y niños proporcionan a su entorno. La falta de obligaciones, responsabilidades y problemas, la ausencia de reflexión para solucionar los escollos de la educación y guiar el desarrollo de los hijos, tiende, a no ser que otras metas trascendentes sustituyan estas tareas, a embotar la inteligencia y arruinar la creatividad.

La exclusión social a que están sometidos los niños y niñas, que no participan de las conversaciones ni las reuniones sociales de sus mayores, ni de sus trabajos, obligaciones y diversiones, su aislamiento del mundo de los adultos, impide que puedan aprender de la vida real y los convierte, en muchas ocasiones, en seres fastidiosos y cargantes, incapaces de respetar las más elementales normas de la convivencia con los otros, ajenos a las necesidades y problemas de sus padres, egocéntricos y egoístas, esclavos de sus caprichos o apetencias, inconscientes y violentos. De este modo se cierra el círculo argumental y se confirma, para muchos, la máxima de que la crianza es una penosa experiencia.

Todas estas situaciones son solo una forma de materialización de los profundos conflictos que afectan a la práctica del acto genésico humano, acto que ha sido caotizado de modo trascendental por el aparato de adoctrinamiento de los poderosos.

Quienes se arriesgan a ser padres o madres en la sociedad presente carecen de certezas acerca de la tarea de criar, proteger y educar a sus hijos

En la sociedad tradicional los sujetos tenían contacto con los niños de forma cotidiana, compartían con la infancia momentos y situaciones vitales de todas las clases, observaban la forma como ejercían la maternidad las mujeres del entorno y también la manera como los hombres practicaban la paternidad, se incorporaban al acerbo de juegos, canciones, retahílas y poesías de la tradición oral que estaban basadas en el conocimiento profundo de los hitos del desarrollo infantil en todos sus aspectos: afectivo, comunicativo, motriz, relacional etc. En el mundo rural tradicional, por ello, el cariño hacia las criaturas se producía de manera natural(3) paralelamente al conocimiento de la idiosincrasia y singularidad de esta etapa de la vida, conocimiento que se transmitía de forma horizontal creando vínculos inquebrantables entre las generaciones.

En la actualidad la crianza ha sido enajenada de la comunidad de los iguales para ser dominio de los expertos(4), extendiendo la idea de que las madres y los padres no son competentes para educar a sus hijos, que no pueden guiarles ni comprenderles si no se ponen en manos de las autoridades del sistema. Se explica tal acontecimiento, no como lo que es, una pérdida, sino como una adquisición, argumentando que las familias tienen derecho a recibir del Estado la asistencia a las necesidades de sus hijos, embelleciendo el rostro de la máquina estatal capitalista que aparece como la locomotora del progreso social y la emancipación de los ciudadanos, sobre todo de las ciudadanas que se ven “liberadas” de la carga de sus hijos e hijas, para poder entregarse al trabajo productivo y el consumo de productos y diversiones.

Las relaciones materno-filiales (y, por extensión también las paterno-filiales) se construyen hoy a través de un intrincado revoltijo de teorías, casi todas ellas ajenas a la realidad y a la experiencia práctica. La madre, tan importante en el desarrollo infantil, es ahora, en muchos casos, una mujer angustiada por el conflicto entre sus intereses (no siempre auténticos) y los de sus hijos. Encuentra una enorme dificultad para conciliar el trabajo productivo y la crianza de manera que oscila entre las conductas de abandono y de hiperprotección convirtiéndose así en una figura ambivalente que genera una enorme inseguridad, miedo y dependencia en las criaturas.

Algunas corrientes del feminismo maternalista, no solo no han resuelto estos problemas, sino que han venido a embrollar aún más la experiencia de la maternidad convirtiendo a la mujer en sujeto de impulsos, pulsiones e instintos de búsqueda de placer a través de la reproducción (lo que puede definirse como una forma de neomachismo que nos reduce a nuestro útero) y al hijo o hija en objeto gratificante de consumo fisiológico-emocional, a la vez que sujeto de la protección inefable de una madre cuyo vínculo deviene, inevitablemente, en patológico. Concebidos ambos como entes dominados por sus pulsiones y deseos, básicamente físicos, que han de ser satisfechos de inmediato y despojados de los atributos humanos de la conciencia y la capacidad de elección de fines, su relación daña a los dos. Exacerbando el componente libidinal de la experiencia de la reproducción la adulteran y falsifican, pues la maternidad-paternidad es un acontecimiento de una gran complejidad que integra impulsos sexuales primarios, procesos afectivos, categorías morales y axiológicas, satisfacción de necesidades básicas y esenciales y elementos culturales y sociales, pero es, ante todo, un acto de amor, pues el vínculo afectivo hacia los hijos es el más desinteresado de los lazos que nos unen a los otros, y, por ello, el más humano. No es casual que la arqueología defina el carácter humano de las sociedades a través de la huella que en el registro arqueológico dejan las relaciones de afecto, de cuidado y dedicación a los dependientes, que están más allá de la crianza física (que es común a todos los mamíferos).

Así mismo se niega la fundamental singularidad de la paternidad y su aportación esencial y no sustituible a la crianza, expulsando a los hombres del hecho reproductivo tanto en la calidad de agentes participantes en la decisión, como en su contribución educativa.

Como resultado de todo ello se está transformando de forma radical, no solo la relación con los niños y niñas sino la concepción esencial de las personas, pues ya los infantes no son considerados seres humanos completos, dotados por ello de un valor intrínseco y una consideración primaria en tanto que individuos(5). De sus necesidades son excluidas la conciencia de sí mismos y del mundo-ambiente, la capacidad de elección en cuestiones limitadas pero muy reales y todas las demandas del espíritu. 

Al negarles los valores que son atributos de la humanidad se inicia un escabroso camino hacia la creación de una sociedad deshumanizada compuesta de individuos capaces de servir con diligencia en el trabajo, los ejércitos y las tareas que les sean encomendadas pero incompetentes para la libertad y la gestión autodeterminada de sí mismos y la sociedad.

En el pasado, a través de la educación como proceso social, lo humano, su sentido y significado, se reconstruía generación tras generación

El esfuerzo que empleaba la comunidad de los adultos en su labor educativa, incluía tanto la recogida de la experiencia acumulada cuanto su mejora a través de la propia práctica. Esta actividad, además precisaba de la reflexión sobre numerosos aspectos reales y concretos de la existencia humana y, por ello, estimulaba el ejercicio del análisis tanto como la capacidad práctica de tomar decisiones y obrar en consecuencia. Es obvio que el desafío vital de la maternidad-paternidad ayuda a superar, de alguna manera, las limitaciones inherentes a nuestra condición humana que nos arrastra muchas veces a la mezquindad y el egoísmo. Los niños se convierten así en agentes activos del desarrollo de la sociedad y gran potencia unitiva de los adultos pues ellos no son solamente el objeto de la educación sino también educadores en tanto que mejoran el entorno en que crecen y se convierten en instrumento de enriquecimiento personal de aquellos que les cuidan.

De la experiencia de la crianza y cuidado de los hijos resulta un crecimiento innegable de la capacidad individual y social para la convivencia, para crear vínculos y lazos comunitarios y desarrollar formas humanas de vida, su ausencia es expresión material (no la única pero sí importante) de una crisis civilizatoria de impredecibles consecuencias.

Fuente                                                        Prado Esteban Diezma

NOTAS:
(1) La inmigración es hoy el gran negocio del sistema, pues permite trasladar los costes de la crianza de los seres humanos a las mujeres de los países de Tercer Mundo. España tiene una población extranjera diez veces superior a su crecimiento natural por nacimientos, y gracias a ello el país se puede permitir una natalidad muy lejana a la tasa de reposición de la población. Por ello el antiguo sistema de opresión femenina que se basaba en inducir la alta natalidad para nutrir los ejércitos de los Estado ha sido radicalmente transformado hoy y sustituido por nuevas formas de opresión que consisten en destinar a las féminas a las obligaciones laborales y las propiamente militares con su incorporación a los ejércitos.

(2) Simone de Beauvoir, en “El segundo sexo”, dice que las mujeres “encierran dentro de sí un elemento hostil, la especie, que las roe” y apostilla que “la gestación es un trabajo fatigoso que no ofrece a la mujer ningún beneficio individual (sic)”, pensamiento monstruoso que es mera ideología de extrema derecha, un atentado a los fundamentos de la condición humana.

(3) En “Los desiertos de la cultura. Una crisis agraria” Santiago Araúz de Robles enfatiza la ternura del grupo hacia los niños y niñas y el lugar propio que estos tienen en la comunidad.

(4) En 1949, Benjamin M. Spock publicó “Tu hijo” puede considerarse este texto el hito de inicio, en el mundo anglosajón, de la gran perturbación que destruiría la transmisión cultural de los conocimientos acerca de la crianza. De ese texto se han vendido cincuenta millones de ejemplares y ha sido traducido a cuarenta y dos idiomas.

(5) Con argumentos como los que se pueden leer en un diario de gran tirada, “se limita (el bebé) a estrujar las ubres que le sostienen. Pero aparte de un calor humano animal, no produce un intercambio, sólo recibe. Pero se mitifica la maternidad para que nadie pueda racionalizar el proceso… esta gratificación impide muchas veces a las mujeres que su carrera profesional… pueda a su vez ser gratificante” El País 9-01-2001 “El precio de un hijo”, Josune Aguinaga. Con seguridad la persona que esto escribe no ha tenido nunca contacto con un bebé y no ha podido vivir y apreciar la capacidad afectiva, comunicativa, relacional e intelectual que desarrolla el ser humano desde su nacimiento. Si así es, no debería atreverse a componer frases tan rotundas como pérfidas.
(texto publicado en la revista digital de pedagogía “En la fila de atrás”)