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domingo, 22 de julio de 2012
LAS NAVAS DE TOLOSA
Con la prudencia que exige el manejar fechas en temas históricos, estos días conmemoramos los ocho siglos de una batalla que ha pasado –entre la realidad y el mito– a ser un referente en nuestra historiografía: la de las Navas de Tolosa librada el 16 de julio de 1212. Es importante no sólo por el resultado de una victoria de coaligadas tropas cristianas sobre las almohades, sino por su repercusión y sus consecuencias. Los reinos cristianos andaban aún organizando cruzadas –entre la Cuarta y la Albigense– impulsadas por el Papa Inocencio III, que utilizaba como armas para conseguir adhesiones desde el premio de «la condonación de todos los pecados» hasta la amenaza de la excomunión. Hablamos de comienzos del siglo XIII, dividido nuestro territorio en no siempre avenidos reinos –Castilla, Aragón, Navarra, León y Portugal– luchando contra el califato almohade que, desde mediados del siglo anterior, integró unas debilitadas taifas. Este imperio almohade, tras consolidarse en una muy extensa zona del norte de África, –de Marrakech a Trípoli–, dominaba media Península desde el sur de Lisboa hasta Valencia, Islas Baleares incluidas. El movimiento religioso y político nacido en el Atlas marroquí a comienzos del siglo XII proclamaba el dogma de la unidad divina y sus miembros seguían estrictamente prescripciones coránicas. Las fronteras con los reinos cristianos, especialmente la castellana, fluctuaban al sur del Tajo. La defensa de estas líneas se encomendaron a los Templarios y posteriormente a las Ordenes Militares: Calatrava y Santiago en Castilla, Alcántara en León. En una de estas fluctuaciones, Alfonso VIII era derrotado en Alarcos en 1195 viéndose obligado a solicitar una tregua y al pago de vasallaje. Un año después, tras tres meses de duro asedio, caía en poder de los almohades el castillo de Salvatierra, sede central de la Orden de Calatrava. Peligraba Toledo. Éste fue el detonante que obligó a unir fuerzas. Inocencio III llamó a la guerra santa . Parte de la cristiandad europea se movilizó; en la Península, Aragón y Navarra se comprometieron a apoyar a Castilla, algo que no hicieron León y Portugal. En mayo de 1212 se concentraban en Toledo los contingentes, sus tres reyes al frente: Alfonso VIII de Castilla, Pedro II de Aragón, Sancho VII de Navarra. La unión de fuerzas permitió iniciar la contraofensiva. Se recuperó Malagón, Calatrava, Alarcos, Caracuel, Benavente y Piedrabuena. Pero llegados a las primeras estribaciones de Sierra Morena, el Paso de Losa ocupado por los almohades, cerraba Despeñaperros, al sur del cual , en la actual Santa Elena, acampaba el ejército califal. En una situación de difícil y encajonado repliegue, un pastor se ofreció para guiar a los fuerzas cristianas por una ruta alternativa que les llevaría al contacto con el enemigo y permitirían lo que tácticamente se llama fijarlo. La sorpresa, la acción de conjunto y el ímpetu, les llevaron a la victoria. En pocas semanas, «explotando el éxito», conquistaban Vilches, Ferral, Baños, Tolosa, Baeza y la misma Úbeda.
De la necesidad de glorificar la gesta nació el mito. El pastor llegó a ser confundido con un ángel o con el mismo Santiago, hoy desprendido de su ancestral apellido «matamoros». Y se magnificaron las bajas enemigas –entre setenta y cien mil muertos según las cartas de la época, recogidas por algunos historiadores– cuando contendían como mucho, diez o doce mil combatientes por bando. Al contrario, las bien tratadas y victoriosas huestes de los tres reyes católicos y sus obispos adjuntos, no pasarían de doscientos muertos en ningún caso. Todos sabemos que las guerras las describen los victoriosos, pero es tiempo de ser objetivos. Lo cierto es que la ciudad de Toledo quedó protegida; que Castilla ganó una posición dominante ante el papado y los demás reinos cristianos; que se aceleró la caída de los almohades; que se controlaba, por último, Despeñaperros y el acceso al valle del Guadalquivir.
La liturgia romana dedicó desde entonces la fecha del 17 de julio a la conmemoración de la festividad del Triunfo de la Cruz, en memoria de Las Navas. Alfonso VIII, que moriría dos años después, demostró no sólo ser un hombre de acción, sino también un hábil diplomático. Dejaba sentadas las bases que conducirían al final de la Reconquista, aunque quedaban cerca de tres siglos de dura lucha. Del palenque que protegía a Al-Nasir, el «miramamolín» almohade, se llevó Sancho VII las cadenas que desde entonces constituyen el escudo de Navarra. La batalla de las Navas de Tolosa constituye indiscutiblemente el mejor ejemplo de que de la unión hace la fuerza y de que los valores –en este caso prioritariamente los cristianos– aportan un importante plus al esfuerzo común. Reflexionar hoy sobre lo que significó esta victoria –fe, unidad , esfuerzo, liderazgo– es, en mi opinión, más que necesario. Luis Alejandre - General (R)
http://81.25.121.230/noticia/1755-navas-de-tolosa-1212-2012-por-luis-alejandre
sábado, 21 de julio de 2012
¿DÓNDE ESTÁ EL PUEBLO?
A la democracia se le
ha perdido el pueblo y no acierta a recobrarlo. Desde luego, la noción
de “pueblo” dista de ser unívoca. Aquí se utiliza el vocablo referido al
cuerpo cívico. No estrictamente como sinónimo de padrón electoral,
elenco de todos aquellos que, en una organización política determinada,
están habilitados como electores para votar por quienes se postulen como
candidatos a magistraturas públicas. Más precisamente, lo
consideraremos como el conjunto de hombres
libres que se dan entre sí el trato de ciudadanos y que pueden debatir y
decidir también libremente sobre los asuntos públicos. Es su más pura
acepción y, por otra parte, la más próxima a lo que se entendía por demos o populus en el mundo antiguo. Es, asimismo, la que se ha perdido en nuestro tiempo y nadie sabe dónde está.
El pueblo ausente
En
todo este proceso, el pueblo, tal como lo caracterizamos más arriba,
está ausente. Se lo ha convertido en la “gente”, esto es, en percentil
estadístico de los incesantes sondeos de opinión. Ha quedado reducido a
público del espectáculo político. Un público condenado a soportar la
reiteración de ese espectáculo monótono, atornillado a su sitio. Un
ejemplo notable de esta ausencia del pueblo y de que se procede en el
escenario político como si él llanamente no existiese, es la llamada
“constitución” de la Unión Europea (UE), que a lo sumo puede
considerarse un tratado al que se le asigna un valor constitucional. No
fue proyectada, discutida o aprobada por una convención constituyente en
regla elegida por los ciudadanos de la UE sino por un comité de
expertos bajo presidencia francesa, que se apresuró a sepultar en el
olvido el concepto de “poder constituyente” que los propios franceses
había redondeado más de doscientos años atrás. Porque el poder
constituyente originario podía y debía expresar la decisión de un pueblo
–el europeo, en este caso- acerca de la forma y modo de organizar su
vida política. Una decisión tal, que implica haber encontrado y
reconocer al sujeto político “pueblo” no es considerada, en nuestro
tiempo, correcta ni aceptable. Ratificado directamente en algunos países
de la UE, en otros, como en España, aquel texto, farragoso y difícil de
leer aun para los expertos, fue sometido a referéndum, al que concurrió
el 41,5% del electorado, y en el que fue aprobada por el 78,5% de los
votantes, es decir, el 32,6% del padrón. Parece comenzar así una era de
constituciones elaboradas por técnicos, para ser comprendidas sólo por
técnicos, y aplicadas por ellos al “vulgo municipal y espeso” de la masa
ciudadana.
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viernes, 20 de julio de 2012
LA OMERTÁ
Ayer me encontré con un ex altísimo cargo de una caja de ahorros ya desaparecidas, incrustada, como otras muchas, en uno de esos nuevos conglomerados, creados bajo presión del Banco de España para diluir las pérdidas y las ruinas. Le pedí que me explicara, por favor, por qué los directivos y consejeros que han arruinado y saqueado las cajas, dañando gravemente el sistema financiero español, no lo han pagado, ni han sido investigados, ni siquiera se les ha reclamado que devuelvan lo robado. Tras decirme que él está limpio y que su jubilación fue ejemplar, me dijo que la clave de la impunidad de los saqueadores está en que "sabemos demasiado".
"Sabemos demasiados secretos y suciedades que implican a muchos poderosos. Sabemos quienes han pedido créditos y no los han devuelto, los que nos obligaron a condonarlos, los que nos exigieron que financiasemos operaciones insolventes y los que cometieron otras muchas tropelías de las que ni siquiera debemos hablar", dijo.
Y explicó que si ahora se acosa a los que se retiraron con un chorro de millones de indemnización, ellos van a defenderse hablando y revelando secretos desestabilizadores. Entonces, la lluvia de excrementos haría insoportable la vida en España.
Por eso, quizás lo mejor sea dejar las cosas como están y empezar de nuevo a construir nuestro sistema financiero, esta vez con ética y decencia, concluyó.
Lo cuento tal como lo escuché, sin que haya podido todavía superar mi estupor e indignación ante esa explicación. http://www.votoenblanco.com/Sabemos-demasiado_a4870.html
lunes, 16 de julio de 2012
SINDICATOS FUTURISTAS
domingo, 15 de julio de 2012
NUESTRAS LOBAS
No son carne de cuota. Están hechas de la materia luminosamente oscura que depara el talento. De cicatrices y de comienzos. Forajidas de leyes que priman el capricho, la indolencia y la comodidad como sinónimo de muerte, estallan responsablemente de Arte y de Vida. Y juegan con fuego (literalmente). Y son gozosas maniáticas de la Palabra. Y resucitan a cada segundo de su propia extinción (y cada nueva resurrección las hace más fuertes). Y nos acogen en sus nidos de Creatividad. Y pecan minuciosamente de Imaginación.
Nuestras lobas son muchas y muy variadas. Tienen la hermosura de lo interesante. La hermosura que repele a los imbéciles y concita la atención de los hombres desencantados, selectos, ajenos a la cosificación. La hermosura de aquella librera que hizo tilín a Marlowe en EL SUEÑO ETERNO, la hermosura de la musa y compañera de Cassavetes, la hermosura de Margo Channing, la hermosura de esas mujeres que desconciertan a Gregory House, la hermosura del Sujeto y no del objeto.
Tienen ese Algo Misterioso...
F.M El zurdo
ROJO Y NEGRO
Hace dos semanas prometí hablarles de Rojo y negro, una de mis películas españolas favoritas. Así que anoche puse el deuvedé –una copia de relativa calidad, semipirata, que no se encuentra fácilmente– para admirar de nuevo esa historia sombría y dura, hija bastarda del cine franquista, estrenada en 1942, demolida por la crítica oficial y retirada después de sólo tres semanas de cartelera para verse enterrada en el olvido. Hasta que, cincuenta años más tarde, la Filmoteca Española localizó una copia polvorienta en un sótano de Madrid.
Rojo y negro tiene un valor histórico extraordinario. Es la única película sobre la Guerra Civil hecha desde un punto de vista inequívocamente falangista –su director, Carlos Arévalo, lo era–. Y trata de las actividades clandestinas en el Madrid republicano de la contienda. Se trata de una película pionera, pues en ella aparece por primera vez el concepto de resistencia en una ciudad ocupada por el enemigo. Resistencia antimarxista, en este caso; pero no inferior en interés ni en realidad histórica, como señalan lúcidos críticos e historiadores del cine, a la resistencia antifascista que después nutriría innumerables películas francesas, inglesas, norteamericanas, alemanas, rusas o polacas. Insólita en su ejecución, técnicamente osada en algunas escenas –esos planos de la checa de Fomento abierta como el 13 de la Rue del Percebe–, modernísima para su tiempo, cuajada entre el neorrealismo italiano, el cine de vanguardia soviético y simbólicos toques surrealistas, Rojo y negro cuenta la sombría historia de una joven falangista, soberbiamente encarnada por la mítica Conchita Montenegro: un personaje alejado de los arrebatos patrioteros, grandilocuentes e histriónicos habituales en la cinematografía del Régimen. Luisa, la protagonista, es sobria, dura, trágica, cínica, valerosa y desesperanzada. Y con fría decisión desciende a los infiernos. Eso la convierte en una heroína atípica para el cine español de su tiempo, donde lo correcto eran abnegadas madres y esposas que, desde el cristiano hogar, alentasen a los hombres a inmolarse en las diversas Cruzadas habidas o por haber.
Hay otro aspecto crucial, falangismo radical aparte, por el que la película no satisfizo el Régimen. Aparte de su tono seco, nada ampuloso y en absoluto marcial, evita caer en el simplismo estúpido del que ni siquiera se libran las películas que hoy se hacen sobre la Guerra Civil: la exaltación del bando propio y la caricatura del adversario. Sádicos nacionales de gafas oscuras y brillantina en las películas de ahora, y malvados rojos, tabernarios y brutales, en el cine de antes. Inexactos, incompletos y maniqueos, todos ellos. Aquí, sin embargo, los republicanos que encarcelan y fusilan son individuos normales, creíbles, con motivos para hacer lo que hacen. Con toques de humanidad e ideología propia: como cuando el jefe de los milicianos dice que, si hubiera llevado medalla religiosa al cuello, al llegar a la edad de la razón se la habría quitado. O cuando el miliciano violador de Luisa –soberbia escena, resuelta con dos planos del rostro de la Montenegro– actúa bajo el resentimiento de haber sido engañado, y porque está borracho.
Pero aún hay más, en esta película asombrosa y compleja para quien se enfrente a ella con lucidez, sin estereotipos de buenos y malos: la crítica feroz a los contemporizadores, a los que miraban para otro lado. Al egoísmo de la derecha burguesa y capitalista, incluida sin reparos entre los principales responsables del conflicto. Sin olvidar el retrato, atrevidamente surrealista, de una clase política ciega que divide a los españoles, llevándolos a una matanza atribuida con mucha ecuanimidad al «odio y desconocimiento mutuo». Paradójicamente, la derecha conservadora queda peor que el bando contrario: cuando los oradores de izquierdas agitan al pueblo, éste se muestra como pobre, oprimido, inculto y desesperado. Eso enlaza con los personajes y actitudes de los milicianos que aparecerán después. Y si no los justifica, los hace creíbles. Humanos.
Como se decía en otros tiempos, Rojo y negro es una película para que la disfruten espectadores formados, prevenidos de lo que ven y en qué circunstancias se hizo: capaces de hacer la lectura adecuada, situando en su contexto histórico y social esta narración extraña e inquietante, donde la estremecedora secuencia que precede al final –el actor Ismael Merlo vagando entre los cadáveres de los fusilados en la pradera de San Isidro– nos sumerge, más que ninguna de las muchas películas realizadas sobre aquella tragedia, en la noche oscura de nuestra Guerra Civil.
XLSemanal, 18 de Abril de 2010″
Patente de corso
LA MARCHA NEGRA
FE-JONS apoya a los mineros que en estos días luchan por mantener sus puestos de trabajo, en peligro por la falta de apoyo y por el incumplimiento de los compromisos del Gobierno.
Más allá de la necesidad de replantearse seriamente el modelo energético -cosa que también estimamos necesaria- España no puede abandonar a su suerte, de la noche a la mañana, a comarcas enteras que dependen de la minería del carbón.
Los falangistas rechazamos las argumentaciones del Gobierno y de sus terminales mediáticas, que acusan a los mineros de defender unos salarios por encima de la media -comparemos su trabajo con el de concejales y alcaldes profesionales- y que aseguran que el del carbón es un sector productivo poco rentable y, por tanto, no merecedor de las ayudas públicas.
Si en españa hay sectores improductivos y altamente costosos estos son los de los grandes partidos, las autonomías, el Senado o la Casa Real, entre otros, y el Gobierno no se plantea retirarles la subvención.
En apoyo de los mineros y sus familias, un grupo de falangistas madrileños, miembros de Falange Auténtica y de Falange Española de las JONS, participaron ayer en el acto de bienvenida a la marcha minera que desde hace semanas recorría España para solicitar apoyo al sector. Pese a las amenazas de la extrema izquierda que trató de monopolizar la reivindicación, los falangistas dieron testimonio de su compromiso con la defensa de los trabajadores portando banderas de la campaña Defensa Social y la única bandera nacional que pudo verse en toda la manifestación.
Pese a la sinrazón de los grupos extremistas, la bandera nacional no puede ofender a nadie por representar al conjunto de los españoles, y su presencia en el acto de ayer estaba más que justificada. Primero, porque con ella se expresaba la solidaridad de toda España con un problema que no sólo lo es de asturianos, leoneses o turolenses. Y segundo, porque el patriotismo se defiende mejor apoyando a los trabajadores españoles que animando a un equipo de fútbol o defendiendo los intereses de los consejos de administración de las empresas petroleras.
Así pensamos los falangistas.http://www.hispaniainfo.es/web/2012/07/11/fe-jons-apoya-a-los-mineros/
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